Mi amiga y yo trabajamos en el servicio de limpieza de un ambulatorio. Como es un consultorio local de un pueblo pequeño, no se hacen guardias nocturnas en el edificio, aunque normalmente se atiende pacientes hasta las diez de la noche. Si te pones malo  a partir de esa hora, tienes que ir al pueblo de al lado, que es más grande y en su centro médico sí que hay atención las veinticuatro horas.

Nuestro turno empieza a las siete de la tarde, cuando la asistencia de pacientes empieza a bajar y comenzamos por la primera planta, que es la planta noble, donde tienen los despachos la jefa y la coordinadora y donde está la sala de formación y la de reunión.

Seguimos por las consultas de las asistentes sociales  y la terapeuta ocupacional, que son las que acaban primero. Continuamos por las consultas de la partera y el fisioterapeuta y finalizamos con las consultas médicas y de enfermería y la entrada y la recepción, amén de baños y sala de descanso.

Nuestro turno finaliza a la 1 de la madrugada, aunque sobre las once de la noche hacemos un descanso de media hora en el que aprovechamos para cenar en el pequeño office de las enfermeras, del que nos dejan hacer uso. Es un buen trabajo. No requiere demasiado esfuerzo, no hay mucha gente que moleste y lo hago con mi amiga, con la que me entiendo muy bien y trabajo muy a gusto.

Es una faena fácil y sin mucha complicación. Aunque una vez tuvimos un “pequeño” sobresalto, porque se nos coló un yonqui, en busca de metadona, al que ahuyentamos mocho en ristre. Desde entonces, ya para seguridad y tranquilidad de todos, contamos con la inestimable presencia de un guardia de seguridad, que hace su turno hasta que plegamos nosotras, y se encarga de dejarlo todo bien cerrado.

Pues la otra noche, paramos un poco tarde a hacer el descanso, porque nos entretuvimos con una de las consultas médicas, ya que la doctora había terminado más tarde de lo normal de pasar visita.

Mi amiga había traído pan de su pueblo, que está buenísimo, y una buena cuña de queso curado y junto con el jamón que yo había comprado pensábamos darnos un buen homenaje. Habíamos descubierto en el fondo de uno de los armarios una tostadora vieja y pretendíamos hacer uso de ella, si es que funcionaba.

Primero la limpiamos todo lo bien que pudimos y luego la enchufamos. Empezamos a notar un olor raro, entre quemado y rancio y luego vimos que empezaba a echar humo. De pronto, cuando estábamos a punto de desenchufarla, da un chispazo, vemos como la chispa sale corriendo desde la tostadora hasta el enchufe por el cable y saltan los plomos. Mi amiga no puede evitar gritar por el susto.

Nos quedamos a oscuras, se cierra la puerta de seguridad del office y empieza a sonar una alarma. A ver si nos vamos a quemar. Qué quemar, si no hay fuego. Llamamos a gritos al segurata, que hoy está de guardia el nuevo, un chaval jovencito más preocupado por el móvil que por vigilar. Tarda un rato en encontrarnos, porque está medio alelado.

Empieza a golpear la puerta que nos encierra diciéndonos que quiere entrar. No, hombre, no. Lo que tenemos que conseguir es salir nosotras. Y para esa alarma, por Dios, que vamos a despertar a medio pueblo.  Que no sabe dónde está. Pero vamos a ver, ¿a ti no te han pasado el parte de las cosas que tienes que tener en cuenta para trabajar hoy aquí? Pues sí, no, no sé, no me acuerdo. Madre mía, precisamente nos tenía que tocar hoy el espabilado. A través de la puerta, y a voz en grito, le indicamos dónde encontrar el control de la alarma.

Pues el muchacho tarda unos buenos diez minutos en conseguir apagar el sonido estridente de la alarma. Volvemos a llamarle porque comprobamos que la puerta sigue sin abrirse. Y mi amiga se está agobiando cada vez más porque, según ella, la tostadora cada vez hace más olor a quemado y en cualquier momento seguro que se prende fuego. Como no sea por combustión espontánea, ya me dirás. El muchacho se toma su tiempo en volver hasta nosotras y nos pregunta que por qué no salimos. Mira, que le hemos pillado el gustillo a estar encerradas en el mini office y no queremos acabar la jornada laboral, no te fastidia.

Vuelve a dar golpes en la puerta con la mano y alguna que otra patada. No sé qué pretenderá con eso, pero la puerta no se inmuta. Nos dice que nos apartemos porque va a intentar coger carrerilla y golpear la puerta con el hombro, que seguro que así se abre. Pero chico, que eso sólo funciona en las películas. A ver si te vas a hacer daño. Que no, que no, que yo soy un gym bro, que estoy más fuerte que el vinagre y esta puerta seguro que no se me resiste. Apartaos que ya mismo os abro la puerta. Nos apartamos aunque sin mucha convicción.

Le oímos correr hacia la puerta, golpea la puerta (que permanece cerrada), rebota contra ésta y le oímos aterrizar contra el suelo mientras grita ay. Masajeo mis sienes mientras pienso que esto no me puede estar pasando a mí ¿Estás bien? ¡No! ¡Creo que me he roto el hombro! Tengo que ir al hospital. Madre mía. A ver, que tenemos que salir de aquí. ¿Y mi hombro? Que seguro que no está roto, hombre, que sólo es el golpe.

A ver, llama al cerrajero del pueblo. Busca el número en internet, con tu móvil. A los dos minutos, vuelve para explicarnos que el señor cerrajero está de viaje y que no puede venir. Y que le ha recomendado que llamemos a los bomberos. No, por favor, que me muero de la vergüenza, que por una puñetera tostadora tengamos que llamar a los bomberos. En cambio, a mi amiga le parece super buena idea, porque la muy calentorra siempre ha tenido la fantasía de ser rescatada por un bombero macizorro, con poca ropa.

Pues vosotras veréis, qué queréis que haga. Mi amiga suplica que llame a los bomberos. Y yo, que ya estoy hasta las narices de estar encerrada con aquel mal olor, acabo claudicando.

Después de media hora, acuden los bomberos a nuestro rescate, entre los grititos sofocados de excitación de mi amiga. Primero nos preguntan si estamos bien. Sí, todo bien, no estamos heridas. Ellos no se complican la vida, no intentan ir de machotes contra la puerta y con una radial (así cualquiera, dirá después el segurata) abren la puerta. Los bomberos arrugan el bigote cuando emergemos del cuarto, por el mal olor que desprende la tostadora, y mi amiga arruga el bigote porque los bomberos que nos han tocado en suerte ni son jóvenes, ni llevan poca ropa ni son especialmente agraciados. De todas maneras, les doy veinte veces las gracias y veinte veces les pido disculpas por haber tenido que llamarles.

Acabamos el turno, pasamos el parte para el día siguiente para la jefa (más que nada para que dé aviso para que vengan a arreglar la puerta y revisen la instalación eléctrica) , tiramos la puñetera tostadora y nos vamos extenuadas a casa.

Desde ese día, de momento y por si acaso, no he vuelto a usar una tostadora. Mejor no tentar a la suerte. Por ahora.