Lo juro por el Santo Prepucio: no era mi intención evangelizar a mis suegros con un Satisfyer. De verdad. Pero una está cansada, lleva tres niños encima, mil noches sin dormir y un marido que se queda frito antes de que acabe la cabecera de Netflix. Así que decidí hacer algo por mí. Por nosotros. Un caprichito. Nada loco. Un kit discreto para reavivar la llama: un lubricante con sabor a melocotón, unas velas de masaje y, sí, el famoso succionador de clítoris. Todo muy sensato, muy amazonizado. Un martes cualquiera, un clic rápido y la ilusión de que quizá esta vez la libido no me diera plantón, como lleva haciendo desde el tercer parto.
El problema llegó dos días después, cuando no encontraba el paquete. Miré el seguimiento… y casi me da un ictus leve: “ENTREGADO en casa de MENGANITA”.
MENGANITA es mi suegra.

Y su casa, un altar viviente a la decencia, el orden y la Virgen del Carmen. Allí todo huele a colonia Nenuco, se bendicen los platos antes de comer y hay más imágenes religiosas que en una tienda de recuerdos de Fátima. Las paredes están llenas de fotos de comunión y confirmación, y hay crucifijos estratégicamente colocados para bendecirte desde cualquier ángulo. Vamos, el último sitio donde querrías que aterrizara un kit sexual con su lubricante frutal y su tecnología de succión alemana.
Un clic inocente
En cuanto vi la dirección, lo entendí todo. Días antes, había enviado allí el regalo de cumpleaños del niño —un juego de dinosaurios con piezas minúsculas que aún me estoy encontrando por casa— y dejé puesta la dirección por defecto. Y claro, cuando llegó el nuevo pedido, Amazon no dudó: directo al convento de la decencia con nombre y apellidos.
Para colmo, mis suegros son de esos que abren todo “por si acaso es urgente”. Ella no se pierde misa ni en streaming, y él tiene una colección de rosarios colgada en la pared como si fueran espadas medievales. Ambos jubilados, con tiempo libre, muchas creencias… y, presuntamente, poca vida íntima desde principios de los 80.

Pullas, rosarios y silencios sospechosos
Lo más perturbador es que nunca se mencionó el tema. No me llamaron. No me escribieron. Y lo más desconcertante: no devolvieron el paquete. La caja desapareció como si hubiera sido absorbida por el Espíritu Santo. Yo no sabía si aparecer por allí con la excusa de recoger algo, fingir demencia o empezar a rezar el rosario para infiltrarme emocionalmente y recuperar el lote.
Desde entonces, en cada comida familiar, algo flota en el ambiente. Sutilezas. Frases con doble fondo. Mi suegra, mientras sirve las papas arrugadas con devoción mariana, deja caer cosas como: “La tecnología está bien… si se usa con decoro” o “En esta casa creemos en el amor con paciencia… no con pilas”. Y ahí estoy yo, agarrando la servilleta como quien se aferra a su dignidad, sin saber si están lanzando indirectas o si he desarrollado un complejo de culpa católica por transferencia.
Y la caja… nunca más se supo
Y claro, lo peor de todo no es la duda de si lo abrieron o no. Lo peor es que sí parece que lo saben. Que lo saben todo. Pero no lo dicen. Como si hubieran hecho un pacto silencioso con San Judas Tadeo para perdonar mis pecados sin mencionarlos, pero no sin juzgarme un poquito en cada mirada.

Desde aquel día, cuando voy a su casa, ya no siento la misma paz. Me ofrecen café con sacarina, pero sus ojos preguntan cosas que no se atreven a verbalizar. Yo me muero por preguntar: “Oye, ¿recibisteis algo raro de Amazon?” Pero no me atrevo. Porque si lo abrieron y lo entendieron… ¿y si lo probaron?
La caja no apareció jamás. Nunca fue devuelta. Y yo me quedé sin mi noche de pasión, sin mi lubricante melocotonero, sin mis velas de masaje. Y ellos, quién sabe, igual con una segunda juventud… o con un motivo nuevo para incluirme en su lista de intenciones del rosario.
(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.