Sí, lo sé. Me hago cargo. Al leer el título has pensado: «Venga, ya está aquí la tonta de turno, ¿y qué más?» Te entiendo, yo siempre me he considerado una persona bastante escéptica, los programas de Iker Jiménez me daban más risa que miedo y, hasta hace bien poco, era de las típicas que se burlaba de sus amigas cuando contaban sus experiencias paranormales o «para anormales», como yo solía llamarlas.
Sin embargo, he de decir que hace unos meses ocurrió algo en mi familia que difícilmente puedo explicar. Vaya por delante que no me he convertido en una súper creyente del mundo esotérico de la noche a la mañana, pero he de reconocer que lo que ha sucedido ha sembrado la semilla de la duda en lo más hondo de mi sentido común.
Mi abuelo falleció hace casi tres años; vivía en casa de mis tíos, ya que era muy mayor, necesitaba de cuidados diarios y no podía hacerse cargo de sí mismo. Había enfermado de leucemia y estuvo muy malito durante algún tiempo. Mis tíos viven en un chalet, así que, como no tenían problemas de espacio, le prepararon una habitación en la primera planta y se lo llevaron a vivir con ellos.
Durante aquellos primeros meses de enfermedad, dio la casualidad de que mi prima se quedó embarazada. La pobre tenía sentimientos encontrados. Por un lado, no podía estar más feliz sabiendo que pronto iba a ser mamá, pero por otro, la idea de que quizá nuestro abuelo no pudiera llegar a conocer a su bisnieto le rompía el corazón. Recuerdo que solo deseaba dos cosas: que su bebé naciera sano y que pudiera disfrutar al menos un tiempo de su bisabuelo.
Los meses pasaron y mi abuelo, que siempre había sido un hombre de armas tomar, seguía con nosotros con toda la ilusión del mundo cuando el hijo de mi prima nació un mes de octubre. Sin embargo, con el paso del tiempo, mi abuelo fue empeorando a pasos agigantados, a la vez que el hijo de mi prima crecía junto a él.
Aunque mi abuelo ponía todo de su parte y hacía cuanto estaba en su mano para sentirse mejor, llegó un día en el que se levantó muy triste y sin ganas de nada. Entonces, se nos ocurrió proponerle un paseo no demasiado lejos de casa para sacarle de la cama y tratar de animarle un poco y, a pesar de que en principio el plan no le hizo mucha gracia, cuando supo que su bisnieto nos acompañaría, le cambió la cara automáticamente.
A partir de entonces, cada mañana mi abuelo, su bisnieto y mi tía fueron a pasear con el cochecito por los jardines que rodeaban la urbanización. Era como si aquello le diera vida.
Meses más tarde, mi abuelo murió. Tenía 86 años; su bisnieto, uno y medio. Como es lógico, la pérdida de mi abuelo supuso un palo muy duro para toda la familia, pero, con todo, la vida siguió su curso.
Había pasado algo más de un año desde la muerte de mi abuelo cuando, una mañana como otra de tantas, mi madre y yo fuimos a hacer una visita a mi tía, sin saber que mi prima también estaba allí con su hijo. Mientras charlábamos en la cocina, escuchamos al niño desternillarse de risa de tal forma que todas nos empezamos a reír también y salimos para ver a qué se debía aquel cachondeo.
Nos encontramos con que el crío estaba solo, plantado frente a las escaleras que daban a las habitaciones, mirando hacia arriba, muerto de risa. Cuando mi tía le preguntó de qué se reía, contestó señalando la puerta de la habitación donde había fallecido mi abuelo, que estaba jugando con «el bisa».
Supusimos que eran cosas de niños, pero he de reconocer que un escalofrío me recorrió el cuerpo. Mi tía le cogió en brazos emocionada y entonces él le preguntó por qué ya no iban de paseo por el jardín. Lo que más nos llamó la atención es que era imposible que recordara aquellos paseos, ya que era prácticamente un bebé por aquel entonces y, desde que mi abuelo murió, no volvimos a pisar aquellos jardines ni a mencionarlos. Nadie le había hablado de ello nunca.
Después de aquel día, el hijo de mi prima continuó plantándose frente a las escaleras mientras que nosotras mirábamos de reojo, sin querer pensar demasiado en el tema, hasta que un día, en un descuido, llegó a subir hasta la habitación de mi abuelo y, cuando le dimos alcance, nos preguntó sin titubear, con toda la claridad que sus tres añitos le permitieron, si el bisa se había ido al cielo desde aquella habitación.
Nos quedamos de piedra, pero ahí no terminó la cosa, y es que, al ver a mi tía llorando, él le dijo que no estuviera triste, porque el bisa había vuelto para cuidar de él y de su mamá. Lo más inquietante es que, a los pocos meses, a su mamá —es decir, a mi prima— le diagnosticaron una enfermedad degenerativa muy agresiva.
Con el paso de los años, a medida que fue haciéndose mayor, dejó de subir y de contarnos las cosas que supuestamente hablaba con él. Nosotras nunca sabremos si aquellas conversaciones fueron fruto de la imaginación de un niño, porque lo cierto es que no quisimos ahondar mucho en el tema, pero durante mucho tiempo continuamos mirando de reojo aquellas escaleras.
Mar Martín basado en la historia real de una lectora
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