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Era bastante mojigata. Odio esa palabra con todas mis fuerzas, pero si me pongo a mirar su significado no lo puedo negar, lo era y no pasaba nada.

Siempre me produjo vergüenza todo lo que tenía que ver con el sexo y sus diferentes facetas. Desnudarme frente al que ahora es mi marido me costó horrores, gemir echando un polvo me desmontaba del susto y ya lo que es hablar de sexo… Next.

Por este último motivo cuando mis colegas me llevaron engañada a una reunión de Tupper-Sex quería que se me llevasen los demonios. ¿Qué iba a pintar yo allí rodeada de penes de látex y falos vibradores? Ellas se reían lo más grande de mis semblante durante la charla, pero de veras que a mí aquello me incomodaba una barbaridad.

Terminada ya la cita entre todas se propusieron culminar mi día regalándome uno de los juguetitos más top que había sobre la mesa. Repetí mil veces que tirarían el dinero, que yo jamás acercaría nada de eso a mi chochín, pero ellas pasaron de mis advertencias. Así que salí de aquel establecimiento con un precioso succionador de clítoris Satisfyer Pro en forma de pingüino.

Negué y renegué de aquel aparatejo durante algunas semanas. Lo escondí en un cajón e intenté olvidarme de todas las maravillosas palabras que nos habían contado sobre él. ‘Produce orgasmos súper intensos en apenas segundos‘, ‘tiene hasta 11 velocidades‘, ‘lo puedes utilizar en la ducha o en la bañera‘. Cada mañana cuando abría el cajón de la cómoda y lo veía ahí tan solito recordaba cada una de esas frases, ¿y sí…?

No sé cómo ni por qué, pero una tarde en la que me encontraba sola en casa me picó la curiosidad. Después de leer un par de opiniones en internet me decidí a darme un baño acompañada por ‘Pingüi’. Cerré puertas con pestillo, desconecté el teléfono, me aseguré de que nadie pudiera enterarse de lo que iba a hacer… Y me sumergí en el que fue el mejor baño de mi vida.

‘Pingüi’ no es en sí un succionador de clítoris, sino que emite una vibraciones de diferentes intensidades en una de las zonas más sensibles del cuerpo femenino. Lo probé en mis manos antes de animarme a colocarlo entre mis piernas, y pude ver cómo en su interior vibraba levemente.

Sonrojada por la situación, y por la excitación también, separé mis muslos situando una pierna a cada lado de la bañera y emplacé a mi querido y elegante amigo sobre mi clítoris. No sentí apenas nada, así que comencé a aumentar las velocidades lentamente.

La sensación entonces fue indescriptible. ‘Pingüi’ me acariciaba con sus constantes espasmos como nunca nadie lo había hecho. Subía y bajaba la intensidad a mi antojo y pronto me encontré totalmente espatarrada y gimiendo sin disimulo. ¡Era imposible no hacerlo!

El placer que ese pequeño aparatito me estaba ofreciendo hacía que tuviera que levantar el culo de la bañera, retorciéndome de gusto. Un orgasmo tras otro, un escalofrío brutal me recorría desde mi clítoris hasta la espalda. Y otro más, más fuerte, ahora más suave, ¡No quiero parar de hacer esto!

Perdí la noción del tiempo. ‘Pingüi’ continuaba entre mis piernas y yo ya no sabía cuántas veces me había corrido durante aquel baño. No era necesario ni apretarlo contra mi, su vibraciones eran más que suficientes para llevarme a lo más alto.

Era incapaz de terminar, quería más, otra vez ahí venía. Y gemía de nuevo en un espasmo de lo más placentero. El agua de la bañera rebosaba en cada brusco movimiento que yo hacía. En mi interior creo que jamás había estado tan húmeda y preparada.

De pronto escuché un ruido, estaba agitada y acalorada, excitada como nunca. Mi chico llamaba a la puerta del baño. Me vine arriba. Salí de la bañera, dejé a ‘Pingüi’ a la vista y abrí con sonrisa traviesa. ‘¿Te animas a qué nos demos un baño? Pero seremos tres…

 

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Fotografía de portada

Anónimo