Ser madre es agotador. Te cambia los horarios, duermes poco, comes mal, tu cerebro funciona a trompicones, y tu nuevo uniforme oficial es un chándal y un moño mal hecho. Todo eso es duro, no lo voy a negar. Pero, siendo sincera, nada de eso me ha parecido tan devastador como darme cuenta de que me había perdido a mí misma.

Porque cuando te conviertes en madre, dejas de ser una mujer con nombre y a apellidos para convertirte en un apéndice de tu hijo. Yo dejé de ser Raquel y me convertí en “la mamá de”.

Hay un momento, muy al principio, en el que te das cuenta de que tu vida ha cambiado para siempre. Sales del hospital con 48 horas sin dormir, cosida por todos lados y con un bebé al que no sabes cómo vas a cuidar porque, en ese momento, no eres capaz ni de cuidarte a ti misma.

Crees que es temporal, que ya volverás a ser tú cuando pase el caos inicial. Te dices cosas como “cuando duerma mejor”, “cuando se le pasen los cólicos” o “cuando empiece la escuela infantil y yo vuelva al trabajo”. Y así vas posponiendo tu vida, mientras sientes un cansancio que no es comparable con nada que hayas sentido antes.

Un buen día te despiertas, te miras al espejo y no te reconoces. No solo por las ojeras y la barriga que parece una pelota de playa pinchada. Es algo más profundo. Miras a esa señora y piensas: “¿Dónde coño estoy yo?”.

Y el cambio físico no es lo peor. Al final asumes que tu cuerpo ha cambiado. Lo más triste es que poco a poco se va borrando tu identidad. Vas dejando de lado las cosas que te gustaban porque tu bebé te demando el cien por cien de tu tiempo.

Antes te gustaba leer por las noches, ibas a yoga, a baile, o a tomar café con tus amigas. Te gustaba la pintura y de vez en cuando salías a la naturaleza con un caballete y un lienzo para plasmar con oleos los colores del otoño. Tener un hobby absurdo que te hacía feliz. O simplemente tener tiempo, aunque fuera para perderlo.

Ahora no.

Ahora lees El pollo Pepe, vas a matronatación con tu hijo, y tu mayor afición es ducharte sin prisas y cagar en soledad. Y no siempre puedes disfrutar de eso…

Cuando, rara vez, quedas con tus amigas: llegas tarde, te vas pronto, estás pendiente del móvil por si te llama tu marido que el niño tiene fiebre, y tus conversaciones se han reducido al color de las cacas del bebé.

Y te dices que no importa, que ya volverá tu vida. Pero también te preguntas: “¿Y si no vuelve? ¿Y si esta nueva versión de mí es definitiva?”.

Lo más jodido es que nadie te prepara para eso. Te hablan del cansancio, del posparto, de la lactancia, de los puntos, de las noches sin dormir. Pero nadie te advierte de la pérdida silenciosa de identidad. Nadie te dice que un día vas a escuchar a alguien pronunciar tu nombre y vas a sentir un pinchazo de emoción en el pecho porque hacía semanas que no lo oías. Porque ahora eres “mamá”, todo el rato, en todo contexto, para todo el mundo. Y sí, es bonito, pero también pesa.

A veces pienso en la mujer que era antes. En la Raquel que tenía planes, ilusiones, metas, tonterías que la hacían feliz. En esa mujer que se pintaba los labios de rojo para sentirse poderosa, que se compraba un vestido sin pensar si sería cómodo para correr detrás del niño. Esa mujer que salía por la puerta sin una mochila llena de pañales, toallitas, juguetes, galletas y la merienda para dos niños, pero se le olvidaría echar algo de comer para ella.

Esa mujer existía. Esa mujer era yo. Y, de alguna manera, siento que murió un poquito el día que me convertí en madre.

A veces me descubro añorando el pasado, como si mi cabeza buscara refugio en una versión de mí que ya no existe. Echo de menos a personas que ya no están en mi vida, aunque sé que no todas merecen volver. Idealizo momentos, viajes, cenas improvisadas, tardes sin responsabilidades en las que podía desaparecer sin avisar a nadie. Y no es que quiera vivir en el pasado, pero a veces lo miro con nostalgia, como si allí estuviera una parte de mí que perdí por el camino.

Pero la realidad es que ahora soy una madre, tengo dos personitas que me miran con ojos de admiración. Y es que a veces hay que perder para ganar. Yo perdí parte de mi identidad, pero gané mucho más, sin duda alguna.

La vida son etapas y tarde o temprano volveré a disfrutar de la lectura, volveré a quedar con mis amigas sin tener prisa por irme y volveré a escuchar mi música. Lo que no volverá es la infancia de mis hijos, así que ahora toca dejarme a mí de lado y ser mamá para ellos.