¿Hay algo peor que trabajar en turno partido con dos o tres horas muertas en medio de tu jornada? Sí: hacerlo y que además llegue un listo a robarte la comida.
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Trabajé en una empresa en la que el dueño pensaba que para qué iba a tener dos turnos de recepción de llamadas si durante el mediodía estas bajaban mucho. Podía tener a una sola persona empringada todo el día, de nueve a ocho de la tarde, a base de hacerte parar a las dos o las tres y reconectarte a las cinco. El que estuviéramos agotados, aburridos y hasta las pelotas, al parecer no era tan importante como la posibilidad de ahorrarse contratar a otro puñado de personas para hacer turno de tarde. Naturalmente, ni nos daba beneficio alguno por tenernos allí todo el día ni mucho menos nos daba cheques restaurante, y la “cocina” tenía una nevera, dos microondas y apáñate como puedas. Ni siquiera había sitio para todos, así que la mayoría calentábamos la tartera y después teníamos que salir a la calle a comer, algo pasable en primavera-otoño, pero en invierno o en pleno verano, no era lo más agradable del mundo.
Esto por sí solo ya era bastante malo, pero el remate lo puso alguien que, no contento al parecer con el nivel de miseria que teníamos que aguantar, decidió que además jugásemos a la ruleta rusa del ayuno: empezó a haber robos de comida. Primero cositas pequeñas, un yogur, un batido, la chocolatina que alguien se traía para por la tarde, y después, tarteras vacías. Así. Claro, todos, al llegar, colocábamos nuestra tartera en la nevera y la recogíamos para calentarla a la hora de comer. Y un día alguien la encontró vacía. En su sitio, cerradita y envuelta en la bolsa, pero vacía como mis bolsillos a fin de mes. Obviamente no le hizo demasiada gracia, porque allí ni máquinas de vending había y como era un polígono en mitad de la NADA olvidado de Dios, no le quedó más que coger el coche y buscar aunque fuera una tasca que le dieran un mal plato combinado, rascándose el bolsillo.
Y esto pasa una vez y piensas “joer, hay que ser cutre para robar comida, si se te olvida la tartera o si no tienes nada, concho, DILO y uno que te da un trozo de filete, otro un poco de tortilla, otro una manzana, para un día te apañas”. Pero cuando se empieza a convertir en costumbre y todos los días desaparece el contenido de una tartera, pues ya te mosqueas. Pedimos que pusieran cámaras en la cocina para descubrir al culpable y la empresa se negó, eran muy caras y además “generaría mal rollo entre los compañeros” (¿¿¿Más???). Había gente que quería trabajar en las mesas más cercanas a la cocina y en cuanto entraba alguien a rellenar el agua, iban corriendo a ver. Se dijo que todo el mundo tenía que ir a la cocina acompañado, nadie podía ir solo. Y había días que nadie tenía la tartera vacía, pero en cuantito la cosa se relajaba, zas, volvía el ladrón. La gente empezó a traerse bocadillos y a dejarlos en bolsas que no perdían de vista, junto con fruta o cosas que no precisaban frigorífico, si bien aquella solución no era la más adecuada porque tampoco es sano no comer más que bocadillos y en el momento que llevaban algo estilo mahonesa o un yogur, podía echarse a perder porque allí SIEMPRE hacía calor, que esa era otra.
Finalmente, harta del asunto y tras perder dos días de ensaladilla rusa y uno de lentejas, decidí hacer de Harry el Sucio, tomarme la justicia por mi mano y que saliera el sol por donde fuera. Me compré una fiambrera bento rosa, de estas de dos pisos, bien reconocible, y llené la comida de laxante. Después me hice mi bocadillo y me lo guardé en el bolso. Fui de las últimas en dejar la tartera en el frigo, precisamente para que quedase bien a la vista en cuanto cualquiera abriese la puerta, y a la hora de comer, me zampé mi bocadillo. El primer día no pasó nada, tampoco el segundo… pero al tercero, mi tartera apareció vacía. Sonreí. Cuando los compañeros con quienes comía me preguntaron por qué, dije “no, hoy no me apetecía gran cosa la ensalada de pasta, así al menos alguien la ha aprovechado”.
Al día siguiente nos enteramos de que uno de Turnos y Nóminas -los muy cabritos tenían jornada intensiva porque, claro, ¿qué falta hacía que ellos se quedaran hasta las ocho? A las cuatro salían, y los viernes, a las dos. El muy… podía perfectamente comer en casa y en su lugar prefería robar a los teleoperatas- se había puesto muy malo, con una diarrea tremenda y tardó tres días en volver. El “¡ay, pobre… algo que se estropeó con este calor, seguro!”, me salió con toda naturalidad.
Cuando el citado volvió, seguí usando el laxante una semana más, por precaución, pero parece ser que aprendió bien la lección: la fiambrera rosa era peligrosa. Nunca más volvió a tocarla. Desgraciadamente, los robos no cesaron por ello, sólo respetó mi fiambrera. Hasta que la siguiente vez que uno de los compañeros con los que yo comía encontró la tartera vacía, solté “esto se acabará cuando a alguien se le inflen las narices y decida, no sé, apretar la comida de picante estilo bestia, o ponerle un kilo de sal o cosa así. Y entonces tendremos que sentir y el que lo haya hecho todavía será el malo, claro”. A partir de ahí, todo el mundo empezó a hacerlo y a PRESUMIRLO: “el que intente clavarse mi tartera, que Dios le pille confesado… si alguien es hipertenso, mi tupper que ni lo mire hoy…”. Sólo a partir de ahí cesaron los robos definitivamente.
No voy a decir que me sienta orgullosa, y soy consciente de que el ladrón pudo, en el peor de los casos, haber palmado de deshidratación con la cagalera que le provoqué. Pero tampoco voy a decir que me arrepiento porque no es cierto. No se le roba la comida a un compañero. Bastante fastidiados estábamos todos como para que llegase uno de listo y nos dejase sin comer.
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