En general, las rupturas suelen traer momentos duros, tanto si dejas como si te dejan. Rememorar los buenos tiempos, sensación de tiempo perdido, las ilusiones y energía invertidas… Sea como sea, no suele ser el momento favorito de la vida de nadie.

Hay personas que creen que para la persona que toma la decisión de romper la relación es más fácil, aunque muchas veces no es así en absoluto. Tomar la decisión, llevar a cabo la ruptura y superarlo no es solamente un alivio, suele traer también mucho dolor e incluso inseguridad.

Pero es que hay casos que son todavía más difíciles, y es que  a veces la persona que toma la decisión no solamente sufre por lo pasado, sino también porque sigue enamorada.

Este es la historia de Iria, una mujer de 35 años que, tras 12 años de relación y, estando totalmente enamorada de su novio, tuvo que tomar la dura decisión de dejarlo.

Ojalá fuera una de esas historias en las que ella lo dejó para que él fuera feliz, que fue un acto altruista o uno de esos en que alguien se mete en medio y la chantajea… Todas las alternativas le parecían mejores que la que le tocó vivir. Y es que estar enamorada de alguien que sabes que te hace daño, que te hace la vida más difícil y verte en la situación de tener que tomar una decisión drástica, no debe ser nada fácil.

Desde mi punto de vista es mucho peor la vida que antes llevaba con él, pero todo es mucho más fácil desde fuera. Ella ahora solamente ve cuanto lo echa de menos, cuantos momentos vividos añora, cuantas rutinas compartían…

Una terapeuta le planteó hace un tiempo la posibilidad de que, tras tantos años de control y manipulación, ahora no sea amor sino dependencia emocional. Se enfadó tanto que dejó de ir. Le parecía una falta de respeto que alguien dudase de sus emociones. Si ella decía que estaba enamorada era que lo estaba, no tenía nada que ver con la dependencia.

Cuando empezaron a salir, él siempre la esperaba los viernes con flores en el portal de la casa de sus padres. Cada agosto la llevaba a una colina a ver las estrellas fugaces. Si discutían alguna vez, le llevaba bombones y se disculpaba con sinceridad…

¿O quizá no era así? Con los meses dejó de enfadarse con todas esas amigas que la animaban a seguir adelante con su decisión. Dejó es acudir corriendo cada vez que él la llamaba de madrugada llorando, prometiendo cambiar y empezó a recordar cómo eran aquellas disculpas en las que le explicaba de forma paternalista cómo en realidad era él quien debería estar enfadado y, sin embargo, estaba allí pidiendo perdón por algo que no creía que debiera disculpase, pero como la quería de verdad era capaz de cualquier cosa. Ella se sentía fatal y acababa llorando y disculpándose por ser tan terca y tan “manipuladora” sin darse cuenta.

Recordó cuando pasó de convencerla con lágrimas y chocolate a directamente llamarle loca. Recordó cuando salía con su madre de compras y él la llamaba más de 20 veces y cuando salía él con sus amigos y desaparecía un día entero sin dar señales de vida.

Recordó el silencio castigador, recordó el dolor cuando él se iba enfadado amenazando serle infiel y volvía oliendo a perfume de mujer y luego le decía que era mentira, que lo había fingido para que viera cómo podría perderlo. Releyó los mensajes en los que le decía que nadie la querría como él porque nadie vería en ella lo que él veía. Vinieron aquellas conversaciones en las que le explicó que ella era en realidad una niña inocente, ingenua y bastante tonta…

Lo que no recordó fue la última ves que salieron juntos solos a algún sitio. No recordó cuanto tiempo hacía que no se sentaban juntos a ver una película, cuando planificaban unas vacaciones, una visita a la familia de ella o un plan con sus amigos.

Tras meses de negación, volvió a terapia. Estaba lista para escuchar aquello tan doloroso. Quizá no estaba enamorada. Quizá la habían convencido de que nadie la volvería a querer, quizá le habían prometido volver a las flores y las estrellas fugaces a pesar de que hiciera ya varios años que no hubiera rastro de aquello, quizá el recuerdo de tiempos felices le habían hecho aferrarse a lo que conocía y el abismo de lo desconocido era más doloroso.

Iria me escribió tras un par de mese de haber retomado la terapia orgullosa de haber bloqueado a aquel energúmeno de todas partes tras haber pasado de la manipulación emocional a la amenaza (emocional también, pero amenaza al fin y al cabo).

Me cuenta que al fin ha empezado a ver que tomó la mejor decisión que podría haber tomado, que ahora no era feliz, pero se sentía plena. Sabía que lo que hacía, tanto en su trabajo como en la vida, era bastante increíble, y no necesitaba la aprobación de nadie para darse cuenta. Sabía que, objetivamente, era una mujer brillante en muchos aspectos y disfrutaba de sentirse plena y realizaba.

Hoy está rodeada de amigas con las que disfruta al fin de ratos agradables sin tener que dar explicaciones y sin culpa. Y reconoce que se equivocó. Hacía  años que no estaba enamorada, estaba totalmente convencida de que él era el mejor hombre del mundo porque él mismo lo decía, y creía ser la última mierda, por el mismo motivo. La sensación de gratitud la había confundido y ahora solamente da gracias por todas esas personas que se mantuvieron a su lado cuando entró en la montaña rusa de emociones donde culpaba todo el mundo de lo ocurrido menos a él.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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