Supe que era lesbiana mucho antes de saber que quería ser madre.

De hecho, mi chica y yo tardamos años en intentarlo.

La cuestión es que no se trataba de no saber si queríamos tener hijos, pues las dos sentíamos que sí.

Nuestro problema era que nos daba miedo. Temíamos que, a la larga, el tipo de familia en el que nacería nuestro hijo o hija pudiera causarle daño.

Ya sabéis, homofobia y tal.

No estábamos seguras de querer exponerle a una sociedad que a duras penas respeta que hayamos contraído matrimonio. A las miraditas cuando vamos de la mano o nos besamos en la calle. A los insultos.

Mi mujer y yo hemos sufrido ataques de odio de diversa índole — y, afortunadamente, poca gravedad— desde el mismo momento en que salimos del armario. Desde antes incluso.

A estas alturas tenemos ya el culo pelado y, la mayoría de las veces, no nos afecta lo más mínimo.

Pero una cosa es tomar nuestras propias decisiones sobre temas que solo nos atañen a nosotras, y otra bien distinta, obligar a una criatura a vivir bajo las consecuencias de nuestros actos.

En un mundo perfecto, lo que acabo de decir no tendría ningún sentido.

Lamentablemente, el mundo dista mucho de ser perfecto.

No obstante, el deseo terminó por volverse más fuerte que el miedo y, después de más intentos de los que creíamos que iban a ser necesarios, mi mujer dio a luz a nuestra pequeñaja.

¡Qué felicidad poder tener por fin el bebé que tanto deseábamos! El que se gestó en su vientre con uno de mis óvulos. Tan bonita ella, tan buena.

Tan todo que, por un tiempo, nos olvidamos por completo de los miedos que casi nos habían hecho renunciar a la maternidad.

No fue mucho, la verdad.

Pronto empezamos a vivir situaciones que nos recordaban constantemente que nuestra familia es diferente. Aunque, por otro lado, fuimos conscientes también de que los nuevos modelos familiares están cada vez más aceptados y en proceso de normalización en esta sociedad en permanente evolución.

Si bien es cierto que por cada pocos pasos hacia delante, damos dos para atrás, no es menos cierto que hay determinadas cosas que fueron mucho más fáciles de lo que pensábamos al principio.

Y en cuanto a mi niña, obvio que aún es pequeña y puede cambiar de parecer, sin embargo, da la sensación de estar encantada con lo que ha tocado.

Ahora mismo el mayor orgullo de mi vida es escuchar a mi hija contarle feliz a la gente que ella tiene dos mamis.

hija dos mamás

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Bueno, mi mujer es ‘mami’ y yo soy ‘mamá’. Fue ella solita la que empezó a diferenciar los nombres con los que se dirigía a nosotras al poquito de empezar a medio hablar. Teníamos planeada una opción similar, pero no la habíamos querido liar hasta que fuese mayor o hablase mejor. Hay que ver cómo infravaloramos a los niños.

Esa no fue la primera ni la última vez que la niña nos dio una lección.

En realidad, no dejamos de aprender de ella. Incluso en cuanto a nuestros propios prejuicios e ideas preconcebidas en torno a cómo nos ven desde fuera.

Nuestra hija no tiene ningún problema en decir que tiene dos mamás.

Sabe que existen muchos tipos de familia. Que hay niños que tienen un padre y una madre, dos madres, dos padres, una familia de acogida, una madre y una abuela… Y que todos son válidos y buenos.

El primer año de colegio nos sorprendió un día con un abrazo más sentido y largo de lo habitual al llegar a casa. Quería decirnos que tenía mucha suerte de tener dos mamás, no como una de sus compañeras, que tenía solo un papi porque su mamá se había ido al cielo cuando era bebé.

Con apenas tres añitos entendió algo que algunos adultos no logran entender jamás.

En las ocasiones en que alguien le pregunta por su padre, o simplemente por ‘sus padres’, ella explica, toda llena de razón, que no tiene, que lo que ella tiene son dos madres.

Una vez añadió que había que tener cuidado con ese tipo de preguntas, porque, aún sin quererlo, podían hacer daño a los niños que no tienen papá o mamá.

Juro que eso no lo ha oído en casa y creemos que lo habrá escuchado en el colegio, pero es algo que le toca la fibra.

No por su caso particular, sino por su amiga la que perdió a su madre.

En resumen, pese a los muchos miedos y a todo el tiempo que tardamos en lanzarnos, no podemos sentirnos más felices de haber dado este enorme paso. Por eso nos hemos animado de nuevo y soy yo la que está a puntito de dar a luz.

Sabemos que a medida que los niños crezcan (ojalá nunca perdiésemos esa pureza), las posibilidades de que sufran alguna forma de rechazo o violencia crecerán también. Lo que pasa es que nuestra hija nos ha demostrado, entre otras cosas, que el amor y el orgullo que sentimos por nuestra pequeña familia es infinitamente mayor que el impacto de los ataques que podamos sufrir. Además de que, muy probablemente, ella sepa encajarlos y desecharlos mucho mejor que nosotras.

 

Anónimo

 

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