Mis tíos tenían una casa preciosa, un chalé con dos piscinas que en verano era una gloria y donde hacíamos la mayor parte de celebraciones familiares, barbacoas (cuando eso de la barbacoa sonaba a película americana) y donde a los primos nos encantaba quedarnos días y más días, primero porque cuando éramos niños montábamos unas patuleas de alivio todos los críos juntos y porque, ya de más mayorcitos, nos divertíamos mucho también. A mi primo en concreto le encantaba que yo me quedase a dormir. Esas cosas que a veces pasan entre primos.

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Era julio, mis padres trabajaban, mi hermana mayor también y, puesto que en casa yo me aburría como un hongo, solían dejarme que me quedase con los tíos a veces hasta una semana entera; allí mi primo -al que llamaremos Gorka- y yo salíamos todos los días, quedábamos con otros primos que vivían cerca, con amigos suyos, y a veces no volvíamos al chalé hasta la madrugada. En ese aspecto mis tíos se portaban muy bien, nunca se chivaban a los padres de una si volvía a las tantas y media.

Cierta noche volvimos como a las doce. Mis tíos estaban ya acostados, había luna llena y a mí me pareció que hacía una noche mágica, con el aire lleno de encanto y perfumes embriagadores (¿¿¿novelera yo??? Ana la de Tejas Verdes a mi lado, una aprendiz), así que era un crimen encerrarse en la alcoba. Lo ideal era quedarse un rato contemplando la luna, tumbados en la hamaca. Claro está, a Gorka le pareció un planazo. Lote bajo la luna, a ver qué adolescente con las hormonas lanzando aullidos vaqueros le parece mal.

Me acomodé en la hamaca que estaba cerca de una de las piscinas, una hamaca de lona sujeta a dos palmeras, bastante grande, y con un par de cojines. Gorka se tumbó a mi lado, entrelazamos los dedos de las manos y empezamos a contarnos las típicas dulzuras de lo mucho que éramos el uno para el otro. Lo que pasa es que las dulzuras ganan en calor deprisa y antes de darnos cuenta, las manos ya no estaban entrelazadas la una con la otra, sino metiéndose por sitios donde sólo llegaban los rayos X. Y lo de X, sí, va con segundas.

Claro, la hamaca podía albergar a dos personas más o menos delgadas, sí, pero estaba pensada para balancearse un poquito, echarse la siesta y ya está, no para un meneo en el que sufría más tirones que la Scarlett O’Hara metiéndose en un corsé. De repente sonó un zumbido como un latigazo y dimos con las espaldas en el santo suelo, que ni a gritar nos dio tiempo. Las cuerdas de la hamaca habían cedido y di que caímos sobre el césped recién regado que más o menos estaba blandito, pero el metro de caída no nos lo quitó nadie. Y el moratón del culo, tampoco.

Tuvimos que echar a lavar la hamaca porque se quedó toda verde por el césped, y mi tía nos regañó por subirnos los dos en ella, “¡como si no hubiera más tumbonas!” Mi tío en cambio se quedó mirando la cuerda gastada, la corteza de la palmera, miró a mi tía, nos miró a nosotros… sonrió y dijo la frase por la que se pudo freír un huevo en mi cara: “¡Bah! ¡Ya no se hacen las hamacas como antes!”.

Delice