Desde que tengo uso de razón, he sentido que en mi cuerpo algo no debía estar bien, porque siempre ha sido sujeto de opinión. Creo que la frase que más he escuchado en mi vida es “con lo bonita que eres de cara, si perdieses unos kilos…”. Frase que he de confesar que al principio casi que me hacía pedir perdón por existir, pero que ahora me toca el higo.
No entiendo por qué hay que opinar de los cuerpos ajenos, cuando los hay diversos, diferentes y cada uno tenemos el nuestro. Si tú quieres cambiar el tuyo, me parece cojonudo, pero deja que los demás vivamos, o sobrevivamos, en el nuestro como podemos.
Y lo de sobrevivir no es porque a mi cuerpo le puto pase nada. Es un cuerpo sano, que me permite bailar, estudiar, salir, follar, reírme. Lo de sobrevivir va más bien por este asco de sociedad que no hace sino recordarme que debo ser una persona de segunda clase o algo así porque no tengo un cuerpo normativo, o más bien como la sociedad dicta que debe ser.
Me indigna la herencia que estamos dejando a las nuevas generaciones. Me indigna que haya personas muriendo de anorexia por esos comentarios de mierda y que sigamos propiciando ese caldo de cultivo que hace que los adolescentes se estén matando con dietas imposibles y rutinas faciales desde los 12 años.
Me niego. Mi cuerpo es un templo. Mi cuerpo es mío y de nadie más, y no consiento que sea objeto de comentario. Las últimas veces que alguien me ha insinuado algo, les he respondido que el coño sí que lo tengo gordo. Ya está bien. Para impertinente yo. Si tu traspasas esa línea conmigo, no voy a pedirte perdón por existir sino que te voy a dejar sentad@ de culo, para que se te quiten las ganitas de interpelar o avergonzar a ninguna persona más por razón de su estética o su peso.
Te lo digo por tu bien, te lo digo por tu salud. Y una mierda. ¿Te crees que no tengo un espejo en mi casa? ¿Que no tengo una báscula? ¿Me tengo que odiar porque tú quieras? ¿Me has preguntado por mis analíticas? ¿Sabes acaso que hago deporte cada día?
Es fácil hablar desde el púlpito de la normatividad y pensar que la gente que está gorda es porque quiere. Y créeme que nadie decide estar en la picota siempre ni ser objeto de susurros y de evaluación. Poco sabéis de lo que es entrar en un sitio y pensar si cabrás en una silla, o que te cuenten las veces que picas de la ensaladilla cuando vas a comer en grupo. No poder ponerte la ropa que quieres, ser la diana de los chistes e impertinencias.
Lo dicho: el chichi sí que lo tengo gordo.
Envía tus movidas a [email protected]
