Tengo treinta años y hace seis meses volví al pueblo del que me fui con veinte. No volví derrotada ni pidiendo que me acogieran. Volví porque quería, porque estaba cansada del ritmo de la ciudad, del alquiler imposible y del ruido constante. Pensé que volver sería cerrar un círculo y reconciliarme con heridas del pasado. Pero no fue buena idea.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí
El pueblo tiene tres mil habitantes y una panadería que sigue oliendo igual que cuando era niña. Cuando dije que volvía, todo el mundo reaccionó bien al principio. No entendí la realidad detrás de ese tono hasta que ya me había mudado. Me fui a los veinte porque aquí no había nada para mí. Mi abuela me dijo que luego no volviera llorando; mi padre no dijo nada y mi madre me ayudó a hacer la maleta, pero sin apoyarme.
Diez años después, volví con un currículum decente y trabajo remoto. Pensé que eso cambiaría algo, que ya no me verían como «la que se fue creyéndose mejor». Me equivoqué. El primer choque fue en el bar. Escuché claramente a alguien decir: «Mira, la que se largó. Ahora vuelve porque allí no ha sido nadie». Nadie me defendió.
Intenté integrarme, pero las conversaciones siempre tenían una puyita. La frase que más me han repetido es que yo no puedo entender algunas cosas porque allí no son como yo. Siempre va acompañada de un aura de desprecio. Busqué trabajo presencial para no estar siempre en casa. En una tienda me dijeron directamente que no querían contratarme porque los que son como yo luego nos íbamos y les dejábamos tirados.
Eso es lo que no me perdonan: que me fuera, que no aguantara. Aquí, resistir y malvivir es una medalla; irse buscando algo mejor es una traición. Incluso en mi familia no se cortan. Mi tío me llama “la moderna” cada vez que opino. He aprendido a callarme para no tensar las comidas.
Un día me crucé con una profesora del instituto. Me dijo que yo era lista y que hice bien en irme, pero que aquí esto no se perdona. Ahí lo asimilé: volver al pueblo no es volver a casa, es enfrentarte a la versión de ti que dejaste atrás y que los demás congelaron.
No me arrepiento de haberme ido ni de volver. Sí me arrepiento de pensar que las personas no me tratarían como la que ha roto un pacto no escrito. Todas las cosas idealizadas que oímos de los pueblos suelen olvidar la parte oscura: si ellos consideran que no formas parte de allí, van a hacer todo lo posible para que te sientas fuera de lugar.
SOFÍA ESTRELLA