En mi trabajo pasamos muchas horas de brazos cruzados, horas y horas que dan mucho  de sí y cuyas temáticas terminan desviándose hacia derroteros de lo más variopintos.  Somos un poco el Saber Vivir de la oficina: desde recetas de cocina, pasando por  anécdotas amorosas, cotilleos varios y consejos de índole sexual para las más  despistadas. Sin embargo, de vez en cuando también hay cabida para las experiencias  paranormales en esa nave del misterio que es nuestro puesto de trabajo.  

No sabemos muy bien cómo ni cuándo comenzó el hábito de hablar de esta clase de  asuntos, pero a nosotras que si nos pagaran por darle a la sin hueso seríamos  millonarias, nos pareció un tema súper interesante. Aquel día, como de costumbre, nos  pusimos a rajar sobre nuestras experiencias más raras una detrás de otra. Que si yo  escucho pasos por la noche, que si a mí una vez se apagaron las luces del salón y se me  volvieron a encender solas, que si el marco de la foto de mi abuela se cae cuando paso…  Cosas muy típicas, pero que nos tenían un pelín acojonadas, ciertamente. Maldito el  momento en el que se nos ocurrió mentar a Iker Jiménez y cogerle el gusto a esto del  misterio… 

Fue entonces cuando la nueva, una chica que llevaba muy poco tiempo en la empresa y a quien habíamos intentado integrar en nuestro grupito para que no se viera sola, se unió a  nuestro corrillo . Era una chica muy tímida y nos daba un poco de pena, así que siempre  tratábamos de darle conversación porque si no, no había manera con ella. Yo notaba que  quería participar, quizá querría contar alguna historia sobre espíritus o apariciones o qué  se yo, tal y como estábamos haciendo todas. Sin embargo, como suele pasar -y más en el trabajo-, en lo mejor del coloquio apareció un jefe a cortarnos el rollo y nos tuvimos que  disuadir como en una manifestación. 

Cuando iba camino a mi sitio con las mismas ganas de ponerme a trabajar como de que  me pegasen una patada en mis partes, la chavala me acompañó y sin darme tiempo a  mediar palabra me soltó: «a mí una vez me abdujeron». Como quien dice “yo una vez  estuve en Marina D’or”. Yo me quedé muerta, porque yo la única abducción que conocía  era la de pierna y cadera cuando iba al gimnasio, pero ella siguió y yo deseé no estar a  solas con ella, porque presentía que se avecinaba tremendo chisme extraterrestre del que yo sería el único testigo. Por eso y porque me dio muy mal rollo.  

Me contó que hace algunos años, mientras iba en coche por mitad de una carretera  secundaria rodeada de campo por la noche, una especie de platillo volante se puso  encima cegándola por completo. Según su versión, ella se tapó los ojos porque la luz le  hacía daño y cuando los abrió estaba en una nave metálica, en la que había decenas de  seres con cuerpos muy extraños, mirándola fijamente. Yo le dije que bien podría ser  alguno de mis ex, pero a ella no pareció hacerle gracia y continuó a lo suyo. Resulta que  esos seres hablaban español y le dijeron que no querían hacerle daño, sólo estudiar su  mente y su cuerpo, así que durante horas le conectaron cables al cráneo e hicieron  estudios con su cuerpo y su sangre. Cuando terminaron, se despertó sin más en su cama, sin recordar cómo había llegado hasta allí ni qué había sido de su coche. 

Mientras ella me contaba esto, yo abría y cerraba la boca sin saber qué decir, como un  pececillo fuera del agua, esperando que me dijera que era broma. Pero no, se mantuvo  igual de seria que al principio, me pidió que no se lo dijera a nadie y se marchó a su sitio  dejándome igual que a un pulpo en un garaje. Obviamente, como buena chismosa se lo  conté a mis amigas y de mutuo acuerdo decidimos desterrar los temas paranormales y  derivados para siempre y volver a las recetas y los chismes amorosos de toda la vida. 

Mar Martín.