Quedé con una amiga tres meses después de que naciera su bebé. Se la veía muy bien, feliz, pero me estuvo contando lo mal que lo había pasado las primeras semanas. Por mucho que escuchó y leyó, nadie la preparó verdaderamente para aquello.
De repente, se vio agendando las duchas. No solo las duchas, también los momentos de usar el váter.
Se vio llorando en la calle, a las puertas de un edificio al que había ido a completar un trámite necesario al poco de parir, porque le dolían los puntos.
Se vio encadenando días y días con descansos consistentes en siestas de corta duración.
Se vio con dolores en el pecho, sin tiempo para contestar por WhatsApp a quiénes le preguntábamos cómo estaba, con niveles de estrés que no había experimentado nunca y con discusiones con su pareja que, hasta el momento, apenas había tenido.
De repente, experimentó lo que supone que toda tu existencia esté supeditada a las demandas imprevisibles de una criatura de 50 cm. Una que depende al 100% de ti, por la que harías cualquier cosa del mundo y que ni siquiera tiene la capacidad de saber cuáles son tus necesidades básicas de supervivencia.
Estuvimos hablando largo rato sobre lo que supone la maternidad y las maneras de ejercerla. Me dijo que entendía todas las posturas posibles: quien no quiere tener ninguno, quien quiere tener uno, dos o tres. Cuando le dije que yo no me veía con hijos ni ahora en el futuro, pero que no sabría si cambiaría de opinión más adelante, me dijo:
“Querida, si vas a tener un hijo, toma consciencia de que ser madre es convertirte en la esclava de otra persona. Al menos, durante los primeros meses”.

Es dedicar todo tu tiempo, energía y recursos emocionales y físicos a otra persona.
Es padecer una amnesia temporal que te lleva a olvidar que, hace poco, tú tenías objetivos profesionales y personales propios.
Es despedir a personas que, poco a poco, se van borrando de tu vida.
También me dijo algo que sé que genera debate: si lo tuvieras claro, tenlo cuanto antes mejor.
Me habló de familiares que son primerizos rozando la cuarentena, y que los niveles de energía se notan. Un bebé te exprime.
Sabe que es difícil conciliar, que hoy día las carreras profesionales despegan más tarde y que los tratamientos de fertilidad están muy avanzados como para funcionar en mujeres de cierta edad. Pero los años son los que son y el tiempo pasa sin engañar. Por mucho que nos indignemos cuando nos quieren atribuir fecha de caducidad, sin justificar que alguien tenga que comentar tus decisiones y libertades personales.
El cansancio extremo y el estrés no le impiden disfrutar de su niña, a la que adora. Un nuevo propósito ha dotado de otro sentido a su día a día. Está experimentando un crecimiento personal y emocional que no le había dado ningún otro proyecto vital antes.
Mi amiga ha sido madre por deseo de serlo y jamás romantizó la maternidad. Trató de anticipar lo difícil que iba a ser, pero una nunca es consciente de ello hasta que no le toca vivirlo.
Hasta el momento, creo que ha sido la persona que me ha dado la visión más completa y honesta de la maternidad. Un punto de vista real y sincero, sin miedo a mi falta de empatía o a que yo piense que se ha equivocado, que no es feliz, que no estaba preparada o que no adora a su hija como lo hace. Se lo agradezco.