Empecé mi vida sexual con 15 años. Con esa pareja ya llevaba dos años y estuvimos juntos seis más. Aquellos años fueron intensos, llenos de descubrimientos, risas, peleas, reconciliaciones y también muchas inseguridades, me di cuenta tarde de que era un completo imbécil. Cuando nuestra relación terminó, me sentí liberada. Me lancé a la vida loca: fiestas interminables, alcohol, música a todo volumen, bailes hasta que dolieran los pies (y no era de salir con tacones) y rollos de una noche. Durante ese tiempo no volví a tener pareja seria ni lo buscaba. Era libre, explorando quién era, qué quería y cómo quería vivir mi vida. 

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Con 26 años, en una noche de fiesta y con una gran dosis de alcohol encima, conocí a Pablo. Era muy guapo y lo mejor de todo es que sabía usar “el gran dote” que tenía. Unas semanas después coincidimos de nuevo, también de fiesta (aunque con menos alcohol encima) y decidimos repetir. El sexo fue intenso, eléctrico y pff, quedamos enganchados. Intercambiamos números y seguimos quedando. Al principio solo era sexo, pero poco a poco nuestra relación empezó a afianzarse. 

En menos de un año ya éramos una pareja formal. Cuatro años después fuimos padres, y la llegada de nuestra hija cambió todo, nuestra vida sexual quedó en segundo plano durante los primeros meses, como suele pasar. Cuando por fin quisimos retomar nuestra fogosidad tras la cuarentena, nos dimos cuenta de que algo no funcionaba. No fluia. No me lubricaba, no disfrutaba, me sentía como una ameba en la cama. Él ponía todo su empeño y yo creedme que también, pero nada. Al verme así, él tampoco podía correrse, y eso nos frustraba muchísimo. 

Con el tiempo, hice amistad con un grupito de madres. Éramos tres, incluyéndome a mí, y poco a poco nuestra confianza creció muchísimo. Un día salió el tema del triqui ñiqui y les conté lo que me pasaba. La madre que es monoparental nos contó que durante el embarazo su recurso para desahogarse era con un Satisfyer y me lo recomendó sin pensarlo. Me mostré reacia, no puedo negarlo, jamás había usado un juguete cochinote. En la siguiente quedada me regaló uno. Yo lo llevé a casa un poco nerviosa, imaginándome la cara de Pablo… pero nada que ver, así como lo vio se apresuró a dormir a la niña para probarlo cuanto antes. 

Y chicas… MAGIA. Por fin podía sentir y disfrutar con el sexo. Hasta casi había olvidado esa sensación y joder, como lo necesitaba. Al principio me daba un poco de miedo no saber dejar de usarlo. La única forma de llegar al clímax era teniendo sexo y usándolo a la vez. Por separado no conseguía llegar ni al orgasmo más light, pero así funciona y no quiero renunciar a ello, al menos no a corto plazo. Salvó por completo nuestra vida sexual. A día de hoy tenemos más juguetitos (los dos) para usarlos en pareja y probar nuevas sensaciones ;)