Soy de esas pocas millennials a las que sus padres no pusieron brackets cuando tocaba. En mi adolescencia lucía una sonrisa torcida y estaba orgullosa, porque todo el mundo a mi alrededor tenía la boca rodeada de metal. Me reía de mis amigas con brackets y ellas se sentían acomplejadas por los trozos de comida enganchados, por el miedo a besar con ese armatoste y por el pánico a sonreír con todo ese cableado.
A los pocos años, ellas tenían una sonrisa preciosa y yo seguía con mis dientes de caballo, aleatoriamente colocados. Ellas fueron mejores que yo y nunca se rieron.
Mis padres tenían una economía reducida; vamos, no teníamos un duro, y mis dientes (que estaban sanos, pero torcidos) eran el último de sus problemas. Me pagaron una carrera que estudié como una posesa para sacar el mayor número posible de matrículas de honor y reducir su gasto, conseguí un trabajo de camarera los fines de semana y ahorré como una hormiguita para no generarles gastos y poder darles algo de lo que ganaba. Nunca lo aceptaron.
Me saqué Psicología con una nota tan buena que me dieron una beca para hacer el doctorado. Me especialicé en víctimas de terrorismo y, hoy en día, soy una de las mejores en mi ámbito. Pero claro, ya con 30 años y con un trabajo en la Universidad, mis dientes pasaron a ser un problema de primer mundo.
Me puse brackets porque la dentista no me recomendó la ortodoncia invisible por mi fisonomía. Me echó muchísimo para atrás la idea, pero era un sufrimiento necesario. Así que, tirando de las habilidades estudiadas durante tantos años, hice de tripas corazón y me los puse.
En un congreso en Toulouse sobre terrorismo en España y su repercusión conocí a Louis, un psiquiatra que estudiaba lo mismo que yo. Le sonreí con timidez cuando me lo presentaron (en parte por los brackets, en parte porque me abrumaba conocer a un profesional tan reconocido —y tan guapo— como él).
Durante las conferencias no nos separamos ni un momento. El tonteo era evidente para todos y también para nosotros. Por la noche, tras la cena con nuestros colegas, nos fuimos directos a su habitación de hotel.
Empezamos a enrollarnos y, al besarme, empezó a pasar su lengua por los brackets. Me resultó sumamente desagradable. Así que cerré la boca y me limité a darle piquitos mientras nos quitábamos la ropa.
Ya desnudos, me dijo que quería que se la chupara, que le ponían mucho las chicas con brackets. Yo estaba tan excitada que no le di importancia al comentario y me puse a ello. Al terminar, volvió a besarme y a pasar su lengua por mi aparato. Le pedí que no lo hiciera, que me estaba cortando el rollo. Y él, tan pancho, me dijo que es que se excitaba muchísimo con los brackets.
No pude evitarlo: me eché a reír.
Primero, porque no era para nada una respuesta de psicóloga.
Y segundo, porque si no me reía, lloraba.
Llegados a ese punto, no sabía si le gustaba yo o mi ortodoncia.
Le dije que se me habían pasado las ganas y me fui. Y, en los días que quedaban de congreso, le evité. No volvimos a vernos.
Y la verdad: cada vez que leo un artículo suyo me río.
Sobre todo porque ahora ya no tengo brackets, tengo una sonrisa preciosa…
y creo que ya no sería de su tipo.
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