La famosa Ley de Murphy no puede ser más contundente: si algo puede salir mal, saldrá mal. Y una, que parece que nunca las tiene todas consigo, ya estaba cruzando los dedos y rezándole a todos los dioses para que no hubiera demasiados obstáculos que impidieran que mi boda saliera a la perfección. Lo que no me esperaba es que la causante de todos aquellos escenarios catastróficos que podían sucederme fuera mi propia abuela.
Mi abuela siempre ha sido una mujer un tanto especial, por decirlo suavemente. La queremos con todo nuestro corazón, pero me hago cargo de que cualquiera que no la conozca bien pueda llegar a pensar que es un mal bicho. No es solo que esté chapadísima a la antigua o tenga un carácter de mil demonios, es que mi abuela nació en una familia bastante adinerada y está acostumbrada desde niña a que todos los demás se postren a sus pies y le bailen el agua.
Lo cierto es que mi abuela siempre ha tenido especial ceguera conmigo, con su nieta mayor, la única niña de cinco hermanos, su ojito derecho, a pesar de que somos como la noche y el día. Por supuesto, ese cariño inconmensurable es mutuo. Por eso, cuando conocí a mi chico y supe que estaba enamorada de él, corrí a contárselo a mi abuela, quien me dijo que estaba deseando poner cara a ese novio tan increíble del que solo hablaba maravillas.
He de decir que en aquel momento tuve mis reservas. No es que me avergonzara de mi chico, ni mucho menos, pero sí es cierto que su rollo y su estilo de vida eran todo lo opuesto a lo que mi abuela consideraba “bueno” para su nieta. Marc no es el típico niño bien de pelo engominado, náuticos, polito de marca y estudiante de Derecho; en realidad, es tatuador, viste de una forma un tanto alternativa y no es precisamente millonario. Con todo, decidimos formalizar la situación y ello pasaba por conocer a mi abuela, quien, para mi total y absoluta sorpresa, le adoró.
Llevábamos unos cuatro años viviendo juntos cuando, una mañana que salimos a pasear por la finca familiar perteneciente a mi abuela, Marc me pidió que me casara con él, rodilla en el suelo incluida. Por supuesto, acepté. No soy una persona religiosa, pero desde que era una cría me había imaginado casándome en la finca de mi familia; era perfecto, porque además de árboles y vegetación hasta donde se perdía la vista, contamos con una capilla propia.
Es más, cuando le conté a mi abuela que iba a casarme, no hizo falta decir nada: fue ella misma quien dio por hecho que la boda se celebraría allí, así que, con el beneplácito de mi abuela, Marc y yo nos pusimos manos a la obra. Invertimos una pasta en iluminación y decoración a fin de adecentar la capilla y los jardines para el gran día: contratación de jardinería y construcción, flores, luces… Todos, incluida mi abuela, estábamos felices en medio de todo aquel caos.
Hasta que un día, Marc me llamó para decirme que mi abuela no le había permitido el acceso a ninguna de las personas a las que habíamos contratado para que, como cada día, hicieran su trabajo. Cuando le pregunté a mi abuela qué sucedía, me dijo muy enfadada que lo que le estábamos haciendo a su casa era un sacrilegio y que ella no iba a ser “partícipe de aquella pantomima”.
No entendía nada: desde el primer día estuvo encantada con la idea de la boda y, por supuesto, nunca habíamos hecho ningún cambio en la finca sin antes preguntarle si le parecía una buena idea y si, en definitiva, nos daba permiso para ello. Mi abuela nunca se había negado a nada. ¿Qué había podido pasar para que cambiara de idea de una forma tan drástica?
Según mi madre, mi abuela había hablado con el cura del pueblo, un hombre con el que tenía mucha confianza desde hacía años, y este le había trasladado sus molestias respecto a los cambios que estábamos haciendo en la capilla, que, por otra parte, era de uso totalmente privado. Resulta que este hombre no veía con buenos ojos que estuviéramos montando, según sus palabras, un “fiestorro” y que aquello no era una boda santa. A grandes rasgos, dijo que estábamos mancillando la casa del Señor y frivolizando con un lugar sagrado.
Tal y como ya os había dicho, mi abuela siempre ha sido una mujer muy cerrada y muy religiosa, pero nunca imaginé que llegara a estos extremos. Aunque mi madre intentó hablar con ella, no quiso entrar en razón: dijo que no quería saber nada de una boda en su casa y yo me llevé la decepción más grande del mundo, amén de una pérdida de dinero considerable.
Lógicamente, no era solo el dinero, sino que la fecha de la boda estaba muy cerca y no teníamos dónde casarnos. Creo que no he sentido más estrés en toda mi vida, pero no quise tirar la toalla y decidimos empezar de cero, eso sí, a toda prisa. Marc, que es un santo y sabía que la ansiedad se me comía, me dijo que confiara en él y se dedicó a buscar el sitio perfecto hasta que un día, sin esperarlo, dio con él in extremis.
La finca era sencilla pero perfecta para nosotros, tenía un encanto especial y era justo lo que buscábamos. Por suerte, todo terminó saliendo fenomenal y fui tan feliz aquel día que ni siquiera me acordé del daño que me había hecho mi abuela.
Por si os lo estáis preguntando, mi abuela nunca volvió a sacar el tema, ni se disculpó; se presentó allí como si nada hubiera pasado, como si no hubiera estado a punto de fastidiarme el enlace, y se emocionó como la que más al verme vestida de blanco, aunque no le hizo gracia que fuera una boda civil…
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real
