A veces, en la vida, hay anécdotas de esas que, cada vez que te acuerdas, te entra un ataque de  risa que termina cuando te ahogas de la tos de tanto reírte.  

De esas, que parecen un sketch de “La que se avecina” y se rememoran en todos los  encuentros familiares.  

Pues bien amigas, esta, es una de esas. 

Era una tarde invernal y estaba yo tan ricamente acurrucada en el sofá de mi casa con mi  pijamita de franela del Primark viendo por enésima vez mi culebrón favorito, cuando, de  pronto, entra mi padre corriendo por el pasillo y, sin apenas aliento, empieza a gritarme: 

“¡Creo que he matado al Tico!” 

Tico, era nuestro indomable pero adorable Yorkshire, un perrito que parecía un peluchín  indefenso y tenía la facultad de despertar la ternura de todos como un animalito Disney pero  también poseía la mala hostia de un Predator.  

Sin mediar palabra, pegué un brinco del sofá y salí corriendo detrás de mi pobre padre que  venía exhausto después del esfuerzo titánico de subir las 4 plantas de escaleras corriendo al  borde del infarto. 

Total, que, desesperado, me guía escaleras abajo hasta el lugar de la hipotética tragedia  mientras me explicaba lo ocurrido.  

Al parecer, como cada tarde, Tico y mi padre venían a hacerme su visita protocolaria después  de su último paseo del día y, al llegar al ascensor, cuando se abrió la puerta, entraron dentro, y,  sin saber porque, en el último instante cuando las puertas del ascensor se estaban cerrando,  nuestro entrañable perrito decidió salir disparado corriendo fuera.  

La puerta se cerró, mi padre se quedó dentro agarrando la correa y el perro se quedó fuera  mientras el ascensor comenzó a subir.  

En cuanto mi padre logró reaccionar, pulsó el botón para pararlo, pero el ascensor continuó subiendo, la correa se rompió y mi padre no pudo pararlo hasta el primer piso. 

En ese momento, preso del pánico, interpretó que, al haberse roto la correa, mi perrito se  había caído por el hueco del ascensor y subió como un cohete a mi casa a pedir ayuda. 

Yo, intentando procesar lo que me explicaba, bajé con el pijama de franela, descalza y  despeinada corriendo escaleras abajo mientras llamaba a la compañía del ascensor para  explicar lo ocurrido y pedir que viniera un técnico. 

La sorpresa vino cuando llegué a la planta baja y veo a mis recién llegados vecinos que venían  de la calle con sus bolsas de la compra observando estupefactos la puerta del ascensor y  diciendo: “¡¡Hay Dios mío pobre perrito!! ¡¡Qué hacemos!! ¿De quién será? ¡¡Como lo  ayudamos!!”. 

Resulta que, nuestro Tico, no se había caído por el hueco del ascensor, el pobre, estaba  colgando como un paracaidista con su arnés de la parte de arriba de la puerta del ascensor. 

Al parecer, el perro había subido a la vez que el ascensor, pero por fuera, y, cuando llegó al  tope de la parte de arriba del ascensor, la correa se rompió, la argolla de su arnés quedó  encajada entre las puertas y él quedó colgando como un botafumeiro. 

Y allí estábamos… 

Mi padre atónito, yo, intentando explicarle a la señora del servicio técnico la película de Alex de  la Iglesia que se había montado el patriarca y mis vecinos paralizados sin saber qué hacer. 

Así que les digo: “¡Es mío! ¡Es mío! Soy vuestra vecina del cuarto y ha sido un accidente”  mientras ellos escudriñaban de arriba abajo mi outfit de loca de los gatos descalza y  despelucada. 

Total, que decido acercarme a ver si lo puedo descolgar, pero como soy una chincheta de 1’55 no había manera de alcanzarlo y sentía la misma frustración que cuando voy al supermercado y  trato de alcanzar los productos del estante más alto.  

Allí estaba yo, dando saltitos intentando alcanzar a mi perro el paracaidista mientras pensaba si  a mi padre le hacía más falta una bombona de oxígeno o un Acuarius.  

En estas que, mis nuevos vecinos, se ofrecieron amablemente a ayudarme a descolgar a la  bendición, pero resultó que, el muy cabrón, decidió sacarle unos dientes que ni Hannibal  Lecter en sus mejores tiempos. 

¡Vaya cuadro! 

Yo, que no llegaba, el vecino que sí que llegaba pero se acojonó cuando le vio los dientes al  peluchín y la señora del servicio técnico al otro lado del teléfono esperando pacientemente al  desenlace para ver que cojones le explicaba al técnico porque aquello no había por donde  cogerlo y yo creo que la pobre mujer pensaba que se trataba de una broma de cámara oculta. 

Finalmente, en un arranque de valor, mientras yo distraía a la bendición para que no le  mordiera, el vecino logró descolgarlo y salir ileso. 

Y allí estábamos, mi padre abrazando al Tico respirando aliviado y dando las gracias a Dios, a  Buda y a todos los Santos y yo con un ataque de risa nerviosa dando las gracias a mis nuevos  vecinos y diciéndoles: “Somos vuestros vecinos del cuarto piso, muchas gracias por vuestra  ayuda y bienvenidos a la comunidad” intentando correr un tupido velo de normalidad después  de la escena que habíamos montado. 

Y así, queridas amigas, fue como, mi perro, probó el paracaidismo, mi padre, comprobó que  sigue en forma a sus 75 años y yo, ofrecí a mis nuevos vecinos una discreta bienvenida que  nunca olvidarán. 

Firmado: Happy Gyal