EL BOTÓN PARA DESINCHARTE (O LA CRUELDAD ENTRE HERMANOS)

Es bien sabido por todos y todas que los hermanos pueden ser crueles… pero solo entre ellos. Porque en el momento en que una persona externa a la camada osa meterse con uno de los cachorros, el resto se organiza como una banda mafiosa y se lo come vivo.
Y esto no es una opinión: es una ley natural.
Lo típico de: solo yo puedo llamar tonto a mi hermano, tú no, que no eres de la familia.

En mi casa éramos tres. Yo, la mayor. Me llevo bastantes años con mis dos hermanos “pequeños” (que ahora son altos como pinos y me sacan unas cuatro cabezas cada uno), porque solo compartimos padre. Con el mediano me llevo seis años y con el pequeño, catorce. Vamos, que cuando yo ya tenía criterio, ellos todavía se estaban comiendo los lápices de colores.

El nacimiento de mi hermano mediano fue bastante traumático para mí, porque pasé de hija única a tener que compartir. Horror. Pero bueno, lo trampeé.
Sin embargo, cuando anunciaron el tercer embarazo, para mí fue una fiesta:
¡IBA A TENER UN HERMANITO!
Un ser pequeño, moldeable y potencialmente manipulable. Y muy, pero que muy achuchable.

Con catorce años ya eres consciente de lo que se viene, y viví ese embarazo con muchísima ilusión. El día que mi padre me dijo que el bebé había nacido fue maravilloso. El parto llegó mientras estábamos en el cole, así que vino a recogernos y fuimos directos al hospital a conocer al nuevo humano.

Nada más verlo, recuerdo decirle a mi padre:
—¿Es un poco feucho, no, el pobre?

Porque lo era. No pasa nada por decirlo ahora. Parecía un monito muy peludo, con los ojos hinchados como huevos duros recién cocidos. Mi padre, con un autocontrol digno de estudio, decidió ignorar mi comentario, y yo empecé a querer a mi hermanito con locura desde el primer segundo… aunque objetivamente pareciera un experimento fallido.

He de decir que el muchacho mejoró rápido y ahora es un tiarrón de buen ver. Y no, no es amor de hermana: es una constatación casi científica.

 

Mi hermano pequeño creció llevándose catorce años conmigo y ocho con el mediano. Ya os podéis imaginar el panorama: dos hermanos mayores aburridos y un niño pequeño lleno de inocencia y ganas de vivir. Una combinación peligrosísima.
A mí me encantaba cuidarlo, pero también es verdad que a veces nos aliábamos con el de en medio para tocarle las narices. El pobre tenía que aguantar bromas, sustos y mentirijillas elaboradas con una creatividad digna de mención. Mis padres lo gestionaban con paciencia… o con la técnica ancestral del “ya se cansarán”.

Hasta que un día no nos cansamos. Nos superamos.

Yo tendría dieciséis o diecisiete años; el pequeño, dos o tres; y el mediano, diez u once. Ese verano nos fuimos de vacaciones a Mallorca. Avión, hotel y primeras burlas: mi hermano mediano se pasó el aeropuerto riéndose de mis brackets, asegurando que iba a pitar en el control de metales. Me llamó Scalextric, entre otros elogios. El cariño de siempre.

Las vacaciones fueron estupendas: piscina, playa, helados, paseos… El mediano disfrutó especialmente del buffet libre como si fuera su último mes de vida.
Pero ocurrió un pequeño incidente que desencadenó una auténtica película de terror infantil.

Mi hermano pequeño aún no sabía nadar, así que llevaba la típica burbuja rosa de porexpán atada a la espalda. Tras un par de días, el roce con la arena y el agua salada le provocó una herida justo en medio de la espalda. Mis padres la curaron y le pusieron una tirita redonda.

Error. Grave error.

El mediano, con esa mente retorcida que solo da la genética compartida, comentó:
—Eso parece un tapón.

El tapón de los hinchables. Ese que muerdes para inflarlos y luego no hay manera humana de deshinchar.
Y yo, cómo no, entré al trapo.

—Claro —dije—. Ese es tu botón. Con eso te hinchamos y te deshinchamos.

—Cuando estás muy pesado —añadió el mediano— papá te destapona sin que te enteres y te saca todo el aire.
—Luego te guardamos al vacío en una bolsa —rematé yo—, como el jamón.

Aquí el niño empezó a tocarse la espalda con sospecha.

—No es verdad… es una tirita porque me duele…

—Eso es lo que te han contado —dijo el otro, dejando un silencio dramático digno de Hitchcock.

Mis padres avanzaban cargados como mulas, fingiendo no escuchar absolutamente nada. Padres de los 80: supervivientes.

El niño empezó a asustarse. Y claro, nosotros apretamos.

—¿A que sí? —me preguntó el mediano.
—Totalmente —respondí—. Cuando hablas mucho o no nos dejas dormir, te deshinchan. Es un descanso para todos. A veces te guardan toda la noche. Al día siguiente te vuelven a hinchar… si hay ganas.

El pobre ya estaba blanco como la cal, llorando, en bañador, chanclas y una camiseta horrible de souvenir. Decía que no podía ser verdad, que él se daría cuenta de despertarse doblado dentro de una bolsa.
Nosotros no podíamos ni respirar de la risa. Nivel: dolor abdominal, lágrimas, riesgo de micción involuntaria.

Hasta que mi padre explotó:
—O paráis ya, o a quien voy a deshinchar es a vosotros dos, pero a hostias.

Eso, por supuesto, nos hizo reír más.

Al llegar al hotel, no hubo manera de quitarle la tirita. El niño estaba convencido de que en cuanto se la despegaran se quedaría como un globo pocho. Mis padres necesitaron una paciencia sobrehumana para demostrarle que seguía siendo sólido.

Nos cayó una bronca monumental por haber traumatizado al niño. Con los años no nos lo ha tenido en cuenta…

Pero cada vez que podemos, se lo recordamos. Porque el amor entre hermanos también consiste en no dejar que olviden jamás.

Parvaty