Pregunta existencial:
¿A quién no le gustaría que su amorcito se presentara por sorpresa en casa a las seis de la mañana a traer cruasanitos recién hechos?
Pues a una servidora. Por lo menos en el momento en el que el susodicho llevó a cabo este cordial y gentil acto de fe. Casi que le mandé a la mierda, así de claro.
El pobre mozo no entendió nada. Con la ilusión que venía él con el desayuno calentito (y a lo mejor también lo que no era el desayuno).
Para que lo entendáis, os pongo en situación.
La menda lerenda, o sea yo, acabada de separar, en una situación de engaño (por parte de él) bastante traumática, decide para salir adelante sacar todo el partido a su físico y su sociabilidad, cualidades en las que puedo presumir de estar bien formada. El resultado es un momento vital de puro auge y un empoderamiento que me lleva, en poco tiempo, a ser poseedora de un “huerto” al que tengo que regar y cuidar con mimo para poder comer variado cada día.
Traducido al cristiano: que me entiendo con quien quiero y cuando quiero. Y como tengo mi pisito de soltera, espacio de reunión no me falta.
Y lo que pasa con los huertos es que los riegas todos por igual, pero sin saber por qué, un día están más pletóricas las tomateras y otro te has hartado de comer acelgas, porque ya de entrada no te apetecían mucho y, además, más de dos días seguidos cansan.
Volviendo al tema en cuestión. Andaba yo tonteando con uno y dando de comer a otro. Con el que tonteaba no sé ni por qué lo hacía, porque ni me gustaba ni tenía ningún proyecto a la vista con él. Supongo que las noches confunden y luego el día te coloca en otro lugar. Pero él sí debía hacerse alguna ilusión conmigo.
Y luego estaba el otro. El que sí me ponía de verdad. El que me llevaba loca. Pero estaba casado (típico) y solo podíamos vernos a escondidas y a deshoras. Aunque yo ya hubiera dado mi mano izquierda porque fuera algo más que un amante furtivo.
Era él quien robaba mis horas de sueño, y lo digo literal, porque acostumbrábamos a vernos bien temprano por la mañana. Le había dejado una copia de las llaves de mi casa, con lo que muchas mañanas, antes de ir a trabajar, a eso de las seis, se me plantaba en casa, entraba en la habitación y, sigilosamente, se metía en mi cama.
Y una vez juntos y arropaditos yo siempre le decía que me la metiera, que para quedarse fuera mejor ponerla dentro. En cero coma nos acoplábamos y, como era inevitable, acabábamos echando el polvo del día. Luego, a trabajar con la sonrisa puesta y el entrecejo más afinado que con la mejor crema de Helena Rubinstein. La mejor rutina de belleza, y casi a diario.
Y el huerto floreciendo.
Hasta que al señor acelga se le ocurre un día venir a darme una sorpresita. Por suerte, ese día no estaba el de la tomatera. Me pilló sola, y suerte tuve, porque de haberme encontrado con mi amante ese día, nos hubiera descubierto.
Esperando en el coche estaba cuando salí para ir a trabajar, con una bandejita de dulces entre el volante y las piernas.
La que le cayó…
—¡Que cómo se le ocurría venir!
—¡Que a qué venía eso!
—Que si se pensaba que a mí esas cosas me hacían ilusión.
—Que no era yo mujer de sorpresas.
—Que le fuera a otra con los crusanes.
La cara de pasmo que se le quedó era para verla. Porque no entendió nada. Yo por dentro pensando: pobre, con toda su buena intención y la que le estoy montando.
No sé si a él le sirvió de lección, pero a mí desde luego que sí. Porque mi mal rato también lo pasé solo de pensar la que se podía haber liado.
A partir de ese día lo planté. Porque si no me interesaba como pareja, ni como lío, ni como amigo con derecho a roce, no era necesario seguir regándolo.
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