Cuando me di de alta en aquella aplicación de citas, ya me imaginaba que podía pasar de todo. Pero nunca imaginé que se me iba a ir tanto de las manos.
Conocí a varios chicos en la aplicación. Unos más guapos, otros más agradables, algunos cretinos, muchos amigos del ghosting… en fin, lo habitual. Quedé con algunos de ellos en citas que resultaron ser desastrosas y con otros simplemente no fluyó nada. Estaba a punto de tirar la toalla cuando apareció él.
Me pareció un chico más o menos guapo, simpático, agradable… de lo más normal. Eso ya es todo un éxito en los tiempos que corren, así que me animé a seguir conociéndole y a quedar con él para tomar un café. Quedamos a media tarde en una cafetería y todo fue genial. Resultó ser muy atento y la conversación fluía de forma agradable. Nos reímos, nos contamos la vida… tan bien estábamos que decidimos cenar juntos.
Y en la cena la conversación empezó a subir un poco de tono. Se notaba que estábamos bien y que teníamos ganas de continuar la noche. Así que, tras un poco de coqueteo bastante descarado por mi parte, le invité a tomar una copa en mi casa.
Y ahí empezó todo. Nos besamos, nos empezamos a desnudar y nos fuimos a la cama. Me decepcionó un poco que en la cama no teníamos tanta sintonía como en la cena, pero me dije que quizás eran cosas mías, que la primera vez nunca es la bomba, y me relajé. Avanzaba el tema y yo empecé a aburrirme un poco. No estaba disfrutando mucho, que digamos.
Llegó un momento en que yo lo único que quería era que aquello acabara. Creo que incluso me dormí un par de veces. Cuando ya estaba cansada de aquel mete-saca sin sentido, pensé que quizás podía fingir un orgasmo y, con un poco de suerte, provocar el suyo. Y fin de la historia.
Nunca había fingido un orgasmo antes, así que no sabía muy bien cómo hacerlo. Se mezclaban en mi cabeza imágenes de Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally y de pelis porno malas. Y pensé que, cuanto más alto gritara y gimiera, más real sonaría. Ir de menos a más hasta gritar como una loca para que él pensara que era el mejor polvo de su vida. In crescendo, como Mariah Carey cuando sube el tono. Sí, eso iba a hacer. ¡Manos a la obra!
Salió bien, porque justo después de mi grito en Do mayor, él también se corrió y cayó sobre mí derrotado. Aquello había acabado y había acabado bien. Él no se había dado cuenta y estaba tan feliz. Y el Goya al mejor orgasmo fingido es para…
Se vistió, se fue, intercambiamos teléfonos y nunca nos llamamos. ¡Aleluya! Por una vez me alegré de no tener noticias suyas al día siguiente.
Suyas no, pero de los vecinos sí.
Al día siguiente de mi debut como actriz orgásmica, volvía a casa después del trabajo. Ya me había olvidado de todo cuando, al entrar en el ascensor, me encontré con el cartel del crimen:
“Recordamos a los vecinos que el edificio no es un set de rodaje de cine porno. Disfrutad, pero en silencio. Mantengamos el respeto por el descanso de todos. Gracias.”
¡Ups! Parece que me pasé un poco al cantar la nota más alta del orgasmo y se había enterado hasta la portera, que vivía tres calles más arriba. Madre mía, qué vergüenza. Y encima, había sido de mentira. Si al menos lo hubiera gozado…
Pero ahí no acabó todo. Estamos en la era de WhatsApp, y los vecinos ya no se quedan satisfechos con un cartel público que puede ver todo el edificio. Además, quieren humillarte en digital. Sonó un mensaje en mi teléfono móvil y, adivinad: el chat de la comunidad.
“Por favor, quien haya tenido una noche toledana, que la próxima vez se corte un poco, que tenemos que madrugar.”
“¡Yo también lo oí! Me despertó al perro y tuve que sacarlo a dar un paseo de tres horas para que se tranquilizara. ¡Y estamos a 5 grados bajo cero!”
“¡Dejad que la gente disfrute, joder! Que estáis todos amargados…”
“¡Amargado tú, mamarracho! ¡Que se vaya a un hotel!”
Yo no sabía dónde meterme. Me estaba dando una vergüenza increíble. ¿Sabrían que había sido yo? ¿Qué podía hacer? ¿Pedir perdón y prometer que no volvería a pasar? ¿O disimular?
La respuesta estaba clara. Mi carrera como actriz no había hecho más que empezar y quedaba claro que se me daba bien. Así que me uní al escrache:
“¡Qué vergüenza! ¡Que hay niños en el edificio! Un poco más de empatía, por favor. La próxima vez, ¡vete a un hotel!”
Estuvimos así toda la tarde. Y al día siguiente también. Y toda la semana. Luego ya un niño rompió el espejo del ascensor y el chat cambió de tema. Me dio hasta pena. Casi me sentía protagonista de una peli de Almodóvar.