El día que lo hicimos “en el Meliá”.

Vivimos en una ciudad en la que hay una playa muy famosa y, sobre unas rocas, un hotel Meliá; paseo marítimo, buena temperatura todo el año, vistas al Mediterráneo… un lugar chulo y con encanto, al que le tenemos especial cariño los habitantes de la zona.

Quedamos con un amigo que llevábamos tiempo sin coincidir y nos contó que estaba saliendo con una chica. Sorprendidos, nos interesamos por la noticia, ya que había tenido un divorcio traumático (un nene pequeño, problemas con la custodia… lo típico, por desgracia), su madre enfermó y a la chica, la conoció en el hospital, ya que también estaba cuidando de un familiar. Nos dijo todo orgulloso que hacía unos días habían acabado en el Meliá.

-Debes ir en serio, es un hotel caro. ¿Fuisteis al spa?. Qué caballeroso, después del estrés que habéis tenido estando de hospitales…

La respuesta nos dejó…

– ¡No, no, a las rocas del Meliá!, abajo, en la playa.

Estamos hablando de un tío de 40 y tantos y la señora unos 53, por eso no contemplábamos la opción low cost. Mi marido y yo nos miramos esperando que nos dijera que era broma, pero no, no era broma. Iba muy en serio… su cara lo decía todo y yo con un agobio, intenté desestresar diciéndole -Qué original, mi novio en 10 años no me ha llevado-.

Llegando a casa, no salíamos de nuestro asombro con el famoso Meliá y cada vez que quedábamos con alguien de la zona, le preguntábamos si era un lugar habitual “de encuentro” y nadie lo había probado (o eso decían).

Eso sí, nos dio una idea. Meses más tarde, la noche de San Juan fuimos con un grupo de gente y después de unos rones, le dije a mi novio (hoy marido), -Te voy a llevar al Meliá-, sonrió, e hicimos lo que pudimos porque ¡menudo overbooking había allí! Aquello era muy raro, entre piedras poco estables, el ruido del mar, las chicas con tacones se resbalaban, lleno de gente, alguno vomitando… un puto espectáculo.

Cuando volvimos a coincidir con el amigo, de dije,

-Oye, que nosotros también fuimos al Meliá (de abajo)-.

Un poco indignada le dije que aquello no había por dónde pillarlo, que estaba muy sobrevalorado. Él sonrió y me aseguró que, de vez en cuando, iba con “su Mari”.

-Qué ganas le echa la Mari, pensé-.

Anécdotas y risas no nos faltan…

PLAYERA