Me hallaba en un momento de mi vida en el que, por primera vez, había conseguido ser regular en algo. Ni mi regla lo es. Y hablamos de ir al gimnasio, ni más ni menos, siendo yo una negada para el ejercicio físico. Andaba yendo tres o cuatro días en semana, haciéndome 200 o 300 sentadillas semanales entre entrenamientos coreografiados funcionales, con sus series y repeticiones. No exagero.

Cada vez que hacía una sentadilla, bufando y sudando, me convencía de que estaba sentando las bases de una vejez activa en la que los achaques no serían como los de las personas de mi entorno que apenas han hecho ejercicio. Por eso se me hizo de noche cuando me dieron uno de los diagnósticos más determinantes de mi vida.

De repente, un día la rodilla me empezó a hacer un “clac” raro cada vez que hacía una de mis sentadillas. Es más, ni siquiera hacía falta que hiciera una, sonaba al bajar las escaleras. No podía tratarse de un crujido normal si siempre estaba ahí, como si caminara tocando los palillos como una flamenca. El gesto que me pusieron los monitores del gimnasio, entre la angustia y la dentera, no dejaba lugar a dudas: había que ocuparse.

Recurrí a la Atención Primaria por quemar un cartucho antes del fisio, profesional que no me puedo permitir visitar en este momento de mi vida. La médica ni me reconoció. Oyó el “clac” y dictó sentencia:

—Eso es que no tienes cartílago —y se puso a escribir en el ordenador dejándome estupefacta y sin acompañarme mínimamente en el sentimiento ante tamaña pérdida.

Para colmo, le pregunté si eso era normal a mi edad (36 palos). Y solo entonces despegó la vista de la pantalla para mirarme por encima de las gafas y darme un condescendiente “Pues sí, puede ser normal”, que en realidad sonó a “Hay montañas más jóvenes que tú, maja”.

Me mandó una radiografía en la que no se veía nada y luego una resonancia que, cosas de la sanidad pública, no me voy a poder hacer hasta dentro de unos cuantos meses. Que tomara colágeno e hiciera vida normal.

Pero no, mi vida ya no es la que era. Justo ahora que me estaba yo notando el culo más subido y la piel de las cachas más lisita, me pongo a hacer una de mis 300 sentadillas semanales y veo las estrellas. Ha sido así, de un día para otro, sin más avisos ni preámbulos. Una parte de mi cuerpo que ahora siento vital como el corazón ha decidido abandonarme sin perdón ni permiso, y dejarme con chasquidos, dolores y dos cápsulas diarias que me raspan la garganta al tragarlas.

Nadie me comprende. Mucha gente me dice “A mí también me pasa”, como si eso fuera consuelo. Y más: “Yo hago vida normal, mi ejercicio y todo, con unas correas de soporte”. Cada día me lo ponen peor.

El chasquido desapareció, pero la rodilla no está al 100% y sigo haciendo unas sentadillas grotescamente insuficientes bajo la mirada del monitor, que ha desistido de animarme como hacía antaño (hace dos meses) porque sabe que a más no llego. El otro día, al borde de las lágrimas de la nostalgia, le dije a un compañero mientras me ponía de pie después de hacer abdominales: “No creo que esto vaya a mejorar”. Y él, como si me odiara, me dijo: “Hombre, hija, el cartílago no crece”.

“¿Será que no ajustaba bien la bici en el spinning?”, “¿Será que nunca he hecho las sentadillas bien?”, “¿Será que, con mi peso, no debería haber hecho ciertos ejercicios de impacto?”, me pregunto. Porque, tal y como se fue el cartílago, llegaron las culpas.

Llamadme exagerada, pero siento que esta es la antesala al ocaso de mi vida. He atravesado el ecuador. Me he comido la mitad del postre y ahora lo que queda es lo menos sabroso. Ha empezado la cuenta atrás.

Mi único consuelo es que las pastillas esas que me han mandado me sirvan también para atenuar las arrugas de la frente que ya no disimulo ni con maquillaje. Estoy siendo superficial también, sí. No me enorgullezco, pero entended que estoy en las horas bajas del duelo.

(Por favor, ruego se considere la ironía del post. Hay tomarse la vida con humor).