Si hay algo que me ha caracterizado siempre, es ser una caguetas. No puedo evitarlo. En el día a día, puedo saltar del susto perfectamente seis o siete veces, con sus respectivos micro infartos. Pero no os penséis que es que mi marido se dedica a gastarme bromas, es que, si estoy, por ejemplo, guardando la ropa y la nevera pita porque lleva un rato abierta, me asusto y salto.
Siempre he sido así. Cuando tenía quince años, decidí que no me iba de vacaciones con mis padres. La playa no me gusta, el apartamento es pequeño y allí no tenia ni amigos ni ordenador ni nada para entretenerme. A mi yo adolescente le parecía un plan terrible. Así que me quede sola en casa todo el mes de agosto.
Un día, o más bien una noche, estaba leyendo un libro de miedo (o que yo considero de miedo, ya sabéis, soy una caguetas). El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón. No suelo leer ese tipo de libros, pero era una de las lecturas recomendadas para verano del colegio. En esas estábamos, que si la casa estaba encima de un cementerio indio o de no sé dónde, que si un armario se abre solo, que si un ruido cuando, de repente, ¡pum! Un ruido, como algo que se ha chocado. Intento ignorarlo (por eso de que me creo mayor y tal) y sigo leyendo, pero vuelve. Esta vez suena como que algo se mueve. Y de la nada, el coche teledirigido de mi hermano entra a mi habitación como una apisonadora. Atropellando todo lo que pilla a su paso, chocando y girando sin parar. Para rematar, salió de la habitación, chocó con la pared, e hizo que el cuadro de mi abuelo se cayera al suelo. Es un cuadro que siempre me ha dado grima, y estoy convencida de que en varias ocasiones le he visto mover los ojos. No conocí a mi abuelo, y he crecido oyendo historias de que si era vidente, que si tenía poderes y cosas de brujas, así que me imponía bastante.
Os podéis imaginar el grito que pegué al ver al coche moviéndose solo por la casa, y el cuadro cayéndose al suelo. Ahí se me olvidó lo mayor que era, la madurez y la madre que las parió a todas. En pijama, con las zapatillas de estar por casa puestas, cogí mi bonobús y salí de allí como alma que lleva el diablo. Por suerte, llegué a coger el ultimo autobús que salía de mi barrio que salía a las 12:07 y me marché a casa de mis abuelos.

Tres días tardó mi abuela en convencerme de volver a mi casa, y pasé el resto del mes yendo a dormir a su casa.
Mi padre, a la vuelta, intentó convencerme de ese tipo de coches usan la misma señal que las radios de los camiones, y como vivimos medianamente cerca de una autopista, se habrían conectado. No me quedé muy convencida, pero mas o menos se me olvidó el incidente.
Hasta hace unas semanas.
Estaba en casa, de día y con sol, jugando con mis peques cuando, de repente, el coche teledirigido de mi hijo se volvió loco. Es uno de esos modernos que giran 360 grados, suben paredes y todo. Y de la nada, se puso a dar vueltas como si estuviera poseído. Siendo una madre de familia, tomé el control, cogí el mando del coche temblando y lo apagué. Pero el coche siguió a lo suyo. Mis peques lo encontraron super divertido y reían a carcajadas, pero yo a puntito estaba de cagarme encima.
¿Qué hice? Pues lo que cualquier adulto responsable hubiera hecho en ese momento. Coger a los críos, el bolso, e irme de casa. Al menos esta vez estábamos vestidos todos. Nos cogimos el bus y nos fuimos al barrio de al lado, que tiene muchas cosas para hacer. Estuvimos en el parque, en la biblioteca jugando, en un bar para comer, y luego los llevé al parque de bolas para hacer tiempo hasta las 6 que volvía mi marido de trabajar.

Cuando llegó a casa y comprobó que ahí no había marcianos, ni fantasmas ni nada que se le parezca, vino a buscarnos y volvimos juntos a casa.
Los chicos se lo pasaron pipa ese día, y viendo lo rápido que se durmieron por la noche estaban destrozados de tanto jugar así que por su parte ningún trauma. Por la mía, me recuperé, aunque el coche de momento está sin pilas por lo que pueda pasar.
Y, hoy en día, sigo sin haber terminado de leer El Príncipe de la Niebla.
Andrea M.