Ya os he contado todas mis miserias, mis follodramas, y las cosas que me pasan por torpe. Así que, cuando le conté a mi BFF que estaba en crisis de ideas vino corriendo a socorrerme. Como vivimos a 2274 km de distancia, la ayuda vino en formato de audios de whatsapp. Casi tres horas recordando follodramas e historias pasadas para compartirlo con vosotras (y con vosotros).
Este es el primero de tres que creemos que son dignos de mención.
Después de dejarlo con “el cucaracho de su vida”, mi amiga Emma empezó a vivir. Casi casi literalmente.

Se apuntó a clases de baile, se apuntó a cursos de pastelería, se hizo un curso de uñas acrílicas…cualquier cosa que le hiciera salir de casa y ver caras nuevas.
Una de estas cosas fue apuntarse al gimnasio. A uno no muy grande, de barrio, que parecía que era más familiar y donde seguro que sería más fácil conocer a la gente. Y efectivamente, en seguida hizo buenas migas con el dueño.
Pronto, las clases de spinning fueron acompañadas de intensas sesiones de mambo (guiño guiño).
Ella solo quería darle una alegría (o varias), al cuerpo, y él era perfecto para eso. Bastante fantasma cuando se ponía a hablar de sus conquistas, cero conversaciones intensas, cero ataduras, pero un empotrador que ni Jason Momoa en mis mejores sueños. Y ella tampoco buscaba planes de boda. Todo fetén.
Estuvieron varios meses quedando regularmente y la dinámica era siempre la misma: spinning, mambo, cerveza. Pilates, salsa y cubata. GAP y …bueno, después de GAP nada porque esas clases te dejan que no tengas el chichi pa’farolillos.

A los seis meses de estar en ese rollo, un día se dio cuenta de que tenía como tres semanas de retraso. Siempre lo habían hecho con condón, pero oye, el calendario estaba ahí, no mentía, tres semanas y cuatro días de retraso.
Me llamó acojonada y sopesamos las opciones. Rozando la treintena, trabajo estable, y en plenas facultades, llegado el caso saldría para adelante.
Se lo contó al chico y le pidió si podía acompañarla a hacerse un predictor y, haciendo buen uso del cuerpo que tiene como marichulo de gimnasio, salió pies en polvorosa dejando una silueta con forma de hombre rata en la pared. Ni Speedy Gonzales en sus mejores tiempos corría tanto como aquel tipo.
Al día siguiente, se encontró con un sobre en su taquilla con 120 euros dentro y una nota “Esta es mi tarifa habitual, tú decides si gastártelo en pañales o en solucionar el problema”. Tal cual.

Por suerte, todo quedó en un susto y no estaba embarazada. Aunque dejó ese gimnasio de inmediato y el susodicho no ha vuelto a contactarla nunca ni para saber qué pasó con el proyecto de hijo al final.
Han pasado ya varios años de todo esto y ahora hasta nos hace gracia, pero… ¿seguirá pensando el por ahí que tiene un hijo? O peor aún, ¿a cuantas más les habrá hecho lo mismo para que hasta tenga una tarifa establecida?
Andrea M.