En Colombia era funcionaria de prisiones. Me gustaba mi trabajo; era de las pocas mujeres y el trato era siempre cortés. Tengo dos hijos de dos relaciones diferentes y, tras el segundo, me realicé la ligadura de trompas. Mis relaciones terminaron bien y yo tenía la custodia y un sueldo superior al de mis exparejas.
Haz click aquí para venirte al canal de testimonios reales
Durante las noches de guardia, empecé a hablar por Facebook con Unai, un chico vasco. Pasados los meses, me propuso irme a vivir con él a España. Mis padres se opusieron al principio, temiendo que fuera trata de blancas, pero tras hablar con él y ver sus documentos, aceptaron que me fuera con una condición: mis hijos se quedarían con ellos hasta que yo estuviera asentada. Me dolió, pero acepté.
Unai pagó mi vuelo y aterricé en Bilbao… o eso creía yo. La primera sorpresa fue llegar a Lemoa, un pueblo pequeño. La segunda, descubrir que vivía con sus padres y su hermano. No era lo que me había dicho. Además, su trabajo no era estable; era carnicero temporal en un supermercado. Todo era una mentira.
Para poder trabajar legalmente, nos hicimos pareja de hecho. Yo, que en mi país tenía licencia de armas y un sueldo alto, me vi en una zona remota, con un idioma imposible de aprender, haciendo uñas por el salario mínimo. Aun así, en ese momento, amaba a Unai.
Nuestros turnos nunca coincidían y apenas nos veíamos. Cuando por fin pudimos alquilar un piso para salir de casa de sus padres, mi suegra me acusó de haber llegado al país para «robarle a su bebé» (un hombre de 38 años).
Llevo más de un año y medio aquí. Mis ahorros son inexistentes. Todo mi sueldo se va en el alquiler y en enviar dinero a mis hijos, a los que no he podido traer porque no nos sobra ni para un café. A veces pienso en volver a casa de mi suegra solo para ahorrar lo suficiente y comprar un boleto de regreso a Colombia para no volver a irme nunca. Cada día me arrepiento de haber emigrado por amor.