Siempre he sido súper fan de la que yo, personalmente, considero una de las mejores series del mundo: Sexo en Nueva York. Hace poco me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin verla y decidí que era un buen momento para volver a rememorar las idas y venidas de las cuatro mujeres más molonas de Manhattan.

Y ahí estaba yo, muerta de risa cuando llegó el capítulo en el que Carrie tiene la desgracia de toparse con el peor amante de su vida. Todas las fans de la serie recordaréis aquel amigo de Harry que se lo monta con la protagonista de una forma que ella misma califica como “hacer el amor como dos críos de quince años: él no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y yo no dije nada”. No pude evitar troncharme viendo a aquel tipo moverse como un conejo apareándose, a toda velocidad, mientras la pobre Carrie por poco muere en una de las embestidas contra el cabecero.

Sin embargo, en aquel instante me vino un recuerdo a la mente y se me congeló la sonrisa. Yo eso lo he vivido en mis carnes.

Fue como si una vocecita me dijera: “¿y tú de qué te ríes?”. Y es que, hace no mucho tiempo, tuve en mi cama a un auténtico desastre como aquel. Y no, la verdad es que en ese momento no me hizo tanta gracia. Lo peor de este tipo de hombres es que pueden aparentar ser unos empotradores de cuidado, pero en realidad, detrás de su aspecto súper sexy, se esconde un amante torpe y excesivamente entusiasta en sus movimientos. Cuando conocí a Dani nada hacía presagiar que aquel tío tan sumamente guapo fuera a convertirse en el peor polvo que he echado en toda mi vida.

Era guapo, sexy, besaba estupendamente… ¿qué podía fallar? Llevábamos un tiempo hablando y ya nos habíamos liado alguna vez, pero por circunstancias de la vida nunca habíamos podido rematar la jugada. Aquella noche, me invitó a cenar a su casa y una, que no es tonta, enseguida sumó dos más dos y tradujo su amabilidad al lenguaje folletil: casa + cena = mambo del bueno.

Y yo, más que encantada, me presenté allí con muchas ganas de que me diera, por fin, lo mío y lo de mi prima. Como era de esperar, después de la cena, siguieron los postres que trasladamos sin perder un minuto a su cama. Besitos en el cuello, caricias, preliminares varios… Todo empezó bien… pero no del todo. Era un poco brusco, como si tuviera prisa.

Aun así no quise rayarme demasiado y seguí a lo mío, pensando que igual solo eran sus ganas por hacerme el amor, que quería entrar a matar cuanto antes. Es cierto que cada una tiene sus preferencias, que a algunas nos gustará más rápido y a otras más lento, y que por supuesto ningún hombre es capaz de leernos el pensamiento, pero el ritmo de Dani era otra historia.

No es que fuera rápido, es que parecía que quería hacer fuego con su ciruelo y mi cococha, como si en lugar de hacer el amor estuviese masturbándose conmigo. Era como follarse un híbrido de Flash y el conejo de Duracell. ¡Pam, pam, pam, pam, pam!

Los ojos se me salieron de las órbitas y mi cara era un poema, pero él debió interpretar aquel gesto como una especie de gustito mudo, de “oh, dios mío, qué placer”, porque cuando creía que ya no podía moverse más rápido, incrementó la velocidad. Llegué a pensar que competía por alguna especie de récord Guinness. “Pasen y vean, el hombre que más veces la clava por segundo”.

Lo peor de todo es que no dije ni mú. Me quedé flipando, mientras parecía que la cama se iba a romper y, ya puestos, temiendo que la picha de este tío llevase el mismo camino.

Para terminar de coronarse, la cosa duró unos cinco minutos. Aunque lo cierto es que casi lo agradecí, porque me sentía como una especie de vagina en lata. Al igual que su sentido del ritmo, mi orgasmo se perdió por el camino y Dani y él nunca llegaron a conocerse.

Aunque él, lejos de estar preocupado, se mostraba encantado de haberse conocido. Y al igual que hizo Carrie en el dichoso capítulo, no pude evitar preguntarme: “oh, dios mío, ¿es posible que él crea que es bueno?”

Me vestí, me llevé conmigo mi cara de idiota junto a una de las mayores decepciones sexuales de mi vida y me fui a casa. No volví a ver a Dani, aunque él me escribió un par de veces para quedar. Mi whopper y mi dignidad no habrían soportado otro asalto como ese.