Rave en el supermercado: Los pequeños grandes placeres a partir de los 40
No sé si a vosotros también os pasa, pero yo, desde que cumplí los 40, he descubierto una serie de pequeños placeres que, a priori, no son nada del otro mundo, pero a mí, me hacen la mar de feliz.
Pequeños momentos de micro felicidad de la vida cotidiana que, en otras etapas, podían parecer insignificantes, pero ahora cobran un nuevo sentido.
Yo creo que, a lo largo de nuestra vida, todos pasamos por distintas etapas.
Cuando eres un niño, dulce, ingenuo y angelical y no tienes sentido del paso del tiempo y eso te ayuda a vivir felizmente en tu mundo.
Cuando pasas a ser adolescente y te vuelves intenso e insoportable, alegando que nadie te entiende y solo quieres hacerte mayor porque crees que serás libre de hacer lo que te de la gana sin nadie que te mande.
Cuando tienes 20 y pocos y empiezas a ver las orejas al lobo de lo que en realidad significa la vida adulta (spoiler: que no, resulta que no era simplemente entrar y salir cuando quisieras y no rendir cuentas a nadie, que putada más grande) pero todavía sientes ese empujón de energía, ilusión y optimismo con toda la vida por delante para diseñarla como tú quieras y solo te apetece vivir el momento al máximo, salir de fiesta con tus amigos, bailar, viajar, experimentar, en definitiva, vivir como si fuera un verano eterno.
Luego, casi sin darte cuenta, más pronto que tarde, llegan los 30, donde empiezas ya a tener un poco más de madurez y experiencia vital y te das cuenta de que los años, sin saber muy bien cómo, pasan volando (para todos menos para Jordi Hurtado) y tienes que empezar a ahorrar, organizar tu vida y aflojar un poco el ritmo de festivales porque entre el alquiler o la hipoteca, el coche, el agua, la luz, la compra, o te haces un Only fans o no llegas.
Finalmente, llegas a la etapa en la que estoy yo ahora, y te das cuenta de que, sorprendentemente, tus gustos y aficiones se van adaptando y encuentras felicidad y armonía en cosas que antes te daban tedio.
Por ejemplo, no os pasa que, si tenéis la suerte de ir al supermercado a hacer la compra en un horario de baja afluencia y llegáis y encontráis los pasillos semivacíos, os entra como un gustirrinín tipo:
¡Oh! Que alivio, puedo recrearme tranquilamente sin presión, sin agobios, sin avalanchas, puedo rebuscar, comparar las ofertas, revisar las etiquetas, leer las fechas de caducidad de las cosas y coger las que tengan la fecha más tardía, incluso puedo sacar mis pasos prohibidos con el hilo musical y canturrear mientras peso los kiwis jajaja
Y como eso, un sinfín de tonterías más que te alegran el día y que, antes, no habrías reparado en ellas.
Por ejemplo, cuando vas con el coche a un lugar muy concurrido rezando para encontrar un sitio donde aparcar y se te cumple el milagrito y encuentras sitio y lo metes a la primera.
Cuando llegas a tu cafetería favorita y tu mesa está libre, no hay cola, te atienden sin mucha espera y te preparan tu café con las 3000 chuminadas que te gustan (café de especialidad, cortito, con leche de avena, muy caliente, en vaso, con azúcar morena y una nube de espuma).
Cuando te dan un rasca y gana para un sorteo en la panadería y te toca un lote de pastitas.
Cuando es tu cumpleaños y algunas tiendas te envían un email con una felicitación cuqui y un vale descuento para comprarte alguna cosilla.
Cuando te levantas con el guapo subido y tus compañeras lo notan y te lo dicen.
Cuando vas al gimnasio y encuentras las máquinas que quieres usar libres y no tienes que hacer cola en las duchas.
Cuando por fin te atreves a apuntarte a aquella actividad a la que te morías de ganas de ir pero no estabas segura de si ibas a encajar o de si ibas a dar el cantazo por ser la más mayor de la clase y resulta que vas el primer día y lo petas.
Cuando consigues coincidir con el grupo de amigas con agendas imposibles (es casi un milagro y pasa fugazmente cuando los astros se alinean y el trabajo, los niños, la familia y el destino lo permiten) y lográis reencontraros para una cena y un bailoteo y sientes que, el tiempo, no ha pasado y se apodera de ti una micro explosión de felicidad por continuar teniéndolas en tu vida.
Cuando disfrutas de un momento de soledad, introspección y paz contigo misma leyendo, meditando, en la naturaleza, bailando o en un spa remojando.
Cuando vas a comprar aguacates y encuentras unos que están en el punto perfecto (eso vale oro) o cuando es viernes por la noche, hace frío, estás apalancadísimo en casa con tu pareja y decides que el mejor plan es quedaros los dos arrunchaditos en el sofá, pedir comida china y ver vuestra serie favorita en Netflix (la nuestra es “Habilidad Física 100” jajaja).
En definitiva, los 40, queridas amigas, es una edad maravillosa en la que tienes muy claro lo que quieres y lo que no, y, eso, te da la oportunidad de disfrutar de la vida a lo grande y de encontrar una felicidad auténtica y sencilla, en cosas pequeñitas que te alegran la existencia.
Happy Gal
