Estar separada y tener dos hijos pequeños, a veces es un inconveniente, pero a veces te salvan la vida.
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Pasó que me había quedado sola aquel verano, después de que mi ex se largara con otra diez años más joven. Pues que le aproveche, no voy a malgastar yo mi vida llorando por quien no me quiere. Y rápido me puse en modo salgo, me pinto, me arreglo, conozco gente y me lo paso de muerte, porque yo lo valgo. Y de la misma manera que no hay más ciego que el que no quiere ver, no hay más que creerse una que está guapa como para estarlo.
En poco empezaron a salirme pretendientes, unos más apetecibles que otros, que me brindaron la oportunidad de pegarme algún revolcón que mi cuerpo agradeció y mi autoestima más todavía.
Y por qué os hablaba de mis hijos. Bueno, porque no siempre todos los candidatos apetecen, ni todos los gatos son pardos. Y que darles puerta no siempre es agradable, pero si llevas a cuestas dos mocosos a los que es difícil aparcar las tardes de verano sin cole, pues sin quererlo te facilitan el trabajo.
Iba yo cada tarde con ellos a la piscina. Era un recurso fácil después de que mi economía se hubiera visto un poco agitada después del divorcio. Me saqué el bono de temporada por veinticinco euros los tres, y dónde mejor sitio para que ellos jugaran y yo me pasara las horas haciendo algo que me encantaba que era tomar el sol. Era una piscina pequeña, con restaurante y pistas de pádel, y los clientes, siempre los mismos. Al final acabas haciendo amistad con todo el mundo, todos se conocen.
Había un personajillo que pronto entabló amistad conmigo. El típico pesadillo, cabezón, insulso, que hablaba sin ningún tipo de conversación interesante. Al principio lo escuchaba porque tampoco tenía nada mejor que hacer, pero con los días se me empezó a hacer un poco cansino. Mis hijos al principio también le daban conversación, lo encontraban peculiar. Como eran pequeños y no entendían nada de nada, me preguntaban si éramos novios. Por Dioooooooooooos!!! Ellos lo veían aparecer con su toalla y sus chancletas y me decían, mama, el Miquel, ya viene. Y yo me hacía la dormida en la tumbona, para que no se me sentara cerca, pero el chico no entendía y allí se nos plantaba.
Una tarde de esas en que no habíamos conseguido darle esquinazo (que tampoco había mucho donde esconderse allí) estaba el zagal en su tumbona al lado de las nuestras, sentado de cara a nosotros con su retahíla de turno intentando acaparar la atención, cuando la atención de repente se nos fue a los tres al mismo sito. Al huevo.
Que resulta que tenía un huevo asomándole por el bañador. Ahí estaba, peludo como un coco, revelándose entre la ingle y la costura.
Ese momento que te están hablando y ya no escuchas. Que te esfuerzas en apartar la vista y la mente de esa protuberancia. Misión imposible.
Y es entonces que me doy cuenta de que los dos pillastres también lo han visto, y están ahí los dos haciéndose señales de humo, plantados delante del sujeto, haciendo ver que les interesaba la conversación, pero sin apartar los ojos de lo que allí en el fondo de la pernera se había revelado.
En parte pasé un apuro, pero en parte me descojoné de la risa, y luego con ellos dos hablándolo, más todavía.
Dejó de ser Miquel el cabezón y pasó a ser Miquel el del huevo. Ellos siempre lo recordarán como aquel chico que se le salió un huevo en la piscina.
Y a mi me quedó la duda de si realmente sabía que nos lo estaba enseñando.