¿POR QUÉ ME DURAN TANTO LAS RESACAS?

Tengo 46 años y, honestamente, esto de las resacas me tiene desconcertada. Hubo un tiempo en que podía ir de fiesta toda la noche, bailar como si no hubiera un mañana, tomarme unas copas y amanecer lista para desayunar croissants con una sonrisa. Siempre fui muy bailonga, de esas que no necesitaban mucho alcohol para divertirse, pero que si bebían, lo hacían con estilo y aguante.

Y ahora… ¿qué pasa? ¿Me he vuelto una señora? Mi cuerpo y mi mente están en contradicción total. Porque sí, puedo seguir bailando, pero una copa de más me deja como si hubiera corrido un maratón en tacones y sin entrenar. Mis malditas resacas de sueño se han instalado en mi vida como si fueran inquilinas permanentes, y ya no importa si solo bebo un poquito.

Mis viernes y sábados ya no terminan a las 3 de la mañana ni bailando hasta que salga el sol. No, mis noches de “fiesta” acaban como muy tarde a las 23:30, y si me acuesto más allá de la 1, eso ya es trasnochar oficialmente. Antes, podía aguantar tacones hasta altas horas, ahora solo quiero mis pantuflas y calcetines calentitos. Solo de pensar en tener que salir un viernes me agobia, porque sé que voy a estar hecha polvo todo el fin de semana.

Y luego está el cambio brutal en mis hábitos: me he pasado a las comidas copiosas y he aparcado las cenas. Porque lo que realmente quiero es estar en pijama viendo una serie, rodeada de mantas y mis mascotas peludas, con mi bebida caliente, sin tener que salir a buscar comida que luego me pese en el estómago. Mi pareja, por suerte, siente lo mismo que yo: con una sola mirada cómplice sabemos que nos vamos a casa a ponernos el pijama y ver nuestra serie favorita o una peli de terror —somos superfans absolutos. De vez en cuando él nos prepara un gintonic nocturno para disfrutarlo en el sofá, pero al día siguiente ya estoy lista para salir a montar con mi caballo al bosque. Adoro esas salidas sin resaca con mis amigas y sus caballos, mientras nos meamos de risa por el camino hablando de recoger setas o espárragos.

Odio levantarme tarde, porque siento que pierdo el día, y ahí me pregunto: ¿me ha convertido esto en una señora? ¿Es esta la señal definitiva de que la juventud y la fiesta quedaron atrás y mi cuerpo me ha declarado “responsable”? Ahora soy la madre que se despierta a las 5:30 para ir a recoger a los adolescentes apestosos de la discoteca y repartirlos por la ciudad cual repartidor de comida a domicilio… en pijama.

Y sí, he llegado a ese punto donde ligar en la discoteca ya no está hecho para mí. Me da una pereza enorme, porque el mercado está fatal y, sinceramente, no tengo paciencia para la competitividad absurda del baile, los filtros ni los mensajes tipo “hola guapa” que nunca llevan a nada. El movimiento “single” me tiene acojonada; lo viví cuando me separé hace diez años y os juro que no quiero volver jamás a esa secta de citas eternamente frustrantes. Prefiero mil veces mi sofá, mi serie y mi gintonic nocturno.

Y lo peor: mi mente todavía quiere bailar, reír y salir de noche, pero mi cuerpo me recuerda cruelmente que los 46 no perdonan, que las resacas son más largas, el sueño más pesado y la energía más limitada. Así que aquí estoy, tratando de equilibrar la fiesta interior con el pijama real, y todavía preguntándome si alguien más siente que ha pasado de ser fiestera imbatible a esta versión más reflexiva… pero no menos divertida.

Porque, aceptémoslo, ser adulta tiene sus ventajas: puedo elegir mis resacas, mis horarios, disfrutar del sofá, mantas y mis animales, pero también significa que el precio de un par de copas ahora incluye dolor de cabeza y sueño atrasado. Y sí, llegar a trasnochar más allá de las 2 de la mañana ya no es una aventura, es un lujo reservado para ocasiones contadas. Mi cuerpo me recuerda que ya no puedo seguir el ritmo de hace veinte años, y aun así, mi espíritu sigue queriendo música, risas y un poquito de caos.

Así que aquí estoy, haciendo malabares entre ser joven de corazón y madura de huesos, con resacas largas, pijama, mascotas peludas, y todavía preguntándome si esta versión consciente, cansada y sensata me ha convertido en una señora… o simplemente en alguien que aprendió a disfrutar la vida a su manera.

 

Parvaty