El pasado veintiocho de abril hubo un apagón general en España y Portugal, que duró varias horas, afectó a millones de personas, paralizó los sistemas de transporte y comunicaciones y causó importantes interrupciones en la vida cotidiana.

Gente atrapada en metros, trenes, ascensores, incluso en estancias “inteligentes” que tuvieron que ser rescatadas. Recuerdo perfectamente a una señora de la limpieza de un hospital que, después de pasar varias horas encerrada en un ascensor, finalmente pudo ser rescatada. La pobre mujer salía en la tele, mientras la entrevistaban, con una cara mezcla de agobio por el mal rato y gratitud por sus rescatadores.

Bueno, pues a mí no me hizo falta ningún apagón general para vivir una situación similar. Pero yo no tuve la suerte de estar sola. Sí, no pasé tanto rato atrapada, pero mi acompañante hizo que se me hiciese eterno y que haya tardado mucho tiempo en poder volver a subirme a un ascensor sin hiperventilar.

Hace ya muchos años, cuando era estudiante de enfermería, en el último año, antes de tener el título, podías trabajar como auxiliar. Y como yo quería pagarme el viaje de fin de carrera sin tener que menoscabar el presupuesto de mis padres, decidí buscarme la vida. Conseguí un trabajo temporal como auxiliar en una residencia de personas mayores en el turno de noche, los fines de semana. Lo que nadie quería, vaya. Pero que a mí me iba bien porque era bastante tranquilo y me ganaba mi dinerito.

Sí es verdad que había veces que, además de atender a los abuelos, tenía que ir a perseguir a alguno que otro que se escapaba de su habitación para meterse en la de su ligue. Son viejitos, no inmunes a la pasión. Y me tocaba buscarlos y devolverlos a sus aposentos con el mayor de los mimos y kilos y kilos de poder de persuasión.

Pero en general, eran noches tranquilas en las que había veces que incluso podía estudiar un rato.

Una de las noches tuvimos un deceso, que aunque esperado no dejó de afectarnos. Su única familia vivía en el extranjero y lo venía a ver una vez al año. Solía estar solo pero como su deterioro mental por su enfermedad era bastante grande, al menos él no parecía darse cuenta.

El viejito murió y se avisó a la familia, que informaron a la residencia que tardarían un poco en venir. Así que la primera noche se decidió bajar el cuerpo al pequeño depósito de cadáveres del centro, de acuerdo con la familia, en espera de que llegasen. 

Yo había acabado la ronda y estaba bajando a la cocina en ascensor, a por un café, cuando se paró en la siguiente planta y veo la camilla con el cuerpo tapado por una sábana y a otro auxiliar esperando.

Espera, que me bajo. No, no, no te muevas. meto la camilla y bajo yo por la escalera. Y luego ya la saco desde fuera que me será más fácil. No, no, ya me bajo. ¿Qué te pasa? ¿Que te da miedo? No te puede hacer nada. Miedo no, respeto. Anda, anda, déjate. Empuja la camilla, me arrincono en el ascensor y cierra la puerta. Empieza a bajar el ascensor y de repente se apaga la luz un momento y se para. Se vuelve a encender la luz, después de un parpadeo, pero el ascensor no se mueve. Empiezo a tocar los botones pero no hay ningún movimiento. Doy golpes en la puerta pero no hay respuesta. Parece que estoy entre dos plantas. Me empiezo a agobiar pero me intento calmar pensando que soy una persona adulta, estudiante de último año de enfermería, autónoma, inteligente y  muy capacitada.

Llamo en voz alta para ver si mi compañero se da cuenta de en qué situación estoy y puede ayudarme desde fuera de alguna manera. Pero parece que nadie se entera. A ver, si está esperando la camilla en el último piso, digo yo que cuando vea que no llega el ascensor entenderá que pasa algo. Pero éste es capaz de estar pelando la pava con la otra compañera y tardar más de lo esperado en darse cuenta.

Vaya plan, yo sólo quería ir a por un café y ponerme a estudiar, que la noche pintaba tranquila.

De repente me parece ver que la sábana que cubre el cuerpo se mueve. Me froto los ojos porque seguro que estoy cansada y me lo he imaginado. Nada. Pero pocos segundos después, vuelve a ver movimiento debajo de la sábana. Miro a todos lados pensando si esto podría ser una cámara oculta. Golpeo la puerta y llamo a mi compañero a voz en grito, que suena un poco más agudo de lo normal en una persona tranquila, adulta y autónoma.

Nada. Nadie me oye. De repente, otro movimiento y sale una mano y parte de un brazo de debajo de la sábana, y queda colgando de la camilla. No puedo evitar dar un grito.

Respiro apresuradamente pero me intento calmar para no hiperventilar y desmayarme. A ver, chica, esto ya lo has estudiado. Se llaman movimientos espasmódicos post mortem y es totalmente normal. Pero aquí encerrada, con poca luz y a estas alturas de la noche, con unas cuantas horas sin dormir acumuladas, mi cabeza empieza a elucubrar extrañas ideas y a no estar tan segura de nada.

A ver si no va a estar muerto. Repaso mentalmente mis apuntes.

“El espasmo cadavérico es una forma de rigidez muscular que se produce en el momento de la muerte o poco después, antes de que se establezca la rigidez cadavérica típica. Estos movimientos se deben a la actividad del sistema nervioso autónomo, que puede enviar señales a la médula espinal aún después de la muerte, causando contracciones musculares involuntarias.“

No obstante, después de acordarme de un cuento de Edgar Allan Poe en el que enterraban a alguien vivo por culpa de la catalepsia, decido descartar definitivamente que quede rastro alguno de vida en ese cuerpo.

Me armo de valor y levanto la sábana. No hay movimiento alguno. Respiro profundamente tres veces y alargo mi mano para comprobar que no haya nada de latido en su arteria carótida. Cuando mis dedos están a punto de tocar el cuello del cuerpo, una de sus piernas da una patada. 

Soltar la sábana, ponerme a chillar como una histérica y aporrear las paredes del ascensor es todo uno. Y de repente noto que el ascensor empieza descender y se abren las puertas, apareciendo mi compañero. Salto como puedo por encima de la camilla y salgo llorando del ascensor. Me encierro en el lavabo y sollozo durante un buen rato. Hasta que mi otra compañera consigue hacerme entrar en razón y salir de allí con la promesa de una taza de café caliente y de no volver a pasar guardia sola. 

Fui el cachondeo de la residencia durante unas semanas y mis pesadillas tardaron una semanas también en desaparecer.

Sí, acabé la carrera y actualmente trabajo en la UCI de un hospital, pero creedme que  nunca me he vuelto a meter en un ascensor con ninguna camilla ocupada, ni de un vivo ni de un muerto. Y lo de volver a subirme a un ascensor, también me llevó mi tiempo.

Ah, por si os preguntáis si el viejito estaba vivo. No, estaba muerto. Y no un poco muerto. Muy muerto. Muerto del todo, en realidad.

Morticia Adams