Todavía hay gente que opina – sin tener que hacerlo – dando a entender que mi decisión de ser madre se fundó en el despecho. Es como si todos tuvieran el derecho de juzgarme por vivir mi vida como a mí me dé la real gana. De todas formas los años, y un poco también el hartazgo, me han ido convirtiendo en un ser prácticamente impermeable. Imagino que sabréis a qué me refiero.

Un poco por todo, el mismo día que me vi esperando en aquella sala impoluta y con olor a desinfectante sanitario tampoco es que lo pensase demasiado. Hagamos memoria: Tenía entonces 36 años, seguía trabajando como camarera en un bonito café del centro de la ciudad y había roto con Martín tras 8 largos años de noviazgo. ¿A quién podría sorprenderle el verme allí? ¿Quién querría interesarse por una simplona limpia-mesas a punto de convertirse en madre soltera?

Lejos de preocuparme por aquella imagen que yo misma tenía de mí, comencé a pensar en mi futuro. Podría continuar trabajando con mi insoportable jefe durante algunos meses, disfrutar de mi embarazo y de mi baja por maternidad y ya lo que viniera después, ya se vería. Aquel punto de incertidumbre fue el que volvió completamente loca a mi madre. Sus otras 3 hijas ya le habían dado nietos, y todo era perfecto y digno de celebración. Ahora, que su hija la que no había terminado sus estudios se centrara en ser madre con un futuro tan incierto no le hacía ni pizca de gracia. De poco le importaba que llevase ya más de 15 años sacándome yo solita las castañas del fuego.

Había elegido un donante anónimo aunque lo cierto fue que no me sobraron amigos gays que me propusieron sembrar su semilla en mi prolífico útero. Fue lanzarles la noticia de mis próximas pruebas en la clínica de fertilidad y acto seguido recibir invitaciones por doquier. Claro que nos unía una amistad construida durante años alrededor de litros y litros de delicioso café en mi lugar de trabajo. Pero lo que yo buscaba tampoco era traer al mundo al hijo de un colega y tener que lidiar con ello. Mi maternidad sería mía y de nadie más.

Y así fue como me quedé embarazada. No hubo una noche tórrida de pasión, ni un orgasmo de esos que te hacen temblar hasta las orejas. Ni siquiera abracé con cariño a mi pareja durante horas después de una sesión de sexo desenfrenado. Me tumbé en una camilla, abrí mis piernas y permanecí unos 15 minutos contando las placas de yeso del techo de aquella consulta mientras la ginecóloga me preguntaba qué tal en el trabajo. Fue todo muy romántico.

Me acababa de dejar todos mis ahorros en aquella locura. Había una sola oportunidad y esa in vitro debía funcionar. Según mi médica, yo era en aquel momento la mujer más fértil de la faz de la tierra. Había pasado por un proceso clínico que no se lo deseo a nadie, pinchándome cada día y esperando que mis señores óvulos se decidieran a madurar. Todo había ido bien por suerte, y aquel donante anónimo – al que me gusta llamar R2D2 por aquello del código de la clínica – y yo, podríamos engendrar un pequeño ser en poco tiempo.

madre soltera

Soñé durante pocos días con aquella señora que había dado a luz a octillizos. Me imaginé con una barriga inconmensurable, a una horda de bebés llorones persiguiéndome por mi pequeño apartamento. De repente aparecía mi madre y me reprochaba una vez más mi idea de haber sido madre soltera. Su ‘te lo dije‘ se sumaba al de mi jefe, que me decía que mis ocho hijos y yo tendríamos que hacer horas extra en el café para poder comprar tantos pañales. Me despertaba de madrugaba empapada, agobiada, sofocada, pensando en la locura que había cometido. Pero ya no había vuelta atrás.

Mi test fue positivo a tan solo 15 días de la implantación. Todavía no estaba todo dicho, pero todo apuntaba a que en cuestión de 40 semanas cumpliría mi sueño de ser madre. Lloré de la ilusión y un poco también del agobio. La realidad superaba a la ficción una vez más en mi vida.

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No sabes lo que es la paciencia hasta que a las nauseas matutinas se le une la afilada voz de un jefe insoportable. Estaba embarazada de casi 15 semanas, decían que el primer trimestre era el más duro y que todo pasaría tras esas primeras mañanas de gestación. Pero en mi caso el asco constante parecía no querer abandonar mi vida.

Todavía no había contado nada en el café, entre otras cosas porque Quique – alias, machirulo endiosado porque es dueño de una cafetería – podría no tomárselo demasiado bien y no me apetecía soportarlo. Claro que no me iba a despedir, o al menos eso esperaba, pero seguramente su constante necesidad de hacernos partícipes de su mansplanning me obligaría a escuchar una letanía sobre la locura que estaba cometiendo. No, no me apetecía nada en absoluto.

Mis compañeros empezaban a sospechar sobre si mis continuas visitas al baño se debían a un problema de colon irritable o a una noche de pasión con algún amante desconocido. Bromeaban cada vez que me veían salir volando hacia el servicio y yo abría el grifo dejando correr el agua esperando que mis arcadas no se escucharan en todo el café. Era una mujer embarazada y escondida, ni Agatha Christie hubiera escrito tan increíble historia. Volvía a ver a mi madre en mi cabeza machacándome una vez más y culpabilizándome por todo aquello.

madre soltera

Aunque sin duda la gota que colmó el vaso fue la visita de Carlo a nuestro pequeño café. Recuerdo encontrarme tras la barra sirviendo mi enésimo capuccino de la mañana. Parecía que mi asqueamiento diario al fin había cesado y volvía a sonreír a mis clientes como solía hacer antes de convertirme en una piltrafa con cara de oler a pedo. Conocíamos a Carlo ya que al menos dos veces por semana venía a por su café con leche descremada. Nunca había hablado con él más allá de darle los buenos días y desearle una feliz mañana pero aquel día no me quedó otro remedio que ofrecerle mis más sinceras disculpas.

Tomé la bandeja, con el café de Carlo acompañado de un pequeño trocito de bizcocho. Fui hacia su mesa y según me acerqué a él para colocar la taza en su lugar, una gran nausea se apoderó de mí. Aquel chico serio me miró tras sus gafas para preguntarme preocupado si todo iba bien. Quise decirle que sí para después salir huyendo una vez más al baño pero para cuando intenté tomar aire, todo mi desayuno se me vino hacia la boca con una fuerza terrible.

Vomité sobre aquel hombre, a la vista de toda la cafetería, en el momento álgido de la mañana. Vomité con ruido y con ganas.

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Quique se quiso hacer el jefe enrollado y me recriminó el no haberle contado nada. Mis compañeros escuchaban al otro lado de la puerta de su pequeña oficina. Había pedido perdón un ciento de veces a Carlo, que se había portado como una persona muy cabal, ayudándome a recoger y acompañándome al servicio a pesar de tener la manga de la camisa llena de vómito todavía caliente.

Tuve que contar que sí, que estaba embarazada y que además todo había sido planificado. El discursito áspero de mi jefe no me sorprendió en absoluto. Era evidente que para él ser 2 años mayor que yo y haber montado un café ya le daba derecho para indicarme cómo debía vivir yo mi vida. Pero me tenía ya hasta mis fértiles ovarios, así que le corté por primera vez desde que nos conocíamos para preguntarle si tenía pensado despedirme o algo. Él tragó saliva y solo me dijo que en absoluto podría prescindir de mí. ¿Entonces por qué mierdas me sueltas toda esa patraña sobre la responsabilidad?

También fue cierto que me saqué un peso de encima diciéndoles a todos que mi repentino vientre hinchado no era culpa de los gases. Mi pequeño bebé ya empezaba a crecer y ahora ya tenía la libertad de acariciar mi pancita sin que los demás pensaran que me había vuelto loca por mi michelines. Al fin y al cabo pasaba muchas horas del día en aquella cafetería y esconder un embarazo en un momento puntual, vale, pero toda una jornada de trabajo día tras día… era imposible.

Carlo se acercó aquella misma tarde preguntando por mí. Me lo contaron mis compañeras al día siguiente.

Realmente no se tomó nada, solo entró y preguntó si estabas trabajando para saber si todo iba bien. Fue raro. Lo mismo quiere que le pagues el tinte de la camisa que te cargaste…

Llegué a planteármelo. Al fin y al cabo apenas conocíamos a Carlo. Sonreía solo algunos días. Se echaba el pelo hacia atrás mientras leía el periódico y nos daba las gracias antes de abandonar el café. Al menos era amable y educado, pero claro todo puede cambiar cuando una camarera te vomita encima hasta la última papilla. No quise darle mayor importancia. Una de dos: o Carlo no volvía a pasarse por nuestra cafetería o bien lo haría y me explicaría a qué venía su interés.

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Coincidió que justo los tres días que siguieron a aquella mañana Carlo no solía tomar el café con nosotros. De repente en mi trabajo todo eran preguntas y bromas sobre mi inminente maternidad. Los que teníamos más confianza imaginábamos lo que sería verme a mí entrando con un cochecito de bebé por aquella estrecha puerta.

Esta con lo hippie que es seguro que se compra uno de esos pañuelos para llevar al niño como un saco de patatas…‘ Catalina era una pija redomada pero la quería a pesar de todo. Y sí, yo ya le había echado el ojo a más de un fulard de porteo que me había enamorado. ¿Tan previsible era?

El corazón me dio un vuelco cuando de pronto vi frente al mostrador a Carlo. Estaba harta de atenderlo durante todos aquellos años, pero de repente me sentía un poco en deuda con él y el nerviosismo se apoderó de mí. Por fortuna él sonrió como de costumbre nada más verme. Respiré hondo y preferí comportarme como si no hubiera pasado nada raro, es decir, que nadie le hubiera vomitado encima a nadie en los pasados días.

madre soltera

Carlo me preguntó con mucho tacto si ya me encontraba mejor. Le volví a pedir disculpas y él bromeó diciendo que no todos los días a uno le vomitan encima. Comentó que aquello había sido toda una experiencia y le agradecí que nuestra escena al menos le hubiera hecho gracia. Mientras le daba su café me miró a los ojos y volvió a decirme que al final lo importante era que yo estuviese bien. Y entonces Lucas, mi compañero más políticamente incorrecto lo soltó.

Casi mejor pregúntale dentro de unos meses a ver cómo se encuentra…

Lo fulminé con la mirada y vi que Carlo en seguida era consciente de lo que pasaba. Volvió a sonreír y me dio la enhorabuena cogiendo su café y dirigiéndose hacia su mesa. Yo aproveché para golpear a Lucas con la bandeja, pidiéndole encarecidamente que dejase de contarle a todos los clientes que me había quedado embarazada.

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Tuve que tragarme mis palabras quejumbrosas en las que me repetía que mi embarazo sería un asco hasta el final. De pronto, pasado el ecuador, me encontraba como nueva. Tenía ganas de hacer muchas cosas, las ganas de vomitar por las esquinas habían desaparecido y celebraba que mi pequeña habichuela ya tenía nombre: Eva.

Mi barriga ya era más que evidente. Quique se pasaba el día preocupándose por si de repente me caía o me hacía daño y me cogía una baja. Yo por mi parte no podía parar. Me había animado hasta a limpiar esos estantes altísimos donde nadie había acercado un paño jamás. Ante la mirada expectante de mis jóvenes compañeros que empezaban a pensar que además de las vitaminas prenatales yo le estaba dando al speed o a algo por el estilo.

Carlo continuaba haciendo su visita aproximadamente cada dos días. De alguna forma aquel suceso nos había acercado un poquito más y de pronto me veía comentando con él cómo estaba siendo mi embarazo o escuchándole contarme cómo su hermana había planificado su parto en una bañera inflable. Bromeábamos sobre la necesidad de que Quique valorase el montar una zona infantil en una pequeña esquina del café hasta que un día surgió el tema de la importancia de que el padre de la criatura colaborase en su cuidado.

Pensé en sonreír, asentir, y continuar con lo mío. Pero miré a los ojos de Carlo y algo me hizo ser sincera. Le conté orgullosa que sería madre soltera. Que aquel bebé había sido cosa mía desde el principio y que aunque con un poco de miedo, estaba decidida a tirar hacia adelante con lo que viniera. De alguna forma vi en Carlo un gesto de sorpresa y ¿por qué no decirlo? De admiración.

Iba a decirte que me parece muy valiente, pero es que no me extraña nada viniendo de ti. Solo hay que conocerte un poco para saber que eres una mujer alucinante.

Llamémoslo hormonas, falta de sexo o chichi alterado, pero aquellas palabras de Carlo me hicieron humedecer mi ropa interior en cuestión de segundos. ¿Mujer alucinante, yo? La bandeja que todavía tenía entre mis manos se me resbaló víctima de un temblor que no fui capaz de controlar. En el café retumbó el sonido metálico contra el suelo y yo solo pude mirar a Carlo y darle las gracias mientras pensaba en pegarle un lametazo en toda la cara.

Fotografía de portada

 

Anónimo

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