Mi abuela siempre fue un referente para mí. Una mujer de otra época pero con una mentalidad abierta y avanzada, visionaria, un ejemplo a seguir. No la dejaron estudiar pero ella estudiaba por su cuenta, y siempre nos recomendaba a las nietas no depender de ningún hombre, cuando ella había vivido en unos años en los que el marido era el dueño y señor de los hogares y casi de sus mujeres.
Ella admiraba a mi abuelo, lo quería, eso se notaba. Tenían una relación de admiración mutua. Mi abuelo también fue un hombre adelantado a su época que “permitió” a su esposa cosas que en aquellos tiempos no se les permitía a las mujeres.
Cuando yo le contaba a mi abuela mis historias con chicos, mis desengaños, ella siempre me daba buenos consejos, como si tuviera un máster en amor. Lo cierto era que siempre creímos que sólo había sido pareja de mi abuelo, pero al ir a recoger sus cosas a su casa cuando murió, me encontré con una caja llena de cartas que desmontó todas mis ideas. Decenas de cartas, por orden de fecha.
Yo no quería bienes materiales, pero me creaba tanta curiosidad recrearme en la figura de mi abuela, en su verdadera intimidad, que me llevé a mi casa esa caja. A medida que comencé a leer esas cartas, algo me conectó con ella, empecé a conocerla a fondo, su forma de pensar, su forma de amar, pero a través de los ojos del verdadero amor de su vida, Antonio.

Ella tuvo un primer amor con el cual vivió los años más preciosos de su vida. En esas cartas éste le relataba con todo lujo de detalles esa ilusión, le decía cosas preciosas y se notaba que debían destilar amor el uno por el otro. Contaba sus planes de futuro en común. Se palpa en cada palabra escrita que se amaban profundamente, pero en un momento dado, en otra de las cartas, Antonio le decía a mi abuela que tenía que casarse con otra, ya que sus padres habían apalabrado su matrimonio porque estaban en la ruina.
Aún casado, seguía escribiendo a mi abuela. Por sus cartas se deduce que mi abuela sufrió muchísimo con ese matrimonio y que ese día incluso fue a la puerta de la iglesia a intentar impedirlo. Que estuvo un mes en cama y creían que había enfermado pero lo que estaba era enferma de desamor. Que se encontraban por la calle y no podían hablarse, aunque se morían el uno por el otro. Un amor prohibido digno de un libro.
Tras la última carta de ese periodo, mi abuela guardó una carta de cada mes durante un margen de algo más de tres años, como si Antonio no hubiese dejado de escribirle pero ella no le respondiese, ya que él le decía cosas del tipo “necesito que respondas o voy a morir” o “me falta el aire si no tengo noticias tuyas, mi amor”.
Después, en un momento dado, se entiende que mi abuela le escribió diciéndole que había conocido a mi abuelo y que iba a casarse, porque él le dijo en su carta de respuesta que se sentía morir imaginándosela de blanco en la iglesia, que era a ella a quien quería, que ambos se amaban pero que efectivamente la vida no les había deparado, tristemente, un futuro juntos. Que ambos juraban la promesa de ser por siempre el amor del otro y que en la siguiente vida no iban a consentir que nadie les quitase esa oportunidad.
Lloré amargamente al leer las cartas de Antonio y ver cómo, en una época en la que las cosas eran tan diferentes, ese amor tan grandioso se frustró. Me gusta pensar que mi abuela en esta vida estuvo con mi abuelo y fue feliz a su manera, pero que allá donde esté, hoy está disfrutando de ese amor tan grande con su Antonio de la mano.
