Silvia era mi compañera de carrera. Primer año de universidad: nuevas experiencias, nuevas libertades y una sensación constante de estar empezando algo grande sin tener ni idea de cómo funciona la vida real. Ella era la típica chica hippie, buena gente hasta decir basta, de las que confían en el mundo como si el mundo fuese digno de esa confianza. En pocos meses nos volvimos inseparables.
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En nuestras conversaciones ella decía, muy convencida, que si algún día se quedaba embarazada tendría el bebé sin dudarlo. Poco sabía ella lo que le esperaba. Conoció a un tipo en el supermercado; él era mucho, mucho mayor que ella. Tenía 42 años. Silvia se enamoró perdidamente; perdió la virginidad con él. Él le prometía la luna y un futuro, palabras dichas por alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Estuvieron así dos o tres meses, tiempo suficiente para que pasara lo inevitable.
De repente, Silvia desapareció. No iba a clase ni respondía mensajes, hasta que un día me mandó una foto: un test de embarazo positivo. Se me cayó el mundo a los pies. Cuando fui a su casa, me contó que estaba de dos meses aproximadamente. Cuando él se enteró, simplemente desapareció. Sin explicaciones, sin una conversación y sin hacerse cargo de nada. Nunca más supimos de él.
A partir de ahí empezó la cruel enseñanza de la vida. La acompañé al médico y de ahí a una clínica para proceder con el aborto. Silvia lo tenía claro; aquel discurso de tenerlo se desvaneció ante la realidad de verse sola, con 18 años y abandonada. Ya no se podía abortar con medicamentos; fue una intervención fría e invasiva. Sus padres no lo supieron entonces y probablemente no lo sabrán nunca.
Ese episodio la marcó profundamente. A partir de ahí empezó una etapa de relaciones muy tóxicas. Era su forma de evadirse, de anestesiarse. Incluso llegó a tomar la píldora anticonceptiva sin necesidad real, solo como una forma de autocastigarse por lo ocurrido.
Del tipo de 42 años no volvimos a saber nada. A día de hoy, tengo la certeza de que hay hombres adultos que se aprovechan de la inexperiencia y, cuando aparecen las consecuencias, huyen, dejando a una chica de 18 años rota y cargando con algo que nunca debería haber vivido.