Seguro que todas sabéis eso que dicen de que las chicas siempre vamos juntas al baño. En mi adolescencia, yo no era una excepción. ¿Por qué teníamos que ir juntitas a todos los lados como siamesas? Ni idea. Pero así eran las cosas. No vaya a ser que necesitemos ayuda para limpiarnos el culo y estemos solas…
Una tarde, tomando algo con mis amigos en el bar del barrio jugando a la pocha, como siempre, mi amiga (de la que ya os hablé aquí), me dijo si quería acompañarla al baño. Y allá que nos fuimos las dos.
Entramos, nos apretujamos en el cubículo como buenamente pudimos, meó, meé, tiramos de la cadena y nos dispusimos a salir. Giramos el seguro de la puerta, giramos el pomo y…nada pasó. La puerta no se abría.
Nos dedicamos durante lo que pareció una eternidad a pegar alaridos llamando a alguien, pero no nos escucharon. Por desgracia para nosotras, era uno de esos baños que tienen dos puertas, y como el bar estaba prácticamente vacío, pues no había movimiento.

Mi amiga se estresó con que nos íbamos a quedar sin aire y se dedicó a tirar compulsivamente de la cadena. Y a fumar un cigarro tras otro, que ahora no le vemos la lógica, pero entonces todo tenía mucho sentido. Al cabo de unos 20 minutos, nos echaron en falta y fueron a buscarnos.
Avisamos de que estábamos encerradas, y uno de mis amigos así muy macho dijo que iba a pegarle una patada a la puerta para tirarla abajo. La verdad es que habría funcionado, esa puerta era de papel. Pero los dueños del bar se echaron las manos a la cabeza, que no lo hiciéramos, que entonces el seguro no les cubriría nada y tendríamos que pagar la puerta nosotros. Que mejor llamaban a los bomberos.
¡Casi nos da un parraque de la emoción! Fue el primer año que se empezaron a poner de moda los calendarios de los bomberos, así que estábamos las dos entusiasmadas pensando en que vendría a rescatarnos febrero. Mi amiga, por su parte, prefería que viniera octubre. Lo pasamos pipa la hora que tardaron en llegar pensando en lo buenorro que iban a estar, y lo que les haríamos para agradecerles…
Tres eternidades más tarde, una voz en el exterior nos dijo que nos subiéramos en la cisterna, en la tapa del wáter o donde pudiéramos. Lo más lejos posible de la puerta, porque iban a romperla para rescatarnos.
Dos hachazos, y problema solucionado. Cual fue nuestra decepción que el bombero al otro lado de la puerta no era febrero, ni octubre. Ni siquiera noviembre, nuestro menos favorito de todos. No. Quienes vinieron fueron dos señores que parecían una mezcla entre Homer Simpson y Padre de Familia. Vaya bofetada de realidad que nos dio el cuerpo en toda la cara.

Como vivimos en un barrio pequeño, en cuando nos asomamos a la puerta vimos ya, al menos, a cincuenta personas apiñadas a la salida del bar mirando a ver que chisme nuevo había. Y un camión de bomberos en la puerta del bar llama mucho la atención. Nos dio vergüenza, y pedimos salir por la puerta de atrás.
Ahí quedo todo para nosotras. Pero para el barrio no. Es el típico barrio que, si no hay algún chisme interesante nuevo, pues se lo inventan.
Tres días mas tarde, mi madre vino de comprar con los nuevos cotilleos del barrio. Por lo visto, dos chicas habían sido sacadas del baño del bar de la plaza el martes por la tarde por sobredosis, y estaban en el hospital. Por lo visto, lo sabia de primera mano porque la hermana de la de la pescadería estaba allí y lo vio todo.
Esa tarde, cuando fui al estanco, varias clientas estaban hablando de que habían asesinado a una en el bar, que había sido un crimen machista, y que los bomberos, junto con la policía, habían perseguido al presunto asesino por kilómetros, pero que se había escapado.
Como esa, salieron mil historias más.
Por suerte, nadie nos vio ni supo nunca lo que realmente pasó ni quienes fueron los implicados. Ni que decir tiene, que mis amigos y yo nos callamos como putas (aunque tuvimos que sobornar a alguno). Pero de esa experiencia aprendimos tres cosas:
- A ir al baño solitas
- Que no hay que confiar en los cotilleos vecinales
- Los bomberos del calendario son un fiasco.
Andrea.