Existe la creencia ciega de que solo se casan los enamorados para dar un paso más en la creación de su familia. 

No vengo aquí a desmentirlo, pero a veces no oro todo lo que reluce en un matrimonio. Aviso de antemano de que si mi estado civil es el de casada, es porque yo fui la pesada e insistente en que así fuera, pero ahora me doy cuenta de que sería igual de feliz sin ese papelote. 

Cuando fuimos a tramitar detalles de la boda civil, un señor un tanto retrógrado que no quería darnos bien la información por ser una pareja homosexual, nos soltó esta maravillosa frase con la que doy título a este artículo:

‘El matrimonio no te garantiza la felicidad, pero tampoco tiene por qué ser un fracaso absoluto’

Yo me reí pensando que era una broma, pero no, lo dijo muy en serio. Tras cinco años a mis espaldas de ser una marida en toda regla, creo que ese individuo tenía toda la razón.

El matrimonio tiene una letra pequeña que no siempre sabemos que existe. Habrá quien diga que es un error, que no es necesario sellar así la unión y que no deja de ser un papelote que acredite que una relación es real. Para otros, es el resultado del amor verdadero y cada día que pasa desde que se selló ese amor, todo aumenta y florece. 

A otra caperucita con ese cuento. No tenemos un medidor de amor, pero la rutina destroza las relaciones y  hay que saber llevar la tempestad hacia una calma segura.

Alguien me dijo una vez que un matrimonio es duradero siempre que sus cónyuges sean lo suficientemente inteligentes como para saber cuándo ceder, cuando estar al pie del cañón y cuando ser algo más independientes para no agobiar al otro. 

La experiencia me dice que casarte es muy bonita, pero no todo puedes dejarle la gran responsabilidad de que, al tener ese trámite hecho, ya no te tienes que esforzar más, sino que es ahí cuando empieza verdaderamente el rock and roll.