Dirían en mi pueblo: ni tan calvo ni con dos pelucas. Hace un par de años, mi novio comenzó a realizar cambios en su estilo de vida para mejorar su apariencia. Empezó a comer mejor, se matriculó en un gimnasio y, a mí, esto me pareció genial: se estaba cuidando, y eso siempre es positivo.
Como le daba resultados —o asumo yo que esa es la razón—, poco a poco intensificó la práctica de sus nuevos hábitos. Ahora iba dos veces al día al gym, tomaba proteína, suplementos y consumía mucho, pero mucho contenido sobre el cuerpo humano, salud, causas de enfermedades y todo ese tema.
A ese punto empezó a afectar nuestra rutina. Ya era un problema salir a cenar porque pocos restaurantes cumplían con las estrictas reglas que debían cumplir los alimentos que consumía. Salir de club o a fiestas se convirtió en una auténtica pesadilla, ya que esta nueva versión más saludable —y más insufrible— de él satanizaba el alcohol. Ese que una vez amó con locura.
A ese punto eran pocas las actividades que podíamos compartir. Una de ellas era ejercitarnos juntos, y también se me hizo cuesta arriba, ya que me sobreexigía: no me dejaba tomar pausas para descansar ni beber agua y quería que hiciera cosas que para mí eran físicamente imposibles, alegando que todo estaba “en mi mente” y que yo solo estaba siendo débil.
Si suena mal, se pone peor.
Ya no solo yo estaba cansada. Amigos y familiares también comenzaron a hartarse pronto. Porque una cosa es tener un hobby, un estilo de vida o una causa… y otra es evangelizar algo al punto de que prácticamente parecía una secta o culto. Se ponía demasiado pesado al hablar del tema y no hablaba —o dejaba hablar— de otra cosa, lo cual lo hacía aún más difícil.
Al final de nuestra relación, la persona que una vez quise —y que ya no conocía— consumía carnes crudas y órganos de animales, se negaba a usar cualquier producto que no fuese cien por cien natural, hacía dominadas y lagartijas en los lugares más inconvenientes e inapropiados, y se pasaba todo el día discutiendo con quien no pensara igual… que básicamente era todo el mundo.
Nos decía cosas como que nos estábamos matando, que nos íbamos a morir pronto, que éramos irresponsables por no cuidar de nuestro cuerpo.
Ese tema se apoderó completamente de su vida, y por más que lo intenté, no pude continuar. De la persona que una vez fue, no quedaba nada: se había convertido en algo muy similar a un animal. Cuando me fui, no le quedaban amigos y solo unos pocos familiares. Siempre le rondaban chicas —¿y cómo no?, si se veía genial—, pero al escucharlo hablar huían espantadas, como eventualmente me tocó hacerlo a mí.
Actualmente es “influencer” en redes sociales y con eso se gana la vida. Aunque creo que la gente lo sigue más por morbo que por aprender algo de ese estilo de vida tan radical, que según él le cambió la vida para bien… pero que, actualmente, es lo único que tiene.