Mi hijo tiene dos años y está en la guardería. Todo iba normal hasta que apareció “la mascota de clase”. Un peluche que rota cada semana a casa de un niño, acompañado de un diario donde hay que poner fotos, dibujos, y explicar todo lo que ha hecho. Sí, todo eso con dos años. Yo ya veía venir el estrés.
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Cuando el niño se durmió, nos pusimos a cotillear qué habían hecho los otros con el peluche. Primer crío: fotos normales, parque, abuelos, juguetes… todo correcto, lo esperable. Segundo crío: fotos en el parque, subido a un caballo. Yo me quedé mirando la pantalla: “¿Desde cuándo con dos años se monta a caballo?”.
Tercer crío: playa, arena perfecta, el peluche con su nombre escrito al lado en un corazón. Claro, porque los niños de dos años escriben y dibujan así de bien. Cuarta cría: “tocando” piano y batería, parecía Hannah Montana. Quinto crío: haciendo recetas veganas, peluche incluido, y con QR para ver el video. Yo miré a mi marido y susurré: “¿Quién haría el QR el peluche o el crío?”. Y la joya de la corona llegó a manos de la última cría, que en la foto del fin de semana estaba en la Warner en Madrid. Ya no era cuestión de “superar” al anterior, era sentido común.
Y entonces llegó nuestro turno. Justo en la semana que llovía sin parar. Cada minuto un aguacero, charcos gigantes, frío, viento… perfecto. Si hubiese sido en semanas anteriores al menos coincidiría con el cumple de algún abuelo o con la visita al zoo. Intenté mentalizarme: “No es una competición, tiene dos años, no va a hacer un QR, ni ir a la playa, ni a un parque de atracciones, respira”.
Lo que hicimos fue pura supervivencia doméstica: fotos en el sofá con nuestro perro y el peluche (el perro más confundido que nosotros), haciendo un puzzle para bebés que ya teníamos en casa, compartiendo gusanitos, comprando en el supermercado, tocando maracas y pandereta mini (los instrumentos normales en casa de un bebé)… vamos, un día a día normal de un crío de dos años en una semana de diluvio universal.
Intenté ser creativa. Puse al peluche en la ventana mirando la lluvia, le puse un paraguas diminuto, lo metí en la cesta de la compra… mi hijo me miraba como diciendo: “Mamá, ¿por qué está ahí y no jugando?”. Si es que toda la razón, el peluche no necesitaba glamour, y mi hijo tampoco.
Mientras tanto pensaba en la siguiente niña, la que le tocaría la semana siguiente y que le tocaría una semana de sol para poder hacer fotos, como mínimo, en el parque del barrio. Yo en cambio tenía un peluche con gusanitos aplastados, maracas en el suelo…pero con mi hijo riendo como si todo fuese perfecto.
El día de entregar el diario llegué con orgullo a medias. Abrí el cuaderno y todas las fotos eran iguales, en casa, con lluvia afuera. La profesora sonrió, yo asentí con la cabeza, pensando: “Sí, somos esa familia, la que ha hecho los deberes con sensación de castigo”.
Mientras mi hijo jugaba con el peluche comprendí que los deberes a los dos años es únicamente un instrumento de tortura para los padres. Hasta lo comenté con alguna amiga educadora y flipaba en colores con “los deberes”. Me confirmó lo que suponía, era un castigo.
Pero bueno, misión cumplida: sobrevivir a la semana de lluvia, no alzar la voz, no matar a nadie, y entregar un diario decente. Todo un logro épico a los dos años.