Si hubiese una escala para determinar el nivel de amistad entre dos personas, Eduardo y  mi chico estarían, sin duda, en la máxima cota. Eran de esa clase de amigos que van  juntos a todas partes, de los que nadie es capaz de imaginar por separado. Ambos se  conocían prácticamente desde que nacieron, se criaron en el mismo pueblecito, fueron  siempre a la misma clase, trabajaron codo con codo algunos años y, en definitiva, pasaron gran parte de su vida siendo uña y carne.  

Por eso cuando mi chico decidió dejar el pueblo y venir a vivir conmigo a la ciudad, yo  estaba súper feliz de empezar una nueva etapa, pero en el fondo sé que a él le daba  miedo que aquella relación se rompiera por culpa de la distancia. Sin embargo, teníamos  la suerte de poder viajar hasta allí cada par de fin de semanas y ponernos al día junto a  Eduardo y su novia Marta, que nos invitaban a su nueva casa a cenar muy a menudo.  Todo parecía ir sobre ruedas y los cuatro lo pasábamos genial recordado viejos tiempos  como si en realidad nada hubiera cambiado. 

Un día mi cuñada, que aún vive en el pueblo, nos llamó muy alterada y nos contó que a  nuestro sobrino de siete años le había mordido un perro en la espalda y en las nalgas  mientras jugaba en la calle. Nos quedamos de piedra cuando nos dijo que el perro en  cuestión era el de Eduardo y Marta. Por suerte, el ataque no resultó ser grave, pero aún  así tenían un susto tremendo en el cuerpo. Pese a todo, mis cuñados no llamaron a la  Guardia Civil ni cursaron ningún tipo de denuncia contra nuestros amigos para evitar  problemas con ellos, ya que eran como de la familia y les tenían mucho aprecio. Sin  embargo, la Guardia Civil se presentó poco después del ataque, supongo que alertados  por algún vecino. 

Después de preguntar qué había pasado y por qué motivo el perro iba suelto por la calle,  los agentes le pidieron la documentación del animal a Eduardo. Para sorpresa de todos,  se pudo comprobar que el animal, pese a tener unos tres o cuatro años, no tenía chip ni  tampoco había sido vacunado nunca. Por protocolo, Eduardo fue multado y mis cuñados  se vieron obligados a llevar enseguida a mi sobrino al hospital para que le curasen las  heridas y además, ponerle las vacunas de refuerzo pertinentes. La Guardia Civil insistía  en que debían denunciar los hechos, pero ellos no quisieron por la amistad tan fuerte que  unía a mi chico con Eduardo y Marta, así que una vez pasado el susto y viendo que mi  sobrino estaba bien, lo dejaron estar. 

Después de aquello, pensamos que alguno de los dos se pondría en contacto con mis  cuñados o con nosotros en los días siguientes para interesarse por el estado de salud del  niño. Lejos de preocuparse o sentirse mal por lo sucedido, cuando se cruzaban con mi  cuñada por la calle, volvían la cara y ni una sola vez fueron a visitarles a casa. Mi chico  estaba muy dolido con su mejor amigo y durante mucho tiempo estuvieron sin hablar. La  madre de Marta sí fue a ver a mi sobrino y a disculparse por el comportamiento de su  yerno y de su hija, quienes decían estar muy dolidos porque la multa por las vacunas,  llevar al perro suelto, el chip y demás, les había costado un ojo de la cara. Resulta que  ellos creían que habían sido mis cuñados los que habían avisado a la Guardia Civil. 

En definitiva, era como si Eduardo y Marta nos estuviesen haciendo pagar algo muy feo  que supuestamente habíamos hecho. Mi chico se tragó su orgullo y encima intentó hablar  con ellos, sin respuesta. Todo terminó por romperse cuando meses después nos  enteramos de que iban a ser papás. Nosotros nos alegramos sinceramente y les dimos la  enhorabuena, tratando de dejar el pasado atrás. Pero Eduardo y Marta no estaban por la  labor de olvidar nada y nos dejaron de hablar alegando que en los nueve meses  posteriores no nos habíamos interesado por ellos ni por la salud de la futura mamá, cosa  que además no era verdad. No entendíamos nada. 

Mi chico explotó y les recriminó su conducta, ya que ellos habían tenido innumerables  feos con nosotros y nunca se lo habíamos echado en cara. Nunca me habían llegado a dar el pésame después del fallecimiento de un familiar muy joven que durante años  padeció una dura enfermedad, por no hablar del ataque del perro hacia mi sobrino y de  otras cuantas historias más. Lejos de discutir, siempre habíamos intentado hacer las  paces y olvidarlo todo, pero cuando la supuesta falta de interés les tocaba a a ellos de  cerca, la injusticia y la afrenta eran inmensas e imperdonables. 

Es curioso cómo un simple malentendido es capaz de romper hasta las relaciones más  sólidas, esas amistades de toda la vida que parecían destinadas a durar para siempre. Lo  que no lograron los kilómetros y los gajes de la vida adulta, lo consiguió un perro, un  malentendido y mucho orgullo absurdo. 

Mar Martín.