En esta vida hay tres cosas que me resultan tan jodidamente fascinantes y tan difíciles de  conseguir que no puedo hacer más que suspirar cada vez que pienso en ellas, sabedora  de que es prácticamente imposible llegar a tener ninguna en lo que me resta de  existencia: un euromillón premiado, la cara de Margot Robbie y por último pero no menos  alucinante, la autoestima de todos aquellos hombres que se las dan de dioses del sexo en potencia y que luego resultan ser el mayor chasco folletil del mundo.

Mira que a estas alturas de la movida ya deberíamos saber detectar todas a este  espécimen masculino que tanto abunda como la mala hierba, pero nada, nos la siguen  dando con queso. Y para muestra, un botón.

Estaba yo en mi casa tan tranquila cuando de repente me llega un whatsapp y un empotrador salvaje aparece. El Empotrador salvaje y yo llevábamos paveando y tirándonos los trastos  mutuamente desde que soy capaz de recordar. No obstante, parecía que nunca nos  íbamos a poner de acuerdo para estar solteros, así que nunca sucedió nada entre  nosotros a pesar de que la tensión sexual era evidente. Todo cambió cuando lo dejé con  mi ex y me vi tan libre como la lola de Sabrina en la Nochevieja del 87.

Nuestra relación hasta hace un par de meses, se basaba en escribirnos con intenciones  bastante impúdicas disfrazadas de amistad inocente. Esto es, uno empieza saludando y  preguntando por la familia y el trabajo y termina con ganas de comerle al otro lo de abajo.  Entre las conversaciones guarras y que me enviaba fotos de su cuerpo de dios griego,  el empotrador salvaje me tenía living, sentía que estaba viviendo en una novela de Elísabet  Benavent.

Vamos, que estábamos más calientes que follando debajo de un plástico.

Me describía con todo lujo de detalles cómo me iba a comer el fresón, cómo iba a hacer  que me deshiciera del gusto, me prometía que iba a proporcionarme los mejores  orgasmos de toda mi vida… y teniendo en cuenta que llevábamos estirando el chicle  desde hacía años, aquello era un picor que había que rascarse pero ya. Así que cuando  por fin llegó el esperado momento y me presenté en su casa, las expectativas estaban  realmente altas. Lo que no sabía entonces era que lo único bien empotrado que iba a  haber en aquella casa eran los armarios.

No estábamos para perder el tiempo, así que nada más cruzar la puerta y sin mediar una  palabra, nos empezamos a comer la boca como dos ansiosos y di gracias al cielo porque  el tío besaba de muerte. Según mi experiencia hasta la fecha, si un tío besa bien, será  mejor empotrador. Aquel día aprendí que eso no siempre es así. Decir que se puso a  pellizcarme los pezones como si mis tetas fueran una radio a pilas y quisiera cambiar de  emisora, sería quedarse corta. Para más inri, se puso a menearlas con las dos manos  como si fueran sonajeros. ¿Con qué finalidad? Lo desconozco. 

Resulta que aquel empotrador que se las daba del mejor amante que una podría  encontrar, sabía del cuerpo femenino lo mismo que yo de física cuántica: nada. Nunca  antes me habían apuñalado la vagina con la lengua. Queridos hombres del mundo, el  clítoris existe, no es un mito. Y cuando pensaba que no podía hacerlo peor, al tío le dio un derrepente y me succionó aquello como si fuera un flan de vainilla, con tanta fuerza que  por un momento pensé que me dejaba sin parrús.

Y aún así, me quedé, me negaba a aceptar que el tío que me había revuelto las hormonas tantísimo fuera tan pésimo en la cama. Sin embargo, allí no hubo ni rastro de todos  aquellos orgasmos increíbles de los que tanto me había hablado, al menos por mi parte.  Por la suya sí, por supuesto. Después de que intentara cambiar de postura cada minuto  como si aquello fuera una competición de Kamasutra y me golpeara la cabeza contra la  mesita de noche mientras gemía como un ciervo en una berrea, le tuve encima de mí  durante cinco minutazos igual que un perrete dándole a un cojín. Y mientras tanto, yo en  mood estrella de mar traumada.

El tío terminó exclamando un «ufff madre mía…» y se desplomó a mi lado.¿Te ha  gustado?, me preguntó. Me ha encantado, Jose Luis, querido. No sé qué me ha gustado  más, si que me hayas dejado los pezones en carne viva, que ya no pueda volver a ver un  flan con los mismos ojos o que te hayas masturbado con mi gominola al estilo conejo.  Esto no se lo dije, porque soy idiota, evidentemente. En lugar de eso, me dio un ataque de risa mientras me vestía a toda prisa y me marchaba de allí, dejando al conejo de Duracell  muy molesto.

Si es que ya lo dice el refrán, “perro ladrador, poco empotrador”…

Mar Martín.