Sobre recuerdos y uniformes 

Margarita nunca había sido de las que esperaban sorpresas en Navidad. Su vida, desde hacía ocho años, era tan plana y predecible como una lista de la compra: trabajar, volver a casa, discutir con su hija Clara sobre quién iba a sacar la basura y quejarse del frío en invierno y del calor en verano. 

Esa noche, sin embargo, algo rompió la rutina. 

Estaba en su salón, con Faraona (su gata gorda y mandona) ocupando todo el cojín del sillón y Clara en la cocina preparando una cena que probablemente terminaría en desastre. Revisaba su móvil sin interés, hasta que apareció una notificación que la hizo arquear las cejas. 

«¡Feliz Navidad, Marga! Espero que estés bien. Hace siglos que no hablamos, ¿te acuerdas de mí?» 

El remitente: Jorge. 

Se quedó mirando la pantalla como si el móvil le hubiera insultado. Jorge. 

Ese Jorge. 

El policía con sonrisa de anuncio y ojos que parecían caramelos de café. 

El Jorge que había sido su amigo hacía años, cuando ella aún creía en los cuentos de hadas y no en los abogados de divorcio. 

—¡Madre mía, qué cara! ¿Qué ha pasado ahora? —preguntó Clara, apareciendo con una espátula en la mano y el delantal que decía: “Chef en prácticas (y se nota)”.

—Es… Jorge. Me ha escrito. 

Clara abrió mucho los ojos, más de lo que Marga pensaba que era humanamente posible. 

—¿El poli guaperas? ¿Ese Jorge? ¡Por favor, dime que no le vas a dejar en visto! Marga se revolvió en el sofá. No estaba segura de qué hacer. 

—No sé… ¿Qué le digo? Hace años que no hablamos. Igual solo me ha escrito porque está aburrido. 

—Mamá, tu autoestima está en huelga, así que tú opinión no cuenta —resopló Clara, mientras señalaba el teléfono —Escríbele algo. Lo que sea. Aunque sea un “Hola, Jorge, ¿qué tal tus multas?”. 

Faraona soltó un maullido desde su trono de cojines, como apoyando la moción. Y resoplando negó con la cabeza, dos contra uno no era demasiado justo. 

Después de mucho pensarlo (y de que Clara le quitara literalmente el móvil de las manos para escribir un borrador que incluía emojis inapropiados), Marga se decidió por un mensaje prudente: 

«¡Hola, Jorge! Claro que me acuerdo de ti. Qué sorpresa verte por aquí. ¿Cómo estás?» 

La respuesta llegó en cinco minutos. Clara, que estaba vigilando desde el pasillo, casi da un salto de emoción. 

—¡Te ha contestado! Esto es como esas películas navideñas que siempre acaban bien, pero sin nieve y con menos glamour.

Después de aquello, Jorge y Marga comenzaron a hablar como si no hubieran pasado los años. La conversación era fluida, llena de bromas y anécdotas. Él le recordaba momentos divertidos del pasado, y ella, entre carcajadas, sentía cómo su vida gris se llenaba de color. 

—Me acuerdo perfectamente de esa fiesta de disfraces —escribió Jorge—. ¿Cómo olvidarme del día en que rompiste una silla y casi te llevas al DJ por delante? 

Marga, aunque avergonzada, no pudo evitar reírse. 

—¡No fue mi culpa! ¡La silla estaba rota! 

—Claro, claro, seguro que también era culpa de la silla que te subieras a la mesa a bailar. 

Clara, que espiaba descaradamente desde el otro lado del sofá, no pudo resistirse a intervenir. 

—Mamá, ese hombre está echándote fichas del tamaño de un camión. ¿Qué esperas? 

Marga, fingiendo indignación, le lanzó un cojín. Aunque las risas continuaron. 

Y tras un par de semanas de mensajes interminables, llegó «el mensaje». Aquel que era evidente que llegaría en cualquier momento y que habría sido lógico para todo el mundo en aquella situación, pero no para la mujer. 

«Voy a estar en Madrid la semana que viene. ¿Tomamos un café?» 

La mujer leyó el texto al menos diez veces antes de reaccionar. ¿Un café? ¿Con Jorge? ¿Después de tantos años? 

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Clara, que estaba ocupada comiendo patatas fritas en pijama. 

—Jorge quiere que quedemos.

Clara dejó las patatas a un lado y puso cara de «esto se pone interesante» mientras se limpiaba los dedos antes de permitir que Faraona se subiera a su regazo, una vez que ya no existió la molestia del ruido que hacía la bolsa. 

—¿Y? ¿Qué problema hay? Es un café, mamá, no una boda en Las Vegas. —Es que… no sé. Es más joven que yo, Clara. La gente puede… 

—¿La gente? —Clara rodó los ojos con exageración—. La gente no tiene tiempo ni para organizar su vida, ¿Crees que van a perderlo criticando la tuya? Además, si alguien se atreve a decir algo, lo mandamos a paseo juntas. ¡Venga, mamá! Mereces una tarde de desconexión. 

Tras días repletos de dudas llegó el de la cita, y Marga se pasó media hora frente al armario decidiendo qué ponerse. 

Quería algo casual, pero que no gritara “he pasado los últimos ocho años sin salir de casa”. 

—Mamá, por favor, quítate esa camisa que parece que vas a misa. Ponte la roja, la de los botones bonitos — intervino su hija desde la puerta — Y no, no es muy escotada, tampoco es muy ajustada, y por supuesto que es llamativa pero eso es bueno. 

Una hora después y tras revolver todo su armario, finalmente, llegó a la cafetería quince minutos antes, lo que le dio tiempo para repasar mentalmente todas las posibles frases de apertura. 

Cuando Jorge apareció, con esa sonrisa que hacía que las farolas parpadearan, todos esos ensayos desaparecieron como si jamás hubieran existido. 

—¡Estás igual! —dijo él, acercándose con los brazos abiertos. 

—Sí, igualita. Solo me faltan unos años y un par de neuronas menos — respondió ella, riendo. 

La cita fue perfecta. Hablaron de todo: de sus trabajos, de los cambios en sus vidas, de los recuerdos compartidos. Y Jorge, en un momento dado, dejó caer una bomba emocional: 

—Marga, siempre me gustaste. Pero sabía que no podía ser, estabas casada, y ahí no tenía nada que hacer. 

Ella se quedó muda. ¿Qué se suponía que tenía que responder a eso? Fingió no haber escuchado bien. 

—¿Qué? Perdona, creo que mi café está demasiado caliente y me he quemado las neuronas. 

Esa misma noche, de vuelta en casa, Marga le contó todo a Clara. Recreándose en los detalles cada vez que aquella se lo pedía. 

—Dice que siempre le gusté ¡Siempre! ¿Te imaginas? 

—Sí, mamá, me imagino. Porque no soy ciega y ese hombre siempre te ha mirado como si fueras el premio gordo de la lotería. Y mira que yo era muy pequeña cuándo le conocí. 

—Pero… es más joven. ¿Y si la gente piensa…? 

—¡La gente piensa que los influencers son interesantes! ¿Qué más te da? Además, no son veinte años. ¡Son cinco! — aclaró restándole importancia con un rápido gesto de la mano —Te recuerdo que tú ex marido te sacaba diez años y resultó ser de lo peorcito. 

Con pesar, la mujer suspiró ¿Hacía cuánto que su hija no pronunciaba la palabra padre? Nunca se refería a él como tal, siempre era «tu ex marido». Como si con cada decepción y lágrima por parte del hombre esta hubiera decidido retirarle aquel título que la biología le había otorgado para siempre. 

Y aunque quiso protestar la joven no se lo permitió. 

—Mami, eres maravillosa y deberías intentar recordarlo. Puede que salga bien, o puede que salga mal…pero se obtenga el resultado que sea, habrás renunciado al miedo, y eso no tiene precio. 

A pesar de sus dudas, llegó la segunda cita, en la que Jorge la llevó al Retiro. Y aunque no le hacía gracia la idea de montar en barca, pero él, con su entusiasmo, la convenció. 

—Si te caes al agua, yo salto detrás. Aunque aviso que nado peor que un ladrillo. 

Fue en mitad del lago, mientras él remaba y ella intentaba no mojarse, cuando Marga se dio cuenta de que llevaba años sin reírse tanto. 

Esa noche, al despedirse, Jorge la miró con una mezcla de ternura y picardía. —¿Y bien? ¿Qué decides? 

Ella, con el corazón latiendo a mil, respondió: 

—Decido que me gustas. Aunque todavía no sé si es buena idea. Jorge sonrió. 

—Yo tengo paciencia. 

¿La tuvo? Por supuesto, y un año después cuando Clara les observaba en la cocina de casa a los dos, riendo mientras intentaban preparar la comida sonrió cogiendo en brazos a Faraona, muy a su pesar pues la gata desde el momento en el que el policía había puesto un pie en casa parecía fascinada con él. 

— Vamos a darles intimidad, ya tendremos tiempo para contarles que nos mudamos.

 

Themis

**Relato de ficción**