Aquí una amante incondicional de los animales. De hecho, si me dieran a elegir, la mayoría de las veces preferiría rodearme de perros, gatos y peludos de toda índole antes que tener que socializar con casi cualquier persona. Siempre he sido de la opinión de que los humanos no nos merecemos a estos bichejos; y es que ni en un millón de años seríamos capaces de tener la mitad de bondad y pureza de alma que ellos.

Me crié en una casa donde tener mascotas era lo normal, así que he crecido junto a perritos y gatos desde que tengo uso de razón. El amor por los animales siempre ha sido una pedazo de bandera verde para mí a la hora de conocer a la gente, una especie de requisito innegociable para todo aquel que pretenda acercarse a mí. Porque, ¿qué persona en su sano juicio puede decir, sin ser un perfecto psicópata, que odia a los animales?

Por eso, cuando conocí a José y vi cómo trataba a su perrito, me terminé de enamorar del todo. Y cuando digo perrito, me estoy refiriendo a su mastín italiano, un mastodonte de cincuenta kilos con pinta de culturista asesino que cree realmente que es un chihuahua de miniatura.

No hacía mucho que mis padres y yo habíamos tenido que dormir a nuestro gato Bowie, que nos dio los mejores veinte años de nuestra vida. Lógicamente, estaba muy triste y desanimada; sentía que había perdido una parte de mí y que nada me curaría ese dolor tan inmenso. Ciertamente, llegué a pensar que me iba a volver loca.

Por aquel entonces, mi chico y yo llevábamos saliendo un par de meses y se propuso hacerme salir de casa después de muchos días encerrada y llorando. Me propuso salir a dar un paseo y, por no escuchar más sus ruegos y los de mis padres, accedí. Aquel día conocí a Broly y me enamoré al instante de su aspecto de bestia y su corazoncito de bebé.

Desde aquel día, José y Broly venían a buscarme por las tardes y dábamos nuestro paseo correspondiente, que nos hacía la mar de felices a los tres. El pobre animal siempre ha sido más bruto que un arao y no mide su fuerza, pero es todo bondad y es más noble que todas las cosas de este mundo.

Por eso, cuando mi chico me dijo que tenía que viajar por trabajo pero no podía llevarse a Broly, me ofrecí encantada a cuidar de él. Me moría de pena solo de pensar en el pobre perro solo casi todo el día, así que decidí que lo mejor era llevármelo a casa aprovechando que mis padres no estaban y habría más tranquilidad y espacio para los dos.

También resolví que era necesario mimarle y consentirle muchísimo, así que le di unas cuantas chuches y un hueso de jamón que compré en una tienda de perritos.

El tío estaba en la gloria comiéndose su hueso y, cuando terminó, se echó una siestecita y yo aproveché para hacer lo mismo. Al par de horas noté que estaba un poco nervioso, no paraba de caminar de aquí para allá y me extrañó, pero al rato se le pasó y no le di más vueltas.

Hasta que, ya de noche, salí a la terraza corriendo después de escuchar una bronca callejera (soy cotilla, ¿y qué?) y me resbalé. Me caí de espaldas y me di una hostia monumental contra el suelo. En un intento por frenar la caída, puse el codo, aunque no sirvió de mucho, porque me faltó poco para romper los azulejos con la cabeza.

Cuando, tirada en el suelo, fui a tocarme la cabeza, un dolor indescriptible me trepó por el brazo. Me di cuenta de que no lo podía doblar: ahí había algo roto.

También me percaté de que estaba empapada. Pero ¿qué coño había pisado para pegarme semejante hostión, si no estaba lloviendo? Y entonces lo vi. Estaba tumbada en medio de un mar de meado de perro. Recordemos que el perro en cuestión pesa casi lo mismo que yo. Aquello no era un simple meado, era un océano amarillo que ahora resbalaba por todo mi cuerpo.

No solo tenía toda la ropa y el cuerpo empapados, sino que el pelo me chorreaba pis como si me hubiera bañado en él. ¿Lo mejor de todo? Que me llegó un bofetón de una peste nauseabunda: no era solo pis lo que me goteaba por la espalda. Aquel festín de chuches le había soltado la tripa a Broly y yo estaba tumbada en el epicentro.

Hice un esfuerzo sobrehumano por no vomitar, me levanté como pude y me metí en la ducha. Iba que daba gloria verme. Parecía un híbrido entre la Duquesa de Alba caminando y un churro con chocolate. Me quité la ropa aguantando el dolor del brazo y me lavé malamente.

Llamé a una amiga para que me hiciera el favor de llevarme al hospital mientras el pobre perro, ya liberado de su malestar abdominal, me miraba con cara de pena.

Resultado: cúbito roto, un chichón considerable en la cabeza y, sobre todo, una lección: no darle más chuches ni huesos de jamón al perro.

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