Mi primer novio tenía cuatro años más que yo y los primeros años de relación estuvieron llenos de cosas nuevos para mí, así que todo parecía emocionante. Hasta que dejó de serlo. Cuando una mujer empieza a atravesar los primeros años de la vida adulta, las prioridades cambian. Empiezas a tomarte más en serio algunas clases y prácticas de la universidad —aunque tampoco nos pongamos aquí intensitas, no todas— y empiezas a mirar la vida con una visión un poco menos infantil.

Poco a poco me di cuenta de que lo que antes me parecía divertido ahora me parecía cosa de críos. Y es que Mario —llamémoslo así— llevaba un par de años estancado en el mismo sitio. Por mucho que soplara las velas cada verano, seguía siendo un niño pese a ser mayor que yo. Se había convertido en un nini sin demasiadas aspiraciones, cuya prioridad absoluta era no perderse ningún partido de Champions. Y yo, una universitaria atravesando los últimos semestres de Psicología, sentía que no podía permitirme llevar lastre en un camino que imaginaba brillante. Así que, en un frío mes de febrero, le dije adiós. Y siendo sincera, él tampoco puso demasiada resistencia.

Las semanas posteriores fueron bastante tristes. Ni siquiera los carnavales de Cádiz consiguieron levantarme del todo el ánimo. Y aquella ruptura no solo supuso el final de mi primer amor, sino también de muchas amistades en común. Ya se sabe cómo funciona esto: a las mujeres nos juzgan rapidísimo y, a la mínima, pasamos a ser “las malas”. Por suerte, todavía me quedaban mis tres mosqueteras de la universidad, que no me soltaron la mano en ningún momento. Gracias a ellas llegaron muchas noches de fiesta, pero la verdadera mano amiga de esta historia fue mi hermana.

Mi hermana me saca nueve años, aunque siempre ha tenido un espíritu joven y una mentalidad muy abierta. Mi primera fiesta fue con ella cuando yo tenía catorce años. Gracias a ella pude hablar de sexualidad sin tapujos, probar mi primera copa con responsabilidad y aprender a moverme en ambientes muy distintos. Y fue precisamente ella quien, en plena etapa postruptura, me animó a descargarme una aplicación llamada Adopta un tío. Ella decía que yo estaba demasiado mustia y que necesitaba una alegría en el cuerpo. O, traducido al castellano real, necesitaba olvidarme un poco de Mario y volver a sentirme deseada.

En aquella época yo era bastante modosita. De las que pensaban que solo había que acostarse con alguien por amor. Pero terminé descargándome la aplicación con la excusa de “hacer amistades”. Claro. Escuchamos, pero no juzgamos. Después de sobrevivir a algún que otro ghosting apareció Ismael. Moreno, con el pelo rizado y una personalidad de esas que te atrapan rápido. Y sí, aceptó mi perfil pese a que yo no tenía ni una sola foto subida. Recordemos: no juzgamos. A los pocos mensajes ya habíamos intercambiado teléfonos y redes sociales. Recuerdo vivir pegada al móvil esperando sus mensajes como si tuviera quince años otra vez.

Ismael bailaba salsa y bachata, algo que yo había dejado atrás en la adolescencia. Y las ganas de verlo hicieron que retomara el baile casi sin darme cuenta. Quedamos en un pub donde hacían talleres de salsa y, cuando lo vi en persona, entendí perfectamente por qué me tenía tan enganchada. Ismael tenía una labia peligrosa. De esas personas que consiguen que quieras seguir escuchándolas aunque no estén diciendo nada importante.

Empezamos a quedar cada vez más y a enrollarnos. Hasta que una de esas quedadas, mientras veíamos una película en su casa, la cosa llegó a más. Ismael me empezó a besar el cuello y fue bajando hasta llegar a la zona más explícita de mi cuerpo. Ismael me hizo una comida de la almeja que no me había hecho Mario en la vida. Reconozco que me dio hasta vergüenza. Mi cuerpo temblaba de placer (cosa que antes no había sucedido). Fue como ver en primera fila los fuegos artificiales y explotar con ellos. En una palabra: increíble.

Él sabía que era la segunda persona con la que me acostaba en mi vida y viendo mi reacción tras ese oral, era hora de seguir luciéndose. Era la estrella principal de aquella película y lo iba a aprovechar al máximo. Pese a no tener un tamaño muy grande de nepe, sabía cómo usarlo. Me puso en posturas que yo no había practicado nunca, me agarraba con ganas, me embestía con fuerza. Me hizo explorar sensaciones que nunca antes había sentido. Ismael me volvió loca en muchos aspectos y me hizo ser adicta.

Me ayudó a descubrir una forma completamente distinta de vivir el sexo. Más despreocupada, más segura y mucho más conectada conmigo misma. Me enseñó cosas que hasta entonces ni siquiera sabía que me gustaban y consiguió que dejara de vivir mi sexualidad con culpa o timidez. Y creo que eso fue lo realmente importante.

Eso sí, chicas, intentad no engancharos emocionalmente al típico hombre que deja clarísimo que no quiere nada serio. Porque una siempre piensa que puede manejarlo hasta que empieza a involucrarse más de la cuenta. Y no, nuestra paciencia ni nuestro cariño van a cambiar aquello. Con Ismael viví un año bastante caótico, lleno de idas y venidas, pero también muy intenso. Y aunque terminó siendo él quien puso fin a aquello para no seguir haciéndome daño, guardo un recuerdo bonito de esa historia. A día de hoy, cuando coincidimos, seguimos charlando y poniéndonos al día. Porque quizá Ismael no fue el amor de mi vida, pero sí alguien que apareció justo cuando necesitaba volver a resurgir de mis cenizas.