Me casé por segunda vez con el que fue el amor de mi vida, o eso creía yo. Después, con el tiempo, me he dado cuenta de que algo ciega sí estaba y que no todo era tan bonito como parecía. Lo que ocurrió en la noche de bodas fue muestra de ello.

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Esa segunda vez sí estaba enamorada. Sí pensaba que lo que estaba haciendo era lo que mandaba el corazón y no la familia, la gente y el qué dirán. Organizamos la ceremonia en el juzgado porque ya los dos veníamos con nuestra historia a cuestas, que no era otra que un matrimonio anterior fallido. Teníamos ya un hijo en común y previsión de ir a por el segundo.

Fue un acto íntimo y bonito como no los haya. Sólo familia y amigos más cercanos. Gente que te quiere y a la que quieres. El restaurante, una casa rural acogedora, cerró sus puertas para nosotros y, tras un banquete en el que no faltó detalle nupcial (entrega de novios, el ramo a las amigas, las peladillas, puros, cafés y demás…), nos obsequió con un animado baile en la antesala, por la que el sol de media tarde irrumpía por las ventanas creando un efecto de ensueño, después de la comilona y la copa de más.

No faltaron los lagrimones de emoción bailando abrazados y los invitados alrededor coreando el Boig per tu.

Servido y acabaaaaaaaaaaaaaaaat…

Lírica aparte, que me estoy viniendo arriba, fue un día bonito y en el que me sentí flotar. Hasta ahí todo bien, pero nos fuimos a casa y, al meternos en la cama, yo convencida de que íbamos a consumar el acto de fe, y lo que me encontré fue un REPROCHE en mayúsculas.

¿Cómo era posible? Con todo lo que nos queríamos, con todo lo que habíamos construido y después del día diez que habíamos pasado. Pues sí, el señor Marido, ya a esa hora de la noche, me tiró en cara lo que en un vídeo había visto en la sobremesa. Un vídeo que, sin ser yo consciente, había corrido por la mesa entre los amigos.

El vídeo en cuestión era un momento en mi despedida de soltera en el que se me veía a mí subida a la barra de un conocido bar. Ese momento regalo sorpresa que te hacen las amigas, que te pagan el chupito especial y te lo sirve un boy subido a la barra y con la probeta sujeta en la entrepierna, y tú te lo bebes como si de saciar la sed en el caño de la fuente se tratara.

Luego, si al chico le caías en gracia, igual te subía con él a bailar a la barra y eso hizo el fenómeno. Me tiró para arriba del brazo, me levantó como si fuera una pluma y me sentó en sus caderas para hacerme girar, mientras yo me dejé caer hacia atrás, con la melena rozando la barra, los brazos suspendidos por la fuerza de la gravedad y el figura dando vueltas, cual tiovivo conmigo colgada de sus caderas.

Si algo hay que me guste es que un tipo me coja en volandas, así que me dejé llevar y lo disfruté sin más. Convencida de que no estaba haciendo nada que pudiera ofender a nadie.

Pero no fue así.

Mis amigas lo grabaron, y el día de mi boda no se les ocurrió nada más que sacar a la luz ese momento de jolgorio colectivo y enseñárselo a él.

Y eso fue nuestro fin. No ese día, sólo hubiera faltado, haber durado horas casados. Pero, como era lógico, discutimos, él me reprochó, yo intenté justificarme. No había hecho nada malo y era la despedida, fue algo divertido, sin más. A saber qué habría hecho él en la suya para que eso le hiciera desconfiar tanto de mí.

Esa noche me dejó la sensación de que todo eso era un presagio de lo que sería nuestra relación y no me equivoqué. Con el tiempo nos acabamos separando, fue él quien me dejó por otra después de muchos meses de engaño.

Seguramente ahora no aceptaría la situación por la que pasé, pero era más joven, más inexperta y estaba enamorada. Una bomba de relojería para un cínico como con el que me casé.

LA RABIA DE MI EX PENSANDO EN QUIÉN ME PODRÍA TRAJINAR DESPUÉS

Parvaty.