Si algo me ha dado siempre un miedo atroz sobre la maternidad, ha sido que a mi futuro hijo o hija le pudiera hacer bullying en la escuela. De niña lo pasé muy mal por culpa de esto y sé lo mal que lo pasaron mis padres también. Lo cierto es que siempre pensé que sería una madre helicóptero, una de esas que viven con un miedo enorme a que a sus niños les pase algo y que acaban sobreprotegiéndolos. Sin embargo, una vez llevada a la práctica la maternidad, me di cuenta de que la mayoría de esos miedos eran infundados. Protegía a mis hijos y me seguía inquietando que les pudiera pasar algo, claro, pero al ver que en su crecimiento y desarrollo todo iba encajando en la normalidad, yo también me fui relajando.

Pero entonces comenzó la pesadilla. Recuerdo que era martes el día en que, al recoger a mi hija de siete años en el cole, ella estaba llorando. Al parecer, una niña de su clase le había tirado del pelo y no contenta con eso, mi hija traía un chicle pegado en su melena. Esa tarde la pasamos probando remedios caseros para eliminar todo el chicle sin cortarle el pelo. Al final lo conseguí con vinagre, aunque se le quedó el mechón fatal y tuvimos que sanear un poquito. Le aconsejé a mi hija que no se acercase más a esa niña, y que si le volvía a hacer algo, se lo dijese a la profesora.

Dos días después, la misma situación. Mi hija traía chicle de nuevo en el pelo, además de haber pasado la mañana recibiendo burlas por ser pelirroja por parte de la otra niña. La profesora se limitó a sentarlas alejadas y a intentar quitarle el chicle con agua, cosa que empeoró el desastre. Está vez le tuve que cortar un buen tramo de melena. Así que pedí una tutoría, y les especifiqué que quería hablar también con los padres de la niña en cuestión.

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Durante la tutoría la madre de la niña, que vino sola, se llevó las manos a la cabeza, diciendo que no entendía que su hija hubiera hecho nada de eso, que en casa era un cielo y que le costaba muchísimo creerlo. Puso en duda la palabra de mi hija, diciendo que igual estaba acusando a su hija en falso. Cuando la profesora lo corroboró todo y le advirtió que si le ponían tres partes de comportamiento la expulsarían varios días, ella se limitó a repetir que serían cosas de niños, que de toda la vida los críos se habían peleado y se han metido unos con otros y que le parecía todo una exageración.

Salí de allí aturdida y furibunda. Mí miedo de toda la vida, la impotencia de que mi hija estuviera recibiendo bullying mientras que yo no podía hacer nada más por ayudarla, me estaba comiendo las entrañas. Le pedí a la tutora que si volvía a tener lugar cualquier tipo de agresión, al menos le pusieran un parte a la cría, a ver si con suerte su madre se lo empezaba a tomar en serio, y me dijo que estaría atenta para que no volviese a pasar nada. Pero no pasó más de una semana antes de que mi hija trajese de nuevo otro chicle bien pegado al pelo. Y aquí decidí que tenía que hacer algo y que lo tenía que hacer por mi cuenta.

Probablemente, muchas no aprobéis lo que hice, pero lo cierto es que tampoco me importa. Cuando el sistema oficial falla, a veces hay que actuar. Y si su madre decía que eran cosas de niños, decidí que ahora iban a ser cosas de adultos.

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Lo planeé todo. Tenía que hacerlo un día de lluvia, y no tardó en llegar uno. La puerta del colegio de mi hija está en un estrecho callejón en el que los padres se apretujan para llegar los primeros a por sus niños. Así que imaginaos cómo se pone aquello los días de lluvia, cuando los padres intentan que a sus hijos no les roce ni una sola gota, como si se tratase de ácido y no de agua. Paraguas por todos lados, varillas que se meten por los ojos o la nuca seguidas de una disculpa del propietario, paraguazos en la cabeza de unos y otros… Pero nadie cede, todo el mundo se da de codazos para ponerse el primero. Era mi oportunidad.

En el coche, de camino, abrí diez chicles de una marca especialmente pegajosa. Reconozco que incluso había probado varios distintos y que finalmente me quedé con esos. Me los metí en la boca y los masqué de camino. Llegué con tiempo y aparqué en doble fila en un lateral de la calle, y cuando vi a la mamá de la niña en cuestión meterse en el callejón con su enorme paraguas, abrí el mío y la seguí. Me metí de lleno para no perderla y me coloqué justo detrás. Así que allí, en medio de ese mar de paraguas, donde todo el mundo estaba tapado por el suyo y únicamente atento a ver la cabeza de sus propios hijos entre el tumulto, me saqué la bola de chicle de la boca, la mordí para separarla en dos, la estiré y luego se la pegué lo más disimuladamente que pude en el pelo. Siempre lo llevaba largo, suelto y muy rizado, así que fue mas fácil de lo que pensaba. Pero no había terminado ahí, no me parecía suficiente. El segundo trozo de chicle tenía como destino la parte baja de su melena, lo mas cerca y profundo posible entre los pelos de la nuca, donde mi hija trajo el ultimo chicle. Sabía que se daría cuenta, pero me daba igual, al final sabría que había sido yo, lo esperaba así, incluso. Así que la terminé de masticar para humedecerla bien y de golpe la introduje entre su pelo a la altura del cuello, bien profundo. Ella se giró mosqueada y le dije con mi mejor sonrisa «ay, disculpa, que te he metido la varilla del paraguas sin querer». Esperaba que me descubriese en ese momento, iba mentalmente preparada para ello. Pero me espetó que tuviese más cuidado y siguió a lo suyo.

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Mi hija no volvió a traer chicle en el pelo. Estuve esperando que la orgullosa madre me confrontase en algún momento, pero ese momento no llegó. Aunque sí vi su nuevo corte de pelo. Cuando me la cruzaba a la salida o entrada del colegio, ni siquiera me miraba a la cara. A día de hoy supongo que pensó que si estaba lo suficientemente loca como para hacer lo que hice, era mejor no seguir aumentando la bola. Pero os juro que no me habría arrepentido de nada aunque mis actos me hubiesen acarreado consecuencias. Estaba dispuesta a sufrirlas, porque si era el precio a pagar para que dejaran en paz a mi hija, merecería la pena.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.