Karaoke y barra libre. Mala-mala-mala combinación. O buena, según se mire. Para él, fue buenísima. Os cuento. Resulta que mis amigotes y yo hicimos un viaje a Japón; era EL VIAJE SOÑADO, la promesa que se hicieron cuando comenzaron la uni y a la que nos fuimos sumando aquellos que entramos en el grupo. Recorrimos todas las ciudades que pudimos, vimos castillos, el distrito de las geishas de Gion Kobu, el pueblecito de Shirakawago, Patrimonio de la Humanidad; visitamos un onsen (un balneario) en medio de las montañas… una maravilla tras otra. Y en Tokio, además de muchas cosas, HABÍA QUE IR A UN KARAOKE a cantar el opening de Neon Genesis Evangelion a voz en grito.
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Los karaokes en Japón no son como aquí, que es un bar con una máquina en la que hay que pedir turno para cantar; allí tienes un edificio entero con salitas privadas. Cada salita es un karaoke, de manera que puedes cantar con privacidad y nadie se entera si lo haces peor que Asuranceturix, porque todas las salas están insonorizadas y se cierran con una puerta de cristal unidireccional: tú ves el exterior, pero desde fuera no te ven a ti. Algo que motiva que no pocas parejas japonesas usen estas salas como picadero, porque son más baratas que un hotel del amor y no precisas ser mayor de edad para alquilarlas, pero de eso hablaremos otro día (¡mala suerte!).
En el interior de la sala tienes un teléfono de línea interior con el que puedes pedir comida y bebida que, hasta la medianoche, hay barra libre. Ahí estábamos todos los amigotes eligiendo canciones, dándolo todo y bebiendo como si no hubiera un mañana porque, qué cuernos, irse hasta Japón y preocuparse de la salud no es plan. Así que vamos a admitir que Delice aquí presente salió del karaoke, después de tres lemmys (Jack Daniel’s con Coca-Cola), tirando a contentilla.
Íbamos rumbo al hotel a dormirla cuando nos cruzamos con un grupo de oficinistas que no vendrían de un karaoke, pero que estaban tan cocidos como nosotros; eso se notaba porque iban haciendo más eses que los muelles de un colchón. Y precisamente por eso, sin querer, choqué con uno. Él se rio, yo me reí, nos pedimos perdón, y me fijé en que era joven y que, la verdad, era agradable de cara. Así que le cité con las manos, se acercó y le planté un beso en los morros con todo mi descaro.
“Ahí tienes, hermoso, ¡souvenir from Spain!”, le dije. Sus compañeros se empezaron a partir de risa, mis amigotes se descojonaban vivos y mi mejor amiga me tomó del brazo y me hizo caminar casi corriendo para el hotel porque el japonés se nos quería venir detrás, sin duda convencido de que podía coronar la noche.
A la mañana siguiente, mientras tomábamos el desayuno continental del hotel, me quedé pensativa. Pregunté a mis amigotes si mis recuerdos eran acertados. “Sí, Delice, le plantaste un morreo a un pobre oficinista que ahora mismo debe estar como loco mirando vuelos a España y cómo pedir asilo político en cuantito pise Barajas”. Quise esconderme bajo la mesa, lo juro, porque, aunque yo cuente así las cosas, en realidad soy supertímida, pero en fin… estas son las cosas que pasan cuando hay barra libre. Conste que, si estoy deseando volver a Japón, no es por andar acosando a los inocentes oficinistas. Palabra.
Delice.