Hay dos tipos de personas: las que adoran hacer amigos invisibles y las que lo detestan. Yo soy la primera atrapada en un grupo con gente de la segunda clasificación. Hacía años que no jugábamos al amigo invisible porque mis amigos dicen que les da pereza pensar y que pasan de gastar dinero en algo que a la otra persona puede no gustarle.

Yo siempre he propuesto mil alternativas. Que si poner una temática para que sea más fácil regalar, hacer las cosas a mano para no gastar mucho dinero, hacer juegos divertidos para convertirlo en una tarde entretenida más allá del regalo… Pero nada, nunca accedían. Hasta estas Navidades. No sé si es que el Grinch les ha soltado la mano o si les he dado lastimica, pero el caso es que dijeron que sí a hacer un amigo invisible, ¡viva!

No cabía en mí de gozo, hasta que una de las chicas puso una condición: crear una lista de regalos para así poder comprarle a tu amigo invisible algo que realmente le guste y vaya a usar. Sinceramente, esto para mí le quita toda la gracia. Una de las partes más bonitas del juego es ponerte en la piel de tus amigos y pensar qué les puede hacer ilusión, además de la sorpresa cuando abres tu regalo. Pero bueno, mejor jugar con una condición que no jugar, supongo.

Así que creé mi wish-list con un par de sugerencias y me dispuse a mirar las de los demás. Os juro que parecían listas de boda. Una selección eterna de regalos súper específicos, concretaban hasta el color que querían. De verdad que no encuentro la gracia de jugar de esta manera, parece que quieran llevarse algo gratis por toda la cara y punto.

Pero hecha la ley, hecha la trampa. Ojeé la lista de mi amiga y decidí cambiar un poco las reglas. Entre sus peticiones había un bolsito, y como yo coso, pensé que era la oportunidad perfecta para regalarle algo que quisiera pero con un sello personal. Cogí las telas más bonitas que tenía por casa y me puse manos a la obra. Me quedó un bolsito realmente precioso y original y lo envolví con sumo cuidado.

Llegó el día del amigo invisible y todos abrieron sus regalos fingiendo sorpresa y con una alegría del todo ególatra y vacía. Cuando llegó el turno de mi amiga pude ver la decepción en su cara al desenvolver el bolsito. Acto seguido fingió una sonrisa y me dio las gracias, pero me sentó fatal. Yo era la única persona de la mesa que se había esforzado en hacer algo personal, y de algún modo parecía ser la única que no había acertado con su decisión. ¿Desde cuándo los regalos de amigo invisible se han convertido en una lista de bodas?

Tal vez esté exagerando un poco con mi reacción, pero creo que hoy en día no somos demasiado detallistas y preferimos recurrir a salidas fáciles antes que dedicar tiempo y cariño a cosas que merecen la pena.

 

Laura CJ