Mis amigas son unas madres tan felices que desean que todas las mujeres que quieren ser madres puedan serlo también. Cuando se enteran de alguna que esté buscando embarazo, enseguida se alegran de que otras quieran unirse al club: “Ay, pues a ver si tiene suerte y viene pronto”.

Yo siempre me he indignado mucho con esto. Han llegado a lamentar que no puedan quedarse embarazadas mujeres enredadas en relaciones muy tóxicas que lo mejor que podían hacer era terminar con sus maridos, y no embarcarse con ellos en la maternidad. No es que yo desee que no se queden, lo que me parece clamoroso es que se planteen tener hijos en semejantes condiciones.

Desear ser madre no es un motivo válido para serlo. Un motivo válido es querer profesar un amor incondicional y 100% altruista, lo que incluye cuidar al máximo en toda la acepción de la palabra. Cuidar de verdad, con buenas condiciones materiales e inmateriales: techo en el que vivir, nevera llena y buenas condiciones psicofísicas, principalmente.

En esto, mis amigas me dan la razón. Si te piden prácticamente un estudio genético para adoptar, ¿por qué una fecundación exitosa es lo único imprescindible para ser madre biológica? Pero me dan la razón con la boca pequeña. Porque, claro, ellas ya han experimentado el amor salvaje y visceral de tener un hijo, cosa que yo no. Han experimentado esa felicidad inabarcable e inexplicable, y se la recomiendan encarecidamente a todo el mundo que quiera vivirla.

Hasta que, un día, cambiaron de opinión.

La cruz de un padre de mierda

Una de nuestras amigas arrastraba desde hacía años el lastre de una relación difícil de definir. Él es de lo peorcito con lo que nos hemos topado: irrespetuoso, controlador y un chantajista emocional de libro. La razón por la que mi amiga no lo dejó es la de siempre: la creencia falaz de que puede cambiar y que ella se tiene que quedar junto a él para ayudarlo.

Mi amiga se casó, lamentablemente. Y luego se puso a buscar bebé, lamentablemente. Y mis amigas, las madres felices que comentaba antes, seguían de cerca sus progresos con entusiasmo: que si las visitas al ginecólogo, que si alguna operación a la que se debió someter, que si los programas de fertilidad, que si las velitas a la Virgen… Hasta que se quedó embarazada y todo fueron felicitaciones.

Pues bien, un año después, cuando la criatura cuenta solo unos meses de vida, mi amiga ya se ha vuelto a casa de sus padres. Su marido no solo no ha cambiado, sino que ha empeorado. Últimamente se ha estado quedando con dinero de la familia para sus vicios, así que mi amiga ha entendido que o sale de ahí o quien corre peligro por escasez (y quién sabe qué más) es su niño.

Para agravar el trauma de una separación, ella está en una situación muy precaria. Trabaja desde que es adolescente y no tiene un duro, porque él ha ido dando mordidas y mordidas a la cuenta. Sin trabajo, porque lo dejó cuando se quedó embarazada, y con un potencial exmarido que no está dispuesto a dejarla en paz.

Desconocemos si la ha agredido para conseguir dinero, pero sí le ha faltado el respeto en lugares públicos y delante de otra gente, así que sabemos que puede ser muy agresivo. Ahora, que ha entrado en un mundo muy muy turbio y está perdiendo el control (drogas), lo vemos capaz de todo.

El otro día, comentando los últimos episodios protagonizados por semejante elemento, una de mis amigas “mamá feliz” dijo: “Qué pena haber tenido una hija así, lo que esa pobre niña va a sufrir con el padre que tiene”. Las demás le dieron la razón.

¡Hombre! ¡Por fin! ¿Había que vivir de cerca un caso tan traumático para que lo entendieran? Me tomé aquello como un pequeño triunfo y no mío personal, sino un triunfo del sentido común. La vida va pasando y la crianza se hace más y más difícil. Los bebés dejan de ser esos muñequitos rechonchos de los que mis amigas se enamoraron locamente y requieren un hogar sólido y buenas condiciones para salir adelante bien. Ahora se ponen en la situación de mi amiga recién separada y entienden que no querrían que sus hijos pasaran por algo así. Que tiene que haber algo más allá del instinto.

Aquel día me limité a contestar al lamento de mi amiga con un “¡Exacto!”. Ahora toca apoyar a la que está afrontando una situación tan difícil y esperar que las otras no animen a cualquiera que quiera ser madre a serlo sin unas condiciones mínimas. No tienen que disuadir, pero tampoco pintar la maternidad como la gran experiencia sin considerar nada más.