Llevaban años sin verse, pero en cuanto Laura vio a Clara en la reunión del colegio, algo en ella se encendió, tanto que la invitó a casa. La misma sonrisa traviesa, la misma chispa en los ojos, pero ahora con un aura distinta: más adulta, más intrigante.

Laura notó cómo su corazón latía más rápido al acercarse, aunque se dijo a sí misma que era imposible sentirse así por una mujer.

Se encontraron en la cocina de la casa de Laura, buscando algo de beber. Al principio, fue un roce casual: sus manos chocaron mientras ambas intentaban tomar la misma botella. Una corriente eléctrica silenciosa recorrió sus brazos, y Laura se sorprendió de lo que sintió.

Clara sonrió, como si hubiera leído sus pensamientos, y bromeó:
—Siempre fuiste torpe con las manos.

Laura rió, intentando disimular el calor que le subía a las mejillas. Pero no podía ignorar la tensión que crecía con cada segundo que pasaban cerca. El aire parecía más denso, más cargado de algo indefinible pero muy real.

Clara dio un paso más cerca, y Laura casi contuvo la respiración. Sus miradas se cruzaron, intensas, explorando cada gesto, cada reacción. Había una complicidad silenciosa, un entendimiento tácito de que algo estaba a punto de cambiar.

—¿Siempre fuiste tan buena provocando, o es algo que aprendiste con los años? —susurró Clara, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos, y Laura sintió un hormigueo recorriéndole la espalda.

Sin pensarlo, se acercaron más, hasta que sus cuerpos casi se rozaban. El aroma de Clara la envolvió, dulce, familiar y excitante a la vez. Laura se inclinó un poco hacia ella, y Clara correspondió el gesto, jugando con un mechón de su propio cabello.

Sus manos se encontraron, ligeras, exploratorias, rozándose con una delicadeza que quemaba.

El mundo fuera de la cocina desapareció. Todo lo que existía era esa tensión, ese juego de miradas y sonrisas, el contacto sutil de sus dedos y la electricidad que recorría sus cuerpos.

Laura sintió un escalofrío cuando Clara apoyó suavemente su mano en su brazo, y sus ojos se encontraron en un instante que duró demasiado poco y demasiado tiempo a la vez.

—Esto… esto no es lo que esperaba —susurró Laura, con un hilo de voz que traicionaba su nerviosismo y deseo.
—A veces, lo inesperado es lo mejor —contestó Clara, acercándose aún más, su respiración rozando la de Laura.

Y entonces se encontraron apoyadas contra la encimera, sonriendo, entrelazadas en un equilibrio delicado de deseo y curiosidad. Sus labios estaban cerca, y la risa nerviosa de Laura se mezcló con el suspiro de Clara. Ninguna necesitaba palabras; la química hablaba por sí sola.

Cada roce, cada mirada, cada sonrisa prolongada era un descubrimiento. Laura nunca hubiera imaginado que algo así pudiera pasar con una amiga de la infancia, pero en ese momento, todo parecía inevitable, natural y excitante.

Se quedaron así, suspendidas en la tensión de lo que podía suceder, en la dulzura del descubrimiento y en el delicioso riesgo de cruzar una línea que hasta entonces solo existía en su imaginación.

No necesitaban definirlo; bastaba con sentirlo, disfrutarlo y dejar que cada segundo se alargara un poco más.

Porque a veces, lo más inesperado es exactamente lo que te hace sentir viva.

Slowlyta