Me encantan los pechos grandes. No es algo sexual, es estético. Adoro cómo queda un buen escote, una blusa palabra de honor con sus formas en condiciones. Sin embargo, y a mi pesar, la genética no me ha dotado de unos pechos generosos. Son más bien pequeños y, aunque estén bien puestos, la verdad es que me gustaría que fuesen más grandes.
Si tuviese dinero, me los operaría sin duda. Pero, por desgracia para mi economía, no es posible hacer frente a ese gasto, ni pagándolos a plazos. Así que nada, me tengo que conformar con lo que tengo y con algunos truquillos para verme mejor en el espejo.
Afortunadamente, hoy en día hay muchas cosas para que los pechos luzcan mejor, desde sujetadores push up con relleno hasta moldes de silicona que rellenan el sujetador y que, con la camiseta adecuada, dan muy buenos resultados.
Y ahí está la clave: la camiseta adecuada. Ese tipo de cosas son las que se aprenden con la experiencia. Porque al principio, me ponía un sujetador con relleno y no me fijaba en mucho más que en que se viese bien, pero hay otras muchas cosas que tener en cuenta.
Una de esas experiencias que me hizo tener más cuidado a la hora de elegir mis complementos fue en una discoteca. Iba a salir con mis amigas de la facultad y, para aquella ocasión, me había comprado un top sin tirantes en color dorado. Era precioso, ajustado y con un poco de forma para darle protagonismo al pecho. Cuando me lo probé en casa, me di cuenta de que me quedaba un poco ancho en la parte de las bubis y por eso decidí ponerme un sujetador sin tirantes, obviamente, pero con unas prótesis de silicona para elevar mi pecho, rellenar el top y, además, dejar que algo de carne asomase por encima de la fina cinta del escote.
El resultado me pareció perfecto.
Así que nada, me peiné, me pinté y me fui con mis amigas.
La noche empezó genial. Entramos al local, tomamos un par de copas y, ya un poco eufóricas, nos fuimos a bailar.
Y allí estábamos, bailando y riendo.
Junto a nosotras había un grupo de chicos bastante guapos. Ellos nos miraban y sonreían. Nosotras les devolvíamos la sonrisa y poco más.
Al rato, alguno de ellos empezó a acercarse a bailar y, bueno, ahí estábamos con el tonteo típico de pista de baile.
En fin, todo iba bien. Tomamos un par de copas más y volvimos a la pista. Pero al poco rato de estar allí, empecé a notarme extraña. Hacía calor, o más bien estábamos acaloradas de tanto bailar, pero no era insoportable.
Estábamos bailando y saltando, disfrutando de la música. Yo seguía notando que algo no estaba bien, pero no era capaz de averiguar qué era. Así que, un poco mosqueada, seguí a lo mío.
Al rato me di cuenta de que el grupo de chicos con el que antes habíamos estado tonteando me miraba raro. Estaban cuchicheando bastante serios. En ese momento pensé que seguramente estarían decidiendo quién de ellos vendría a hablar con nosotras para romper el hielo.
Mis amigas seguían bailando y riendo, extasiadas y un poco achispadas, y yo, por algún motivo que no entendía, sentía que me faltaba algo.

Se me estaba cortando el rollo. Así que le dije a una compañera que necesitaba ir al baño. Cuando estaba en el servicio, después de airearme un poco, me puse a repintarme los labios delante del espejo y entonces lo vi. Mi preciosa camiseta se había quedado vacía. Es decir, aquel escote maravilloso con el que había salido de casa ya no estaba. Mis prótesis habían desaparecido y el sujetador con relleno se había bajado a la mitad de la cintura, haciendo que pareciese que tenía cuatro pechos. Me quedé espantada con aquellas pintas, pero esperé que, teniendo en cuenta que en la discoteca no había mucha luz y sí mucha gente, nadie se hubiese dado cuenta.
Así que me recoloqué el sujetador y mis pechos para que quedase lo más relleno posible y volví a la pista. Ya no me sentía tan exuberante, pero decidí que aquello no iba a estropearme la noche.
Cuando llegué a la pista, el grupo de mis amigas y el de los chicos se había unido. Estaban hablando de algo y parecían serios. Cuando yo llegué, empezaron a disimular y a bailar como si nada pasase. Pero yo vi a mi amiga Carla guardarse algo en el bolso.
Sabía lo que era. Por un momento intenté hacerme la loca y seguir bailando. Pero no pude. Los chicos me miraban de reojo y alguno de ellos soltó alguna risita.
No lo pude soportar. Fui hacia Carla y le quité el bolso antes de que pudiese evitarlo. Allí estaban, mis prótesis de silicona. Al parecer, mientras estaba bailando, se me habían ido bajando poco a poco por la camiseta, hasta que finalmente se habían caído al suelo y aquellos chicos habían asistido al proceso muertos de la risa.
En ese momento, me quise morir de la vergüenza. Me sentía descubierta y ridiculizada.
Me sentí tan mal que cogí mis cosas y me fui.
Mis amigas me siguieron e intentaron convencerme de que aquello era una tontería, que no me tenía que sentir mal. Pero no lo pude remediar. Me sentía fatal.
Me sentía tan mal que me dio por llorar. En ese momento, el grupo de chicos nos alcanzó. Al verme triste, empezaron a hacer el tonto para hacerme reír. Empezaron a contarme historias de cuando alguno de ellos se había metido calcetines en el pantalón para intentar impresionar a una chica o cosas del estilo. Estuvimos hablando mucho rato y entendí que todo el mundo tiene sus inseguridades y complejos. Que eso está bien y que no hay que avergonzarse por intentar disimularlos, aunque estos se queden al descubierto. No es cuestión de tener que resignarse con lo que uno tiene, sino de estar orgulloso de lo que cada uno hace para sentirse bien consigo mismo.
Lulú Gala.