CARTA ABIERTA A MI ABUELA
La mayoría de mujeres que conozco aman profundamente a sus abuelas. En ellas reconocemos ese lugar seguro al que siempre se puede volver: el de los cuidados, los mimos, el amor que no pregunta y no se cansa. Será por sus comidas imposibles de repetir, por su paciencia infinita o por esa manera tan suya de querernos, como si el mundo se pudiera arreglar con un plato caliente y una frase dicha a tiempo. A veces hay quien no tiene una buena relación con su abuela, y seguro que hay razones de peso, pero cuando el vínculo existe… es para toda la vida.
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Dicen que muchas veces nos llevamos mejor con nuestras abuelas que con nuestras madres. Úteros gestados dentro de úteros. Esa frase siempre me ha atravesado. Quizá porque con mi hija me pasa eso: en ella me veo reflejada. Veo mi rebeldía, mi carácter, mis palabras. Es un espejo que a ratos abruma y a ratos emociona. Algún día hablaré de madres e hijas, porque ahí hay materia sensible. Pero hoy escribo por mi abuela paterna, la que fue mi primer hogar femenino.
Me crié con ella porque mi madre murió cuando yo era muy pequeña. Y ella ocupó ese vacío sin hacer ruido, sin proclamarse nada, simplemente estando. Me cuidó hasta los cinco años, en su casa, donde vivían también mi abuelo —un cacho de pan con patas— y mis tíos. Aquello era un hormiguero de gente, de voces, de vida. Y en medio de todo eso, ella y yo, tejiendo un vínculo fuerte, de esos que no necesitan palabras.
Mi abuela Isabel era una mamma en toda regla. Bajita, entradita en carnes, siempre con delantal y aquellas zapatillas de toalla con cuña que parecían anclas. El pelo impecable, porque una vez a la semana iba a que se lo lavaran y peinaran; las uñas perfectas, siempre de rojo, porque la manicurista venía puntual como una misa. Todo estaba en su sitio: la casa, la ropa, la vida. Y la comida… la comida era una declaración de amor. Un mujerón. Y como todo gran mujerón, con un carácter que no cabía en la cocina.
Cuando se enfadaba conmigo me llamaba Nena y cambiaba al castellano, su lengua primera. Había llegado a Cataluña siendo niña, con una historia dura a la espalda, criada por su abuela materna. Dominaba el catalán, pero cuando se enfadaba… volvía el acento murciano. Y con él, la zapatilla voladora. Aquel Nena podía venir acompañado de una zapatilla de cuña cruzando el salón mientras yo la esquivaba como si estuviera en Matrix. Nunca me dio. Y creo que tampoco quería. Yo me escondía bajo la mesa, riendo, mientras ella venía a recuperar su zapatilla, refunfuñando, queriéndome a su manera.
Fue ella quien me llevó a hacerme los agujeros de las orejas. Mis padres no querían, pero ella sí. Me llevó a la comadrona que me vio nacer, y allí me pusieron unos aritos de oro de cierre catalán, como me recordó toda la vida. Los perdía constantemente y pasaba meses con un solo pendiente, como un pirata despistado. Ella me compraba otros, una y otra vez, sin reproches. Al final me dieron alergia y dejé de usarlos, pero ese gesto suyo quedó para siempre.
Nunca estaba contenta con mi pelo: ni suelto ni recogido.
—Pareces una fregona —me decía.
Yo no entendía nada y siempre respondía lo mismo:
—Ay, yaya…
Y nos mirábamos sabiendo que nos queríamos, aunque discutiéramos.
Nos peleábamos mucho. Muchísimo. Dejábamos de hablarnos, y a la semana nos llamábamos como si nada. Así fue siempre. Así era el amor.
Por las noches me enganchaba las sábanas con ganchos a la cama y yo quedaba atrapada, sin poder moverme. Protestaba, porque las sábanas estaban heladas. Ella me daba golpecitos en las piernas:
—Así se te va el frío.
Y yo me reía hasta que me dolía la barriga, atrapada, segura, querida.
Cuando me divorcié, me dijo:
—Siempre lo he encontrado un sopa.
Y, aunque suene raro, eso me reconfortó. Me hizo sentir acompañada, validada, cuidada.
La hice bisabuela tres veces. Mis hijos la adoraban. Cuando los veía gritaba:
—¿Dónde vas tan arriba? ¡Vas a coger frío!
Y yo pensaba que nadie nos había querido nunca tan ruidosamente.
Tenía un corazón enorme, pero definitivo. Si te sacaba de ahí, no había marcha atrás. Cuando le conté que tenía una nueva pareja, me dijo:
—A rey muerto, rey puesto.
Y sentí que me estaba diciendo: vive, hija, no te quedes parada.
Con mi pareja se entendió enseguida. Se reían mucho. Ella tenía una manera única de contar la vida, siempre con medio barrio de por medio. Un día, ya en silla de ruedas, nos explicó que el marido de una vecina era “de segunda mano”. Y remató:
—Pero tú eres mejor que aquel sopas.
Nos reímos los tres, felices, sin saber que ese recuerdo se quedaría conmigo para siempre.
Murió con 92 años. El día que fui a verla por última vez estaba en su sillón catapulta, en camisón, mandando como siempre.
—Yaya, estoy aquí.
Me miró. Me agaché. Nos dimos un beso.
Habló en castellano. Me preguntó por las cortinas, por su casa. Le dije que sí a todo. Se durmió. Y al día siguiente se fue tranquila, en su cama, en su casa.
Después vino el silencio lleno de gente, las risas nerviosas al quitarle los anillos, la doctora pidiendo respeto mientras todos conteníamos la risa y el llanto a la vez. Porque así era ella: incluso muerta, nos hacía reír.
No he llorado aún su muerte. Quizá porque estuve allí hasta el final. Quizá porque el amor no siempre llora: a veces se queda quieto.
Me quedé con un cuadro suyo, sentada en su patio, rodeada de plantas, con su canario. Siempre parecía el mismo, aunque en realidad lo iba sustituyendo por uno idéntico cada vez que se le moría. También me quedé con ropa suya. Era muy elegante y tenía unos trapitos monísimos que sigo usando.
Abuela, te echo de menos cada día del mundo. Y te llevo conmigo. Siempre.
Parvaty
